Arrancó la temporada y los balnearios, con Punta del Este a la cabeza, lucen casi repletos. Los veraneantes aprovechan cada minuto de sol (ha llovido bastante, es cierto) y los empresarios aguardan con la mayor expectativa posible que todo marche sobre rieles. Pero incluso los más optimistas dan como un hecho que este verano no será recordado como uno de los mejores respecto a la cantidad de visitantes y no será una temporada récord, como la última.
La crisis en Argentina, y sobre todo el alza en la cotización del dólar, es el factor principal. Hay quienes dicen que en la primera quincena de enero hay una ocupación algo así como 10% menor en comparación al año pasado. Luis Borsari, director de Turismo de la Intendencia de Maldonado, dijo el lunes en una entrevista en el programa Desayunos informales de canal 12 que “es imposible decir un porcentaje de ocupación”, pero luego afirmó: “Diría que estamos cerca de estar completos”. Unas horas más tarde el intendente Enrique Antía, confiado, aseguró que tiene la sensación de que hasta el 15 de enero “va a estar lleno”. Así las cosas, la gran incógnita es qué pasará en la segunda mitad del mes y sobre todo en febrero.
Hay mucho en juego. ¿Será un verano al menos digno, que permita que cierren los números? ¿Los operadores turísticos habrán realizado todos los deberes, como corresponde, para atraer al turismo? ¿Y el gobierno?
El periodista Pablo Sirven, secretario de redacción del diario argentino La Nación, publicó hace unos días una columna donde se queja por algunos precios que debió pagar en el este uruguayo durante sus vacaciones y también muestra su asombro porque cuando llegó al país se encontró con un “feroz” paro que dejó a las estaciones sin combustible. “No quiero ni imaginar cuántos minutos de vida le podrían quedar al gobierno de Mauricio Macri si acá sucediera algo parecido”, escribió Sirven. Luego habla de los precios. “El Argentino Hotel, un hotel de glorioso pasado bastante venido a menos, nos cobró por una doble para tres personas por una noche 168 dólares, que incluyó un desayuno hiperdiscreto al día siguiente”, dice Sirven. También cuenta que pagó 1.900 pesos argentinos (unos $ 1.700 por un lomito, un chivito canadiense y un chop de cerveza en La Pasiva en Piriápolis. En Punta fue al restaurante La Virazón y pagó 2.900 pesos argentinos por una comida para cuatro personas, sin entradas, postres ni alcohol. “Salado, pero al menos no sentí que era un robo a mano armada como la experiencia anterior”, escribió el periodista.
Hay mucho en juego. ¿Será un verano al menos digno, que permita que cierren los números? ¿Los operadores turísticos habrán realizado todos los deberes, como corresponde, para atraer al turismo? ¿Y el gobierno?
Veranear en Uruguay, y aun más en Punta del Este, siempre ha sido caro, todos lo saben. Pero los precios deberían ser medianamente competitivos para no ahuyentar a los turistas.
Otro artículo de La Nación relata robos a mano armada en el arranque de la temporada y menciona un caso cerca de La Barra y otro en el balneario Buenos Aires, entre otros asaltos.
Y, es obvio, la seguridad –que aun hoy sigue siendo un valor de la costa uruguaya cuando argentinos y brasileños deciden vacacionar acá– es tan o más importante que los precios. Por eso la policía debe dar las mayores garantías posibles. Está claro que es imposible evitar todos los robos, y nadie lo pide, pero al menos la respuesta debería ser eficiente para desestimular la delincuencia. Tal como sucedió el verano pasado en el asalto a la joyería del Conrad, cuando los delincuentes fueron atrapados unos minutos después en un eficiente operativo policial. Esa fue una buena señal.