5 de agosto 2017 - 5:00hs

La administración del presidente Tabaré Vázquez no pudo distanciarse con facilidad de Nicolás Maduro, hace rato en el ocaso.

No ha sido la ideología del mandatario uruguayo, así como tampoco la del canciller, Rodolfo Nin Novoa, quien ha sido víctima de la boca floja del sucesor de Hugo Chávez, la que explica su reacción lenta frente a lo que muestran las redes y la televisión.

En la cúpula del gobierno ha pesado poco el liderazgo caudillesco de Chávez y Maduro, pero sí es determinante la gravitación que tiene el modelo venezolano en la izquierda pesada.

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Vázquez, sobre todo en su primer gobierno, se sintió más identificado por la izquierda moderada de Michel Bachelet y Lula que la del comandante reencarnado en pajarito. Sus simpatías están en la moderación y no en los excesos.

Pero hay deudas de gratitud que pasan por el salvataje de una cooperativa de ahorro y crédito a punto de caer, la financiación de varios programas, entre ellos uno que benefició al Hospital de Clínicas, un acuerdo petrolero beneficioso con Ancap y la compra de productos uruguayos por cifras millonarias. Aparte, hay otros negocios con Venezuela que la Justicia investiga a partir de denuncias de la oposición política.

Sin el carisma ni la visión política de Chávez y con una economía petrolera junto a los precios del barril, Maduro se viene desbarrancando.

¿Es que buena parte de la izquierda no vio las imágenes de la represión, no siente nada por los más 100 muertos en protestas opositoras y no se conmovió al ver dirigentes apresados en la madrugada?

Pero no, no lo ve. Ve otra cosa. Venezuela es la nueva Cuba, otro desafiante al imperialismo de Estados Unidos, una oportunidad para los pobres verdaderamente explotados por décadas de oligarquía, una revancha para el socialismo en versión tropical y verborrágica.

Es esa construcción fue la que sedujo y la que permitió rozar el sueño de un continente unido y recostado al socialismo. Así fue que desde el Norte de América Venezuela llegó al Mercosur y, ahora, con el precio del crudo en el suelo, la economía se fue el tacho, el descontento creció y el modelo autoritario entró en crisis. La oposición ganó espacios votos mediante, hasta dominar el Parlamento que Maduro se propuso desconocer con la elección fraudulenta de una Asamblea Consituyente. En medio de la solidaridad del PIT-CNT y otras fuerzas de izquierda con Maduro, el gobierno uruguayo se movió con cautela, cuidadoso de evitar el jaque mate a Maduro y pendiente de su frente interno. En forma evidente Brasil y Argentina le dieron a Vázquez suficiente espacio de maniobra. Toleraron que Uruguay le pusiera freno a una condena a Venezuela en la última reunión en Mendoza, aunque en forma individual formaran el coro internacional que ya rechazó la Asamblea Constituyente de Maduro. El gobierno de Vázquez pidió diálogo con la oposición antes de instalar el nuevo cuerpo legislativo y exhortó a liberar a los presos políticos, pero el silencio fue la respuesta.

La izquierda uruguaya es lo poco que le queda a Maduro para negociar la entrega del poder sin un baño de sangre. Pero Maduro no entiende eso, no entiende nada, y se niega a entender el mensaje.

Al régimen de Maduro se le acaba el tiempo, en el Mercosur a Uruguay también.

Es el quiebre inevitable.

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