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Uruguay en el mundo

El presente invita a ser optimistas y a ilusionarse por el futuro

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17 de julio de 2018 a las 05:00

En un pasaje del artículo Why this was the best World Cup in history (Por qué esta fue la mejor copa del mundo de la historia), publicado ayer en el diario estadounidense USA Today, el periodista Martin Rogers afirmó: "México luchó, Bélgica deslumbró, Uruguay peleó y España se agotó". El diario inglés The Guardian, en el artículo Golden boys: the World Cup's best XI of players aged 23 or under (Chicos dorados: el mejor XI de jugadores de 23 años de edad o menos), incluye en la oncena ideal de esa categoría a tres futbolistas uruguayos: Giménez, Bentancur y Torreira. En otra infinidad de artículos publicados en la prensa internacional aparece el nombre de Uruguay mencionado, siempre en términos positivos, en relación a su reciente participación mundialista.

La marca país circula muy bien y alcanzó una notoriedad positiva como hacía tiempo no se veía, capitalizando lo logrado ocho años atrás en Sudáfrica. Es algo, y casi bastante, para un país territorialmente pequeño, situado en donde Charles Darwin consideró comienza "el fin del mundo", y cuya población equivale en cifras a lo que es un barrio de la Ciudad de México o de Calcuta.

El fútbol uruguayo es el milagro promocional de tres y pico millones de personas, y no es una casualidad fortuita asociada a una buena generación de jugadores, ya que el fenómeno se viene sosteniendo prácticamente desde que el deporte rey de la modernidad fue establecido en el siglo XIX y cruzó el océano Atlántico en barcos ingleses.

La máquina de producir profesionales de alta competitividad del balón continúa trabajando a ritmo sostenido y el panorama pinta para ser optimista. Hay una camada de futbolistas jóvenes que invita a ilusionarse con la posibilidad de obtener la tan esquiva tercera copa del mundo. Óscar Washington Tabárez impuso un orden piramidal que debería mantenerse a todos los niveles de selecciones, por lo que no debe arreglarse lo que no está roto y porque estar ahí, a punto de colarse dos veces entre los finalistas en menos de una década, no ha sido casualidad. El espacio para la mejoría es amplio, por lo que no sería buena idea dormirse en los laureles cuando lo mejor pinta para posible. Solamente hay levantar la vara un poco más alto.

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