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22 de junio 2012 - 18:18hs

El club Marconi juega en una liga difícil, adentro y afuera de la cancha. Adentro porque esa liga, la Uruguaya, es una de las más fuertes del país, donde también está el Siete Estrellas, uno de los grandes del baby fútbol de Montevideo. Afuera, porque la zona es humilde, la vida es dura y la calle es brava.

El Marconi está a mitad de tabla entre los 15 equipos de la liga, como promedio, si se toma en cuenta a todas las generaciones. Sin embargo, la generación 2000 (los que este año cumplen o cumplieron 12 años) salió campeona de la liga el año pasado. Este año, junto con la generación 2001, armaron un cuadro que ganó el Mundialito Danone y se clasificó al Mundial de Baby Fútbol en Polonia (Danone Nations Cup) que se disputará en setiembre en uno de los estadios donde se juega en este momento la Eurocopa.

Los que no los conocían y los vieron el sábado 16 en el Charrúa se sorprendieron con la garra y el amor propio que mostraron en cada partido. “Daba la impresión de que se jugaban la vida”, fue el comentario de algún padre de un futbolista de Peñarol, el equipo que Marconi derrotó en semifinales.

Según el director técnico del Marconi, Geobal Costa, esa es una característica del cuadro en cada partido: “Es un equipo que juega al fútbol, que trata bien la pelota, que busca el arco contrario; todos pueden hacer goles. Pero cuando no tiene la pelota, la sale a buscar con el alma. Nadie se queda parado, todos son obreros”.

Costa explica que lo que se vio el sábado, cuando el Marconi ganó los tres partidos de su serie y después los cuatro partidos eliminatorios, todos en tiempo reglamentario (15 minutos en dos tiempos de siete y medio) es lo que se ve siempre que juega este equipo: “Se puede decir muchas cosas, pero hay que ver cómo meten estos chiquilines”.

De hecho, al otro día, el domingo, el equipo debió jugar por la liga, un partido de dos tiempos de media hora cada uno y “jugaron con todo y ganaron 7 a 4”, explica Costa.

Queda claro que el fútbol es cosa seria para estos chiquilines que defenderán la camiseta celeste en el Mundial de Polonia. Uno por uno, consultados por El Observador, todos dijeron que su sueño es ser jugador profesional. “Che, nadie dice arquitecto, médico, ingeniero...”, se ríe el técnico.

Salvo uno que entró al liceo, todos están entre 4° y 6° de primaria. Más de uno tuvo que repetir y nadie se atreve a decir que le gusta la escuela.

Además de las clases, la rutina incluye fútbol en la calle, con los cordones de la vereda como límite y arcos con golero; y también videojuegos, claro, de fútbol.

Las perspectivas de futuro tienen que ver con probar en la séptima de algún club, trabajar duro y quedar y hacer una carrera. Pero el futuro inmediato es Polonia, entre el 7 y el 9 de setiembre, para defender el prestigio reconquistado de la camiseta celeste.

Camino arduo

La primera ronda clasificatoria, disputada en abril, era baby fútbol clásico, siete jugadores de cada lado. La ronda final fue nueve contra nueve. Los partidos fueron mucho más breves que lo que están acostumbrados (15 minutos en vez de 60). El Marconi ganó los tres partidos del grupo y después octavos de final, sin demasiados problemas, pero la lógica decía que hasta ahí iban a llegar.

En cuartos de final estaba River, que venía goleando a todo el mundo y era el favorito para llegar a Varsovia. “Ellos nos pelotearon todo el partido. El golero (Santiago Burgos) la sacó de todos lados. Pero nosotros llegamos una vez y les hicimos el gol”, dice Maximiliano Araújo, el 10 del Marconi.

Uno a cero y a otra cosa. En semifinales esperaba Peñarol y la cosa pintaba más pareja, pero a los 3 minutos los aurinegros abrieron el marcador. Sobre la hora del primer tiempo llegó el empate y en la segunda parte el Marconi obtuvo el gol de la victoria.

La final, contra el Artigas, de la Liga Carmelitana, fue muy distinta. Durante todo el primer tiempo, el Marconi dominó y creó situaciones de gol de todos colores, pero cambiaron de cancha todavía 0 a 0. En el segundo tiempo, el Artigas se recompuso y cuando el asunto se ponía feo llegó el gol del Marconi, el único del partido, el del pasaje al Mundial de Polonia.

Experiencia

A las selecciones sudamericanas les cuesta jugar un mundial en Europa. Brasil ganó en 1958 y nadie más. La mejor actuación de Uruguay en el viejo continente fue el cuarto puesto en Suiza, en 1954, aunque ganó sendas medallas de oro en los juegos de París y de Ámsterdam.

Esta selección no tiene experiencia europea y tampoco están acostumbrados a los traslados en avión, más allá de que “conviene mascar chicle en el despegue para que no se te tapen los oídos”, dicen. Alguno ha viajado a Brasil y Argentina, pero Polonia ya es otra cosa.

Lo que sí hicieron es vestir la celeste. Fue en un mundialito en 2010, en el que participaron 32 equipos de baby fútbol uruguayos con las camisetas de los países que jugaban el Mundial. Hicieron el sorteo y a Marconi le tocó Uruguay.

En los partidos de liga, la hinchada está compuesta de madres, sobre todo porque los padres están trabajando o no están. En Polonia, con suerte, encontrarán a alguien que hable español (participan también Argentina, España y México, entre las 40 representaciones nacionales).

No se puede saber cómo le irá a esta representación de Uruguay en el mundial, ni qué experiencias tendrán esos niños tan lejos de casa. Lo que sí se sabe es que van a poner todo, como siempre. Van a salir a ganar, a raspar en toda la cancha, a dejar el alma, como contra River el sábado pasado o contra Rusia, en México 70, o contra Hungría, en el 54, aunque se perdió en el alargue, o contra Brasil en Río de Janeiro, cuatro años antes, cuando Uruguay levantó la copa. Como contra Peñarol el sábado en el Charrúa, cuando dieron vuelta el partido. Defienden una camiseta con tradición de agrandarse en las bravas y en eso tienen mucha experiencia.

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