7 de mayo de 2026 13:52 hs

Por tradición y hasta por trayectoria histórica de los partidos, la política uruguaya es de caudillos. A veces con una figura fuerte que acapara la atención y los votos de una colectividad política, y otras con liderazgos más segmentados con propuestas competitivas, que pueden ser complementarias y ampliar la base electoral del partido, o fagocitarse en rencillas internas.

Hoy lo vemos en las principales fuerzas políticas, con un Partido Nacional que sufre la ausencia de su hombre fuerte, un Partido Colorado que se debate entre un liderazgo emergente –Ojeda- y otro más tradicional –Bordaberry-, y un Frente Amplio que, si bien sufrió la transición de la desaparición de sus históricos con una elección perdida en el medio, logró reconstruirse alrededor de la figura de Yamandú Orsi para volver a ser gobierno.

Pero más allá del logro electoral, la figura de Orsi no parece ser la de un caudillo que permita anticipar una proyección de liderazgo que trascienda su gestión de gobierno, ni cuenta con el peso necesario como para impulsar un delfín, algo que en Uruguay tampoco garantiza el éxito.

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Y es ahí, en ese vacío, donde los perfilismos en un partido que pretende continuar en el gobierno empiezan a marcarse.

Quien primero parece mover fichas es el secretario de la Presidencia, Alejandro “Pacha” Sánchez, y lo hace desde un rol que, de ser netamente técnico en el pasado, viró a una suerte de primer ministro informal.

Históricamente, el secretario de la Presidencia fue siempre una especie de asesor legal o respaldo jurídico del presidente.

Durante el gobierno de Lacalle Pou, esa función pasó a tener una relevancia política específica, y fue el lugar que utilizó Álvaro Delgado para construir su candidatura a la Presidencia por el Partido Nacional.

Ese giro en la función fue ratificado por el Frente Amplio con la designación de Sánchez, que pretende –al igual que lo hizo Delgado- proyectar desde ese despacho de la Torre Ejecutiva el diseño de una imagen de líder con una agenda propia alineada con sus intereses de gestión.

Así lo dejó en claro en esta entrevista en la que anunció un cambio de posición en la cancha a partir de este segundo año de gestión. Sánchez pretende colgar los guantes y abandonar el ingrato puesto de golero –donde, según sus palabras, se dedicó a atajar los penales-, para intentar lucirse en un puesto de creación, más cercano al arco y con chances de gritar algún gol.

“Mi trabajo sigue siendo de articulador, pero no tengo que estar corriendo atrás de todas las pelotas. Y sí puedo concentrarme en la ejecución de algunas estrategias de política pública que me interesan y he promovido”, dijo.

Yamandú Orsi y Alejandro Sánchez
Yamandú Orsi en su regreso a Uruguay tras una visita oficial a Italia junto con Alejandro Sánchez

Yamandú Orsi en su regreso a Uruguay tras una visita oficial a Italia junto con Alejandro Sánchez

Ese deseo de contar con vuelo propio queda incluso delineado en algunas definiciones conceptuales que ofrecen matices con la visión presidencial. Para Sánchez, el plan “Más Barrio”, que él impulsa, sí califica como un buque insignia del gobierno, una distinción que el presidente Orsi no reservó para ningún compromiso de gestión.

También hay otras figuras del Ejecutivo que se ven con posibilidades de pelear la candidatura del FA en 2029, como la ministra de Salud Cristina Lustemberg. Sondeos manejados a nivel de gobierno la posicionan como la integrante del gabinete mejor evaluada, y muchos la ven como una personalidad capaz que aglutinar a varios sectores del FA en una candidatura que compita con el MPP. De hecho, la ministra ha mantenido un alto perfil mediático, aunque las sucesivas renuncias de jerarcas y algunas decisiones de gestión le están trayendo recientemente exposición negativa.

Carolina Cosse y Blanca Rodríguez son otros nombres que tampoco pueden descartarse en una eventual carrera por la candidatura del FA, y esta semana las dos tuvieron su protagonismo, con mayor o menor éxito. Una con la presentación de un proyecto de obras para celebrar los 100 años del Palacio Legislativo –recibido con frialdad en su fuerza política y con críticas desde la oposición- y la otra con la aprobación en el Senado de su proyecto estrella para crear un comisionado parlamentario de infancias y adolescencias. Y también hay que considerar a las intendencias metropolitanas, que ya fueron trampolín político para candidaturas y ponen a Mario Bergara y Francisco Legnani en la consideración.

En el gobierno son conscientes de que el ciudadano está castigando las expectativas incumplidas a esta altura de la administración, y eso lo está llevando a “pisar el acelerador”. A la interna del MPP saben que es un gobierno que “no entusiasma”.

Existe la necesidad de recuperar el centro del ring, y la tentación de mostrar gestión de parte de sus integrantes y al mismo tiempo quedar bien posicionado para una eventual competencia electoral, acelera las ansias de protagonismo de quienes ven que pueden ser parte de la discusión.

En la administración de la coalición, el alto perfil de Delgado en la Secretaría de Presidencia nunca hizo sombra a la autoridad presidencial, porque el liderazgo de Lacalle Pou nunca estuvo en cuestión. Algo diferente sucede en el actual gobierno, con un estilo de conducción que incluso ha sido señalado desde la oposición como un “triunvirato” en donde no solo manda el presidente, sino que lo hace en coordinación con Sánchez y el prosecretario de Presidencia, Jorge Díaz.

Ahora, el riesgo latente es que ese prematuro perfilismo termine socavando aún más ese cuestionado liderazgo presidencial.

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