El presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, se refirió a la caída en la aprobación de las gestiones del gobierno nacional y departamental a nivel del electorado frenteamplista. Dijo que le cuesta entender “por qué gestiones que están siendo exitosas”, como las de Yamandú Orsi en el gobierno nacional y de Mario Bergara en el gobierno departamental, no están teniendo el apoyo de una parte de ese electorado.
Definir una gestión como exitosa nunca es un acto neutro. Supone un criterio de evaluación. Y en democracia, ese criterio no puede construirse exclusivamente desde el sistema político —y menos desde el propio oficialismo—: se valida —o se impugna— en la experiencia social concreta.
La afirmación de Pereira —“no es lógico lo que está pasando”— admite una lectura inversa: tal vez lo que no resulta lógico, para muchos ciudadanos, es que se califique como exitosa una gestión que no se verifica en la vida cotidiana.
Cuando una parte significativa del electorado expresa desencanto, insistir en una narrativa de éxito deja de ser una interpretación: empieza a funcionar como una forma de deslegitimación de esa experiencia.
Hay una disonancia evidente. Una tensión entre lo que se dice y lo que se vive. Y esa tensión es particularmente relevante en electorados propios, donde la expectativa no es solo de gestión, sino también de coherencia.
En las declaraciones de Pereira aparecen, al menos, dos elementos que merecen atención. Por un lado, una reacción defensiva frente a la insatisfacción extendida y la pérdida de apoyo, que tiende a reinterpretar el problema antes que a revisarlo. Por otro, una lectura fragmentada de la realidad social, como si el malestar pudiera explicarse por variables aisladas y no por una acumulación persistente de señales.
Comprender ese malestar exige un enfoque más amplio.
La primera clave es la gestión de expectativas y esperanzas. Gobernar es, en gran medida, administrar ambas. Cuando un proyecto político construye legitimidad sobre promesas de transformación, los resultados no pueden ser meramente aceptables: deben ser percibidos como cambios concretos en la vida cotidiana. Cuando esa percepción no se materializa, la frustración no es irracional: es coherente.
La segunda clave es la primacía de lo visible. Hay fenómenos que estructuran la experiencia social sin necesidad de mediación: la salud mental, la muy preocupante situación de calle, la persistente inseguridad pública denunciada por los ciudadanos, el deterioro del espacio público. Son experiencias inmediatas, reiteradas, difíciles de relativizar.
La tercera clave es la erosión del relato oficial. Toda gestión construye una narrativa. Pero cuando esa narrativa se distancia de la experiencia, deja de ser un marco interpretativo y pasa a ser percibida como negación. Y la negación, en política, no neutraliza el malestar: lo amplifica.
La cuarta clave es la agenda. La política puede estar discutiendo prioridades que no coinciden con las urgencias ciudadanas. Esa desalineación no siempre es evidente en el corto plazo, pero cuando se acumula, se traduce en desapego y pérdida de confianza.
Las sociedades no solo reclaman respuestas; también reclaman ser comprendidas en su vivencia. Cuando sienten que esa vivencia es cuestionada, reinterpretada o minimizada, la distancia con el poder se profundiza.
La experiencia de 2019 debería operar como advertencia. En aquel entonces, la inseguridad pública fue señalada como un factor determinante en la derrota electoral del Frente Amplio. Sin embargo, parte de la respuesta política consistió en relativizarla bajo la idea de la “sensación térmica”.
El problema es que, para amplios sectores de la población, no se trataba de una percepción distorsionada, sino de una transformación concreta de la vida cotidiana: hábitos que cambian, espacios que se evitan, miedos que se incorporan.
Cuando la política desestima esas señales, no solo pierde capacidad de diagnóstico. Pierde legitimidad interpretativa.
Hoy, el riesgo es similar. Insistir en caracterizar la gestión como exitosa en un contexto donde persisten indicadores visibles de malestar puede reproducir el mismo error: colocar el problema en la percepción social en lugar de asumirlo como experiencia social.
Definir gestiones como “exitosas” cuando no encuentran respaldo en la experiencia concreta de la ciudadanía no solo equivale a negar la realidad, sino que revela la necesidad de construir un relato para sostener una idea de éxito que no se verifica en los hechos. Cuando esa calificación se desvincula de la vida cotidiana, deja de ser una evaluación y pasa a ser un acto de afirmación política. Y en ese punto, el problema ya no es solo el error de diagnóstico: es la pérdida de credibilidad. Porque ningún relato, por consistente que sea, puede sustituir de manera indefinida a la realidad vivida.