Cuando intento recordar mis veranos memorables, no pienso en un año puntual, sino en un conjunto de temporadas que se funden en una misma imagen. Entre mis 14 y mis 18 años —digamos entre 1978 y 1981—, mi geografía estival no fue la de las playas tradicionales, sino la de la Bahía de Montevideo. En aquella época, mis vacaciones transcurrían alternadamente en dos instituciones que estaban una al lado de la otra: el Club Nacional de Regatas y el Montevideo Rowing Club.
Mi rutina era rigurosa. Cerca de las nueve y media de la mañana, tomaba la línea 427 de COETC en Belvedere. El ómnibus me dejaba en la Estación de AFE, en Paraguay y La Paz. Desde allí, caminaba unos 300 metros hacia el puerto hasta encontrar una garita donde un marinero controlaba la entrada con la cédula de identidad. Era un trámite natural que hoy resultaría impensable: entrar caminando al puerto y hacer otros 200 metros hasta llegar a los clubes.
Los primeros años estuve en el Nacional de Regatas. Allí consolidé mi aprendizaje de la natación en su piscina abierta y, sobre todo, descubrí el remo. Remábamos desde la bahía hasta Capurro; una travesía de ida y vuelta que nos llevaba más o menos una hora. Casi siempre íbamos de a dos. De hecho, la vida tiene esas vueltas curiosas: uno de mis compañeros de remo más frecuentes de aquel entonces es hoy colega docente y profesor en la Facultad de Medicina.
Llegábamos hasta un buque encallado que había por la zona de Capurro y pegábamos la vuelta. Era maravilloso. Nos cruzábamos con algunos pocos barcos y nos saludábamos con los tripulantes en una bahía que tenía un movimiento y una atmósfera muy distintos a los de hoy. Yo no me bañaba en sus aguas que no se veían óptimas , pero recuerdo que algunos sí lo hacían.
Pasaba cuatro o cinco horas diarias haciendo deporte. Además de nadar y remar, practicaba fútbol de salón, básquetbol, voleibol, karate y hasta un poco de boxeo; no para combatir, sino por la intensidad del entrenamiento físico. También profundicé mi aprendizaje del frontón. Tuve el privilegio de participar en entrenamientos y partidos de exhibición con la participación de César Bernal y Néstor Iroldi, quienes en aquel momento eran los campeones mundiales. Ahí se exponían todas las técnicas y tácticas de ataque y defensa en una época donde se jugaban campeonatos de frontón muy importantes en esos clubes.
Tengo grabada una imagen muy propia de la época: los vestuarios tenían una ventanita que daba directamente a la cantina. Después de culminar la actividad deportiva, uno levantaba la ventana, asomaba la cabeza y le pedía algo al cantinero. Mi elección era siempre la misma: una granadina bien fría.
Eran tiempos difíciles para el país, y nuestra situación familiar no permitía vacaciones en la playa o fuera de Montevideo, pero yo "me revolvía" con esa membresía de verano. También recuerdo, de forma algo borrosa, que la presencia femenina era escasa en ambos clubes algo característico de una época.
Esos cuatro o cinco años de mi adolescencia forjaron en mí el gusto por las múltiples disciplinas deportivas y me permitieron conocer a muchísima gente. Aunque el avance del puerto terminó desplazando a los dos clubes y hoy esa zona se hizo inaccesible para la forma en que nosotros la vivíamos, en aquellas horas de remo y deporte en la bahía residen algunos de los tesoros más grandes de mi primera juventud.
Rafael Radi es un destacado científico y médico uruguayo. Profesor universitario, jugó un rol clave en el asesoramiento científico durante la pandemia del COVID-19. Es considerado como el investigador uruguayo de mayor reconocimiento e impacto a nivel internacional.