Uruguay está perdiendo “demasiados años potenciales de vida”. Los jóvenes, sobre todo los varones, se matan o matan a otros. Para el subsecretario de Salud Pública, Leonel Briozzo, la explicación no es solo que se habita “una sociedad más violenta y con más armas de fuego a disposición”, sino que “el patriarcado —que tiene su paradigma en el feminicidio y el maltrato a la mujer— también mata al macho”.
Lo dice convencido desde que, en su nuevo rol ministerial, observa cómo las muertes de los varones por homicidios, suicidios (sobre todo con métodos más violentos) y accidentes de tránsito triplica y algunos años cuadriplica a los fallecimientos de las mujeres de la misma edad (entre 15 y 29 años).
Es cierto que los jóvenes ya no se mueren tanto de enfermedades infecciosas como hace más de un siglo. Pero a Briozzo lo que le sorprende es la diferencia por sexo, el contraste entre los prestadores de salud públicos y privados, y la virulencia que lleva al deceso.
El Observador había reunido a diez expertos “en busca de soluciones” luego de que se publicó la investigación sobre cómo los niños estaban siendo afectados por la violencia barrial. Y entonces hubo una coincidencia entre los participantes: lo nuevo en todo caso es que “se recrudeció el morbo”, de la mano de la circulación de armas, acompañada por la imitación “de lo que se ve en TikTok”, de “comprarse la gorra de Escobar, el tatuaje del cártel”.
La socióloga Paula Baleato, de la ONG El Abrojo, le llama “la espectacularización de la violencia”. Un escenario en el que “se rompen los códigos y se meten con los niños, en que se quiere demostrar en las redes sociales, ostentar, y en el que una economía legal sostiene las economías ilegales”.
Para el subsecretario Briozzo eso es así, pero ahí es donde entra el rol del macho, “el modelo machista termina siendo un mal negocio para todos”. El hombre que tiene que demostrar su fortaleza. Como ese video A lo baraja, en que dos jóvenes hacen la pirueta willy sin casco en una moto.
¿El resultado? La Unidad Nacional de Seguridad Vial viene detectando la desproporción de accidentes fatales que involucran a jóvenes varones, cuando no son los que más acceso tienen a vehículos en relación al resto de la población. En esas muertes entra la alta velocidad, el alcohol como la puerta de entrada a otras drogas.
En los manuales sobre publicaciones de datos sobre autoeliminación, se recomienda evitar el método usado para concretar el suicidio. Pero es conocido que mientras las mujeres intentar matarse con métodos menos violentos y menos efectivos como el consumo excesivo de medicamentos, los hombres van más por la estrangulación o el arma de fuego.
En las estadísticas del Ministerio del Interior se aclara que el 64% de los homicidios se cometen con armas de fuego. Y en buena parte de ellos están involucrados jóvenes —no necesariamente menores de la edad—. Y la tasa de heridos por arma de fuego, que no se mueren, se mantuvo igual en 2025 que el año anterior.
Es por eso que Briozzo apunta a que la política pública tiene que tener diferencias por género y por clase social.
¿Muertes evitables?
En Uruguay los que más se mueren son los más viejos. “Es la ley de la vida”, le dicen algunos en los velorios de los nonagenarios. La medicina entiende que incluso en esas edades más adultas, muchas muertes son evitables: por prevención (chequeos hechos a tiempo o cambios de hábitos, por ejemplo) o por tratables. Briozzo concibe en ese sentido que la vida de cualquier persona tiene el mismo valor, pero lo que está pasando con los jóvenes debe llamar la atención por una simple razón: “Se están reduciendo de forma muy considerable los años potenciales de vida”. El famoso tiene “todo una vida por delante”, con el agravante de que “con cambios culturales y de políticas podrían minimizarse esas muertes”.
Más allá de la edad y el sexo, a las autoridades sanitarias les preocupa que la mayoría de muertes y hospitalizaciones ocurren en prestadores de salud pública, donde se atiende la población más vulnerable.
Un ejemplo se ve en los egresos hospitalarios por diagnósticos vinculados a agresiones. En 2024 hubo 1.047 salidas por esa causa en el sector público y 162 en privados (cuando lo público en realidad solo atiende un 35% de la población del país).
En el último premio nacional de Salud Pública, que lo ganó un trabajo de la Comisión Honoraria de Salud Cardiovascular, esta brecha queda más clara aún.
Los investigadores dividieron a Montevideo en tres regiones: el tercio de barrios más pobres, el tercio de barrio más ricos y el tercio que queda en el medio.
Si bien la cantidad de jóvenes no es la misma en cada región, queda claro que las muertes por causas externas son (por lejos) las más evidentes en jóvenes de cualquier parte.
Pero cuando se mira cómo se reparte el porcentaje de las personas menores de 35 años fallecidas por homicidios, suicidios o accidentes en el último año analizado (2022, aunque no hay demasiadas diferencias con años anteriores y es probable que tampoco con posteriores), sucede lo siguiente:
Seis de cada diez muertes violentas, en los menores de 35 años de Montevideo, están centradas en el tercio de barrios más pobres.
“En conclusión”, remata Briozzo, “asistimos a un modelo que se cobra víctimas y más víctimas”.