Para empezar, una puntual: la idea que los charrúas eran los habitantes primigenios más numerosos de esta tierra.
La garra… ¿minuana?
Hay un chiste montevideano vinculado a la perenne confusión en el orden de tres calles paralelas que atraviesan el barrio Cordón: Chaná, Guaná y Charrúa. Las tres son referencias a distintos pueblos indígenas que en distintos momentos de la historia vivieron en el actual territorio uruguayo.
Sin embargo, al revisar el Nomenclátor oficial de la ciudad, donde se explican los motivos y orígenes de los nombres de cada calle, se cita al historiador Alfredo Castellanos, en cuya descripción de Charrúa aparecen un puñado de datos que hoy son cuestionados.
“Nación indígena, que al momento de la conquista española ocupaba la región central de la Banda Oriental, replegándose paulatinamente hacia el norte del río Negro; pertenecen también a esta nación las tribus de los yaros, guenoas, bohanes y minuanes”, escribió Castellanos.
El historiador Diego Bracco publicó en 2004 un artículo llamado Los errores charrúa y guenoa-minuan, donde señala que aunque durante siglos se consideró como “charrúas” a todos los indígenas residentes en el actual Uruguay, y de que había similitudes en su cultura y estilo de vida, además de eventuales alianzas militares, no eran lo mismo.
Para Bracco, la razón detrás de esa confusión deriva de que los europeos no le dieron mucha importancia a nuestra región del continente durante un buen rato, por lo que no hay demasiadas fuentes previas al establecimiento definitivo de los colonizadores. Cuando empezaron a documentar a los habitantes indígenas, el panorama ya había cambiado considerablemente por una conjunción del impacto de las enfermedades importadas por los europeos y la intención de escapar de la influencia colonial, cuando no directamente de la esclavitud.
El antropólogo José López Mazz explicó a El Observador que “los charrúas no tenían fronteras, pero no eran necesariamente los más numerosos acá. De hecho eran más preponderantes en lo que hoy es Entre Ríos, en Argentina. Los más numerosos eran los guenoas, nombre que después deriva en minuanes, que tienen 5000 años de raigambre en esta tierra, son los constructores de cerritos”.
Los charrúas pasaron a ser más numerosos de lado oriental del Río Uruguay cuando cortaron su hasta entonces buena relación con el cabildo de Santa Fe en 1750. Pero según los documentos históricos citados por Bracco, “entre los charrúas y los guenoas-minuanes había un estado de guerra permanente, con exterminio de prisioneros. Las guerras las hacían por ‘robarse unos a otros sus caballos y mujeres'. Se señaló que los primeros operaban entre el Paraná y el Uruguay, y los segundos al oriente de este último”.
El historiador indica que las fuentes señalan que la nación preponderante eran “los guenoa-minuanes” hasta avanzado el siglo xviii, pero que para la sociedad colonial las distintas tribus eran indistinguibles. O mejor dicho, no les preocupaba demasiado diferenciarlos si para ellos eran, en definitiva, un mismo problema: salvajes que había que eliminar para controlar sus tierras.
Bracco indica que a pesar de esa percepción, tanto en documentos como en instancias de negociación con ellos, había una diferencia marcada entre guenoas y charrúas, al punto que ni siquiera compartían lengua.
Incluso los propios integrantes de esas comunidades se diferenciaban y reconocían como integrantes de grupos distintos. López Mazz menciona libros de registros de bautismos de Melo donde hay personas que se reconocen charrúas, dato que después aparece tachado y reemplazado por minuano.
Otro ejemplo patente es la traída al cabildo de Montevideo por parte de Juan Antonio Artigas (el abuelo de José Gervasio) de cinco caciques para acordar una pausa en las hostilidades, registrada como “paz minuana”.
El buen salvaje
El monumento recuerda la matanza de charrúas a orillas del arroyo Salsipuedes, afluente del Río Negro, el 11 de abril de 1831 por parte de tropas gubernamentales al mando de Fructuoso Rivera
Entonces: los guenoas eran los más numerosos y la herencia cultural más notoria es la de los guaraníes. Véanse nombres y palabras como Tacuarembó, Arapey, Aceguá, mburucuyá, Guaviyú, guazubirá.
Bracco cita además un documento anónimo de la década de 1570 donde se atribuye a ellos y no a los charrúas como se suele decir, el haberse comido a Juan Díaz de Solís, algo que “hoy tiende a aceptarse en atención a lo que se sabe de su radio de acción y sus rituales de antropofagia”.
Si el panorama es ese, ¿cómo se convirtieron los charrúas en la nación indígena más asociada al actual Uruguay? ¿Cómo se pasa de querer exterminarlos a, cómo dice Castellanos, que la historia los haya planteado como “valiente hasta la ferocidad, una de las naciones de América precolombina que resistió más denodadamente la conquista española; por esta denodada resistencia, la nación charrúa ha sido exaltada como símbolo de la fortaleza de nuestra raza”?
La respuesta está bastante después de Salsipuedes, un evento que todavía hoy sigue generando debates y polémicas. La matanza en cuestión fue motivada por el gobierno, con la intención de quedarse con las tierras que ocupaban (para ese momento, concentradas en el tramo norte del país) y calmar a los terratenientes que los veían como un problema de seguridad.
Bracco contaba a El Observador en 2023 que “en la imaginación los charrúas son esta horda indómita que de repente desaparece, pero en realidad es un proceso gradual de adaptación y aculturación”.
“Después de Salsipuedes, ¿cómo uno le iba a decir a un hijo que saque pecho y se enorgullezca de ser charrúa?”, planteó por su parte López Mazz. “Se integraron para ahorrarse un problema”, agregó.
“Los peludos”, término con el que bastante después se identificaría a los cañeros de azúcar de Bella Unión, era la forma despectiva de referirse a los indígenas que vivían en el norte del país. “Las chinas”, personaje tradicional del imaginario campero criollo, era como se le decía —también con ánimo despectivo— a las mujeres indígenas. Incluso “guarango” era como se llamaba a los que hablaban guaraní. Y tampoco se decía como un elogio.
“Los sobrevivientes de Salsipuedes no quisieron cargar con ese estigma”, indicó López Mazz sobre la voluntad de los indígenas de integrarse a la sociedad de raíz europea. Bracco dijo a El Observador que esa voluntad ya estaba desde antes, desde la época de las “reducciones”: los indígenas, de forma voluntaria o no, eran nucleados en poblaciones nuevas, gestionadas por colonizadores, con la intención de facilitar el control de la “amenaza”, de favorecer la gestión política y social de estos grupos, usarlos como trabajadores, y por supuesto, evangelizarlos.
“Se los pinta como salvajes que hablan un idioma gutural y son incapaces de razonar, y sin embargo había 50 niños charrúas en la escuela en un pueblo llamado Cayastá”, marca Bracco sobre esta cuestión.
El historiador indica que en el siglo xix, ante un debate público entre la continuidad de la independencia uruguaya o la integración a los vecinos, la corriente independentista empieza a cambiar el discurso sobre los charrúas y a tomarlos como tótem mitológico.
“Desaparecido el mundo indígena, viene el historiador Francisco Bauzá, que era defensor de la independencia y atendió la cuestión indígena, pero dijo muchos disparates sobre los charrúas. Él habla de la nación charrúa y de su grandeza, y eso caló hondo, se metió en el discurso”.
A eso se suma el aporte de la ficción: de esa época son obras como La cueva del tigre, de Eduardo Acevedo Díaz, y el Tabaré de Juan Zorrilla de San Martín. Este poema épico los define como:
“(…)la raza indomable
Que alentó en una tierra
Patria de los amores y las glorias
Que al Uruguay y al Plata se recuesta”
Zorrilla los señala como habitantes “del Uruguay”, y construye a su protagonista como hijo de un charrúa y una española, todo un símbolo de la presunta herencia cultural de este suelo. Bauzá planteaba algo similar: que los orientales eran mestizos de charrúas y españoles y portugueses. Y hasta adjudica una influencia charrúa en la independencia de España, asegurando sin mucho problema que si bien los orientales tenían el mismo idioma, religión y “organización familiar”, el elemento charrúa hacía que no hubiera lazos más firmes.
Escribe Bauzá: “no pudieron los conquistadores ni dominar ni despedir a los charrúas, quienes terriblemente adheridos al sentimiento de su libertad propia y de la independencia nacional, lucharon siempre por conservarlas”.
Desde la ficción, Acevedo Díaz cuenta en La cueva del tigre que los charrúas “habían nacido para la lucha y en la lucha tenían fatalmente que concluir, sin reconocer nunca, ni aun en la hora de morir, superioridad en el adversarlo”. No está muy lejos de la filosofía futbolera que se consolidaría algunas décadas después, sin mucho sustento histórico.
El “mito hipócrita” de ser charrúas
Hinchas celestes, con garra pero con frío
En 1935, la selección uruguaya ganó la Copa América que se jugó en Perú con los últimos efluvios de su “generación dorada” que venía de ganar los oros olímpicos de 1924 y 1928, y el primer Mundial de la historia en 1930.
La selección levantó la copa después de ganarle de forma ajustada a sus dos primeros rivales, a los que Argentina despachó sin mucho problema. La final entre los dos equipos rioplatenses pintaba para trámite, pero los uruguayos se florearon con un 3-0. Fue después de esta sorpresa deportiva que el periodismo extranjero impuso el concepto de “garra charrúa”, que terminó de ser abrazado por los uruguayos después del Maracanazo de 1950.
“Se hizo un mito”, dijo López Mazz. “Un mito hipócrita, porque al mismo tiempo se invisibiliza esa cuestión que te da orgullo, que es algo que viene de la ignorancia”. Esto último lo dice en referencia a lo que considera que ha sido un vacío consciente de parte de los historiadores y la sociedad de la influencia y la herencia indígena que recién ahora, a instancias de trabajos de académicos como Bracco o de las manifestaciones de descendientes, se está poniendo en cuestión y compensando.
Cómo establece la guía oficial del Día del Patrimonio 2026: “se generó una autopercepción de la sociedad uruguaya relativamente homogénea a partir de un relato hegemónico que se desarrolló en torno al culto de grandes episodios épicos liderados por destacadas figuras del ámbito político y militar, constructores de una identidad colectiva que nos hacía distintos del resto del continente. Una de las características de esa pretendida excepcionalidad era la creencia en que el origen de la gran mayoría de los uruguayos era europeo y que apenas quedaban vestigios materiales de los pueblos originarios que se habían extinguido al resistirse, sin éxito, ante el avance del progreso y de un estilo de vida moderno”.
El Tabaré de Zorrilla de San Martín lanza la pregunta: “¿Qué queda entonces de la tribu errante del Uruguay? ¿Qué de su altiva raza?”
“Queda mucho de su herencia” resumió López Mazz. “Pero no tenemos consciencia. Lo notamos sobre todo en palabras, en nombres de animales, plantas, en la geografía. Hay muchos lugares y localidades con nombres indígenas, aunque muchos se rebautizaron durante la dictadura, que les ponía el nombre de un coronel o un teniente. De hecho Uruguay es un nombre indígena. Pero la historia no les prestó atención y se invisibilizó esa herencia”.