Janez Benigar —llamado también Juan Benigar o “El cacique blanco”— llega a Buenos Aires en 1908 desde Zagreb y casi que no la pisa; vuela hacia la Araucanía, tierra de mapuches, tierra que según él lo reclama estando en su Europa Báltica natal. En América se encuentra flechado al instante por una mujer indígena llamada Eufemia “Sheypuquin” Barraza, con la que se casa y comienza una estirpe nueva.
Este hombre, pacífico y siempre dispuesto a filosofar, pronto se encuentra viviendo en medio de un territorio hostil que tiene tintes de Viejo Oeste y, probablemente, mucha más violencia y expropiación. Pero desde allí proyecta una vida de reflexión, una vocación teosófica y una pregunta que lo atraviesa: ¿es la Patagonia el centro de la existencia? ¿Allí está el último resabio de la extinta e hipotética Lemuria? ¿Qué lo convoca, cuál es su misión allí?
«Cuando Benigar, aunque sea de pasada, dice que una parte del territorio araucano es un trozo de la antigua Lemuria no sumergido con el resto en el gran cataclismo del Pacífico, por un momento también él se entrega a la fascinación por el mundo perdido, sumido no solo en las profundidades marinas, sino, incluso más, en los abismos del tiempo, de un tiempo no mesurable. Inescrutable es el pozo del pasado, escribe Thomas Mann, especialmente cuando uno se pregunta por el pasado del hombre; cuando más se excava en el mundo subterráneo del pasado, más insondables se revelan los albores de la humanidad, su historia, su civilización y retroceden poco a poco hacia abismos sin fondo.» «Cuando Benigar, aunque sea de pasada, dice que una parte del territorio araucano es un trozo de la antigua Lemuria no sumergido con el resto en el gran cataclismo del Pacífico, por un momento también él se entrega a la fascinación por el mundo perdido, sumido no solo en las profundidades marinas, sino, incluso más, en los abismos del tiempo, de un tiempo no mesurable. Inescrutable es el pozo del pasado, escribe Thomas Mann, especialmente cuando uno se pregunta por el pasado del hombre; cuando más se excava en el mundo subterráneo del pasado, más insondables se revelan los albores de la humanidad, su historia, su civilización y retroceden poco a poco hacia abismos sin fondo.»
Gran cambio de ritmo es la historia que sigue, la del excéntrico Orélie-Antoine de Tounens, o también conocido como El rey de la Araucanía, un abogado francés que viaja a territorios patagónicos y se declara su monarca y liberador. Él propone un estado franco-araucano, pero no una colonia, sino un estado “gobernado y dirigido por los indios”.
«Es un aventurero del siglo XIX; no tiene nada de la ligereza del aventurero del siglo XVIII, de su cínico y lúdico sentido de la realidad, de su desencantado conocimiento del mundo. Orélie es un héroe de melodrama del siglo XIX, teatral y caricaturesco, propenso al patetismo y a los grandes gestos, en la frontera entre el drama y la opereta. (...) El propio Orélie, a pequeña escala, forma parte de esa Europa del siglo XIX que crea imperios y se extiende por el mundo, encaminándose inconscientemente hacia su propio declive hasta el suicidio colectivo de la Primera Guerra Mundial, que pasará el poder del mundo a otras manos.» «Es un aventurero del siglo XIX; no tiene nada de la ligereza del aventurero del siglo XVIII, de su cínico y lúdico sentido de la realidad, de su desencantado conocimiento del mundo. Orélie es un héroe de melodrama del siglo XIX, teatral y caricaturesco, propenso al patetismo y a los grandes gestos, en la frontera entre el drama y la opereta. (...) El propio Orélie, a pequeña escala, forma parte de esa Europa del siglo XIX que crea imperios y se extiende por el mundo, encaminándose inconscientemente hacia su propio declive hasta el suicidio colectivo de la Primera Guerra Mundial, que pasará el poder del mundo a otras manos.»
Así, este francés desembarca en Valparaíso, Chile, en 1860, se pone a estudiar español y mapudungun, se compra un poncho, empieza a portar sable y contacta con algunos caciques mapuches a los que se pone en el bolsillo prometiéndoles aflojar el cepo de la represión étnica, que en esos momentos estaba en auge.
«Finalmente, se pone en marcha y parte hacia su reino. Viaja solo. Atraviesa páramos y bosques, fascinado por la belleza natural, praderas verde esmeralda, rocas negras que anuncian los volcanes, nieves azules. Un cielo en el que vibran los reflejos de los mares antárticos. (...) En un gran claro circular de los Andes se encuentra con el cacique Quilapán, que llega con cien jinetes; grande y poderoso, desnudo bajo el poncho, de mirada insoportable, que solo el inminente rey puede sostener con orgullo, como en una novela de Salgari. (...) Así nace un reino. Orélie y Quilapán se abrazan, el rey jura unir todas las fuerzas de las diferentes comunidades araucanas…» «Finalmente, se pone en marcha y parte hacia su reino. Viaja solo. Atraviesa páramos y bosques, fascinado por la belleza natural, praderas verde esmeralda, rocas negras que anuncian los volcanes, nieves azules. Un cielo en el que vibran los reflejos de los mares antárticos. (...) En un gran claro circular de los Andes se encuentra con el cacique Quilapán, que llega con cien jinetes; grande y poderoso, desnudo bajo el poncho, de mirada insoportable, que solo el inminente rey puede sostener con orgullo, como en una novela de Salgari. (...) Así nace un reino. Orélie y Quilapán se abrazan, el rey jura unir todas las fuerzas de las diferentes comunidades araucanas…»
Janez Benigar, Orélie-Antoine de Tounens y Sor Angela Vallese
De forma insólita, varias tribus se unen al proyecto y la idea sigue, aunque luego las derivas del reino no son las mejores para su monarca y el final de la historia lo encuentra, por lo menos, en una nota baja. Pero no voy a ser yo quien queme la historia.
Por último, aparece Sor Angela Vallese, que aterriza en Tierra del Fuego en 1880 para internarse en uno de los conventos de la región y vivir en carne propia la prueba de fe que es existir en uno de los paisajes más ásperos del continente.
«La monja piamontesa desafía con tranquila sencillez el enorme misterio de la naturaleza que en aquel extremo del hielo y nada puede aparecer como una demoníaca negación de lo humano.» «La monja piamontesa desafía con tranquila sencillez el enorme misterio de la naturaleza que en aquel extremo del hielo y nada puede aparecer como una demoníaca negación de lo humano.»
Sus viajes, su trabajo con las gentes del territorio, la forma en la que el entorno empieza a moldear su corazón, la forma en la que su fe se transforma en otra cosa: allí está la clave del episodio más poético de Cruz del sur.
«Angela, sin duda, aprendió a amar esa tierra que daba sentido a su vida mientras la recorría, sentía el olor del bosque y observaba el vuelo de los cormoranes, veía a las mujeres que, mal protegidas de la nieve, amamantaban a sus recién nacidos o al cóndor que, casi inmóvil, daba vueltas en el cielo. Una tierra de hielos sin seres humanos puede ser difícilmente amada, que significa deseada, gozada. La bendita Tierra del Fuego es la última Thule, en la que todavía pueden existir el amor y la simpatía.» «Angela, sin duda, aprendió a amar esa tierra que daba sentido a su vida mientras la recorría, sentía el olor del bosque y observaba el vuelo de los cormoranes, veía a las mujeres que, mal protegidas de la nieve, amamantaban a sus recién nacidos o al cóndor que, casi inmóvil, daba vueltas en el cielo. Una tierra de hielos sin seres humanos puede ser difícilmente amada, que significa deseada, gozada. La bendita Tierra del Fuego es la última Thule, en la que todavía pueden existir el amor y la simpatía.»
El estilo de Magris a la hora de abordar a estas figuras me recordó a lo que hace Benjamín Labatut en Un verdor terrible, esa suerte de exploración historiográfica que se inmiscuye en la literatura.
Cruz del sur, en ese sentido, funciona como un acotado pero denso catálogo de seres que se dejaron conquistar por una tierra singular, y que bordearon el delirio al momento que fueron atravesados por ella. El viaje vale la pena.