3 de marzo 2025 - 0:01hs

Por sus conexiones y las propias características que tuvieron las dictaduras del sur más al sur—la nuestra, la chilena, la argentina—, el gobierno militar que siguió al golpe de Estado que dio Humberto de Alencar Castelo Branco en Brasil en 1964 suele quedar algo aislado y relegado, aunque también fue feroz. Las torturas, detenciones arbitrarias y violaciones a los derechos humanos fueron constantes, las cifras de desaparecidos se siguen revisando y suben, y el miedo se alojó en miles de familias norteñas. El director Walter Salles —el de Diarios de motocicleta, Estación Central y En el camino decidió contar la historia de una de ellas a través de los ojos de una sola mujer: Eunice Paiva, que en 1971 afrontó la desaparición forzada de su marido, el exdiputado Rubens Paiva, y se convirtió en un símbolo nacional de la lucha por la reconstrucción de la memoria. Esa es la historia de fondo que tiene Aún estoy aquí, la película que hizo historia para Brasil al ganar el premio a Mejor película en la última edición de los premios Oscar, y que hace algunos días se estrenó en salas uruguayas.

Salles, experimentado hombre de cine que ya supo codearse con Hollywood con sus películas brasileñas —Estación Central estuvo nominada al Oscar a mejor película extranjera— y con producciones autóctonas de la industria estadounidense —En el camino, adaptación de la novela de Jack Kerouac— volvió a su país y optó por no hacer grandes despliegues narrativos para contar la manera en la que esta familia sufrió la desaparición del patriarca; de hecho, es la propia linealidad de su historia la que cultiva el peso dramático al llevar al espectador desde el idílico hogar de los Paiva en Rio de Janeiro, hasta un calvario de dudas que permanece por décadas. Paso a paso, es un viaje de la felicidad perenne, al horror total, y luego al desconcierto. A la falta de pistas y la nebulosa que permanece.

A la mochila de todos esos años de pocas respuestas, callejones sin salida y pequeñas victorias aisladas la carga Eunice Paiva, que murió en 2018, fue una abogada especializada en los derechos de los pueblos indígenas y que en esta película está interpretada magistralmente por Fernanda Torres, hija de la célebre Fernanda Montenegro —que aparece, al final, en un pequeño papel como una versión octogenaria de Paiva—.

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Justamente, de lo mejor de la película —que adapta el libro de memorias homónimo escrito por el hijo de Rubens y Eunice— es la forma en la que el personaje de Torres, escena a escena, va ganando autoridad frente a la situación y también peso narrativo. Su emancipación de la figura de su marido es paulatina, pero en un momento dado sus ojos dominan todo, y todo lo transmiten. Su interpretación reluce en la medida de que todo responde a un huracán contenido en su interior. Por las características de lo que le sucede, el personaje no tiene espacio para la catarsis, para un desahogo o la explosión, y lo que le queda es paliar el dolor con los retazos de sus recuerdos. Y una lucha que primero emprende sola, y a medida que pasa el tiempo con la ayuda de sus hijos.

Salles es inteligente a la hora de mostrar las dinámicas familiares y darle a cada miembro del clan Paiva algo con lo que identificarse. También para documentar esas instancias con el color y la cercanía del Súper 8, recurso manido pero efectivo. La buena arquitectura familiar permite que, cuando Rubens desaparece y todos enfrentan a la sombra, las escenas más fuertes los tengan a ellos como protagonistas. Así, ver al hijo de los Paiva jugando al futbolito de madrugada con uno de los responsables del secuestro de su padre, ajeno al horror real del mundo exterior, termina siendo incluso más estremecedor que los días en los que la propia Eunice es detenida y luego liberada.

El hito brasileño

Aún estoy aquí tiene tres nominaciones al Oscar este año: mejor película, mejor actriz y mejor película internacional. Hay pocas probabilidades de que se lleve alguno de ellos, pero la caída pronunciada de la antes favorita Emilia Pérez en las últimas semanas tal vez le de alguna chance en la tercera de las categorías. Allí parece sacarle algunas cabezas a sus competidoras europeas.

La presencia de Aún estoy aquí en los Oscar es histórica para Brasil pero no llama la atención. Hay varios ingredientes que hacen a esta película una propuesta ideal para este tipo de premios. Para empezar, los relatos sobre los vericuetos de las dictaduras latinoamericanas casi siempre encuentran eco del otro lado del Ecuador —sin ir más lejos, la última película de la región que estuvo metida en el barullo de los Oscar fue Argentina, 1985—.

Por otro lado, Walter Salles es un nombre conocido de Hollywood y el dinero en sus cuentas le da la espalda necesaria para estas instancias; Salles es el heredero de Itaú Unibanco, y es el segundo cineasta más rico del mundo después de George Lucas, con una fortuna personal estimada en más de cinco mil millones de dólares. Por si hiciera falta, detrás de la producción de la película está el Grupo Globo, la empresa más grande de medios en Latinoamérica. Digamos, entonces, que fondos para la promoción y lobby de los Oscar, un ítem a veces olvidado pero crucial para figurar, no faltan.

Sería injusto, de todos modos, reducir el valor de Aún estoy aquí a su fortaleza económica, incluso si eso explica en buena medida su recorrido internacional. Lo más reciente de Salles es una propuesta formidable, cuya calidad excede a los premios que ha ganado, que delinea con maestría la atmósfera de paraíso perdido para una familia entera, que tiene en Fernanda Torres una actuación de antología, varios instantes que se entierran en el pecho del espectador y que no abusa del golpe bajo, sino que prefiere jugar con una sensibilidad propia, autóctona. Su película es, además, una nueva muestra del poder y la fuerza que tiene el cine del Brasil contemporáneo, que afrontó años complejos durante el gobierno de Jair Bolsonaro pero que en los últimos tiempos se ha fortalecido internacionalmente con las carreras de Karim Aïnouz, Kleber Mendonça Filho y el propio Salles, entre otros exponentes.

En ese sentido, de todas las imágenes con las que Aún estoy aquí dibuja el doloroso proceso que vive la familia Paiva pocas tienen la fuerza de ese momento en que, estrangulados por las fauces de la dictadura, Eunice y sus hijos abandonan Rio para seguir con su vida en San Pablo. En la película de Salles, el cambio de ciudad es mucho más que una escena visualmente sobrecogedora, y para los personajes es, también, más que un último vistazo a la casa frente a la playa, a los picaditos bajo la sombra del Pan de Azúcar, el sabor del aire carioca y las lágrimas de los hermanos más chicos que no entienden de razones, pero que extrañan a su padre y sospechan que no va a volver. Mamá Eunice maneja, decide, y con eso trata de cicatrizar la huella de un dolor invisible que ya vislumbra como crónico. Esta gran película brasileña se trata, en el fondo, de eso: de los sacrificios que hacemos para encontrar una manera de preservar la memoria de los demás y, también, la que nos hace quienes somos.

*Esta nota fue publicada originalmente el 20 de febrero de 2025 y actualizada el 3 de marzo

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