No hay placer en el pesimismo. A lo sumo es una forma de evitar la frustración. Y eso, como mucho, te anestesia. ¿Quién quiere ser pesimista? Nadie. O en general, nadie. Yo no quiero. Pero en términos de cine, que es lo que importa acá, ¿cómo no serlo cuando tres cuartas partes de las películas que nos llegan están muertas antes de tocar la sala? Imposible. Por eso hay que aprovechar las esporádicas celebraciones que, cada dos o tres años, se cruzan por delante y nos borran el aburrimiento de la cara. Eso es lo que se está viviendo por estos días en las salas, las redes sociales, los medios especializados, las charlas post función y las entregas de premios: está pasando con una película, en este caso Marty Supremo, que aparentemente nos deja a todos contentos. No importa si algunos elogian la consagratoria actuación de Timothée Chalamet, las escenas de ping-pong, el pulso de su director o el filo de su ritmo; al salir del cine el sentimiento es que la película te pasó por encima. Te atropelló. Como un animal enjaulado al que, después de tres o cuatro años en cautiverio, sueltan arriba tuyo y se vuelve loco. Un animal vivo. Una criatura real a la que no podés domar.
Si las películas de los hermanos Safdie están bajo el paraguas de tus intereses, sabés lo que uno tiene por delante cuando se sienta en la butaca: personajes descarriados pero convencidos, noches largas e intensas, rostros de un cine que ya no existe, aventuras vertiginosas, violencia atmosférica, un humor que burbujea entre el caos y los gritos, y títulos que no se olvidan fácil: Good Time, Diamantes en bruto, Heaven Knows What.
Embed - Marty Supreme | Trailer Español Subtitulado (2025)
Los Safdie —Josh y Benny— aparecieron hace más de una década como una suerte de promesa autocumplida del cine independiente que bebe del primer Scorsese y sus malas calles, de la aspereza de Abel Ferrara, la vitalidad de John Cassavetes y cierta hiperrealidad que evoca a algunos tazos de Bresson. Pero, como pasa pocas veces en esta época, lo que ellos consiguieron fue un cine propio. Autoría real. Ni más, ni menos.
Para sus últimos proyectos se separaron. Se probaron con dos películas que tienen una historia real sobre un deporte en el centro, pero que en realidad son otra cosa: Benny hizo La máquina (The Smashing Machine), con Dwayne “La Roca” Johnson en el papel de un luchador redimido, y Josh fue por Marty Supremo.
MARTY SUPREME
Ligeramente basada en un libro de memorias del exjugador de ping-pong Martin Reisman que la esposa de Safdie encontró en una librería de usados, Marty Supremo lleva al espectador hasta la Nueva York de la década de 1950 y lo pone frente a Marty Mauser, un vendedor de zapatos que también es uno de los mejores jugadores de tenis de mesa de su país, y que tiene un sueño muy claro, muy limpio, muy fácil de gritar al viento: quiere ser el más grande. El más grande de todos los tiempos. Quiere la posteridad, la leyenda y la trascendencia. Quiere poner al mundo entre dos panes y tragárselo de un bocado. Quiere todo. Y quiere todo ya. "¿Qué vas a hacer si fracasás?", le pregunta alguien en un momento clave. "Esa posibilidad no tiene el mínimo espacio en mi cabeza", contesta él.
La película juega magistralmente con el ímpetu y la ambición de su protagonista, y entre la anacrónica música ochentosa que suena desde el comienzo —que la primera sea Forever Young de Alphaville, y la última Everybody wants to rule the world, de Tears For Fears, no es aleatorio— nos entrega uno de los mejores y más complejos personajes que se han visto en la pantalla en el último tiempo. Porque Marty Mauser es un pedante, un estafador y alguien sin ningún tipo de pruritos para alcanzar la gloria, pero también es un hombre decidido, talentoso, por el que es imposible no apostar e hinchar, alguien que juega para ser alguien a los ojos de los demás, alguien dominado por la confianza ciega en que las cosas buenas llegarán y que no hay espacio para el fracaso, y que tarde o temprano la vida lo compensará y, de paso, compensará a todos los que sufren con él.
MARTY SUPREMO
En manos de otro director, de otro actor y de un tono más acorde a esta época de infantilización abrumadora, Marty Mauser sería un antagonista. Safdie y Chalamet, sin embargo, saben que están haciendo una película para adultos y la vida de los adultos suele preferir y decantarse por los grises. Marty Supremo no juzga a su protagonista, ni lo somete a un escrutinio moral; de hecho, le permite redimirse. Y es en esa redención, que llegará de formas que es mejor no adelantar, donde termina de cerrarse el círculo espiritual de una de las producciones más vitales y emocionantes que se pueden ver en este momento.
Como suele pasar en las películas de los Safdie, Marty Supremo tiene una buena colección de persecuciones frenéticas, estafas que salen mal, actores no profesionales y una recreación histórica que eleva esta película —¿de robos? ¿de ping-pong? ¿de enredos? ¿de qué?— junto con la fantástica fotografía de Darius Khondji y la música de Daniel Lopatin. Ellos también aportan su cuota para moldear esta aplanadora cinematográfica.
Pero delante de todo está Chalamet. Afeado, entregado a un rol que lo consagra, verborrágico y profundamente visceral —además de responsable de una campaña de marketing insólita que ha colaborado en lo bien que le está yendo a la película en taquilla—, su Marty Mauser es de antología. Es el mejor papel de su carrera. Entrenó durante años en mesas de ping-pong colocadas en otros sets de otras películas para poder llegar al nivel de juego necesario. Y hay hasta un pequeño punto de anclaje entre la ficción y la realidad que un poco asusta, que un poco lleva a pensar hasta que punto la vida imita al arte, y viceversa: Chalamet ha dicho que quiere ser uno de los grandes, que quiere pasar a la historia. ¿Quién más podría haber abrazado a este energúmeno entrañable con el brío que él le impuso?
Marty Supreme 1
La estrella de 30 años no está solo, claro, porque junto a él están Odessa A’zion como su novia (casada), el empresario Kevin O’Leary haciendo de empresario, Gwyneth Paltrow rescatada y devuelta a la pantalla con un papel idóneo, Fran Drescher como madre doliente, un tenebroso Abel Ferrara y hasta el rapero Tyler The Creator metido en esa ensalada que sabe bien, que se ve bien y que funciona como un reloj suizo.
Dream big, sueña en grande, dice la película en la frase que acompaña los trailers y los pósters. ¿Habla de Marty, nos habla a nosotros? ¿Y sobre qué habla, entonces, Marty Supremo? Vale la pena citar un párrafo del texto de la presentación de la película que hizo Cinemateca al anunciar su estreno: "Sociológicamente, la película puede leerse como una radiografía del individualismo competitivo estadounidense en la segunda mitad del siglo XX. El ping-pong, deporte marginal y poco glamoroso, funciona como metáfora perfecta: un espacio periférico donde el sistema no mira, y donde por lo tanto todo vale. Marty es producto de una sociedad que glorifica al ganador, pero no regula los métodos, siempre que el éxito sea visible. La película parece sugerir que el estafador no es una anomalía del sistema, sino uno de sus resultados más coherentes."
Además, también podemos forzar otra lectura del dream big y pensar que indica otra cosa: que hay otro cine grande, pesado y ruidoso posible ahí afuera. Y que no tiene nada que ver con eso a lo que Hollywood nos ha acostumbrado en los últimos años: cine deslucido, cine ruidoso, grande y pesado, sí, pero muerto. En este momento, Marty Supremo está en cartelera, rompiendo la taquilla, sacudiendo las reseñas, preparándose para asaltar los Oscar 2026. Lista para atropellar a quien quiera someterse a su triunfo, y para quien quiera acompañar a Mauser en uno de los viajes más frenéticos del momento.