21 de agosto 2024 - 5:00hs

Renzo Rossello y César Casavieja salieron de la redacción de El Observador después de una jornada larga. Habían tenido que atender varios asuntos en esos días donde los periodistas policiales escuchaban la frecuencia policial, encontraban hechos y los volvían noticia.

Pasada la medianoche, en la esquina de Cuareim y Guatemala, vieron pasar un Fiat Palio de cuatro puertas. Sabían que eran los autos que usaban los policías de Investigaciones. Además, lo siguieron dos patrulleros. Rossello y Casavieja se miraron. Algo estaba pasando.

Fueron a buscar al chófer del diario. En el camino fueron escuchando la frecuencia policial y terminaron en un procedimiento, donde la Policía detuvo a una banda de rapiñeros. Eran fines de los noventa y las organizaciones más pesadas de delincuentes eran las que asaltaban financieras o bancos, antes de que el negocio de la droga fuera lo más rentable. Había bandas con armamento pesado y flotas de varios autos. La Policía tenía que moverse rápido y el periodismo tenía que estar atento.

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Casavieja había sido policía, patrullero y después agente de investigaciones. "Era un sabueso nato, por eso yo quise que viniera a trabajar conmigo. Y tenía una red de contactos. Nunca tuve una red de contactos como la que tenía él dentro de la Policía", recuerda Rossello, ya hace unos años retirado del periodismo.

Casavieja después trabajó como guardia de seguridad. El 25 de enero de 2012, durante un asalto al supermercado de Nuevo París donde trabajaba, disparó a uno de los ladrones y recibió a cambio tres disparos y, una vez en el piso, otros tres más. Después de varias operaciones murió en abril de ese año.

Casavieja inspiró algunos rasgos de Obdulio Barreras, el detective que Rossello creó para sus novelas policiales. En su recuerdo, le dedica el primer cuento de Papeles viejos (publicado por la línea Cosecha Roja de Estuario hace semanas), el libro con el que el experiodista jubila a Barreras. Son historias escritas en diferentes épocas que llenan los vacíos temporales dejados por las novelas del detective.

Para hablar sobre su última obra, el periodismo y la literatura policial, los subgéneros literarios y su western protagonizado por exguerrilleros que fue un éxito en Grecia, Rossello conversó con El Observador. A continuación, un resumen de la entrevista:

Papeles viejos de Renzo Rossello

En esa historia que me contaste del procedimiento, ¿no se sintieron inseguros?

Siempre te sentís inseguro. Yo estuve en lugares que juré no volver nunca más en mi vida. A Cerro Norte, Marconi y a algunos lugares de Casavalle. Son muy complicados. Pasé mucho miedo. A veces nos apretaron y zafamos por muy poquito. El periodismo en esta línea, como tratamos de hacerlo, o yo trataba de hacerlo siempre, era estar en los lugares. Veo que hay algunos colegas que todavía están intentando hacerlo, ir a los lugares, tratar de ver lo que pasó, encontrar testigos, encontrar testimonio directo de los hechos.

¿Sentís que cambió el periodismo policial? Es muy importante hoy en día la información que da el Ministerio del Interior desde su comunicación, por ejemplo.

Hubo cosas que cambiaron. Cambiaron por distintas circunstancias. Nosotros escuchábamos la frecuencia policial. Eso es lo que nos hacía correr casi al mismo tiempo que la Policía. Ahora se utilizan las frecuencias digitalizadas que son totalmente encriptadas. Salvo que hackees la frecuencia no podés entrar. Los periodistas tienen que apelar a sus fuentes, que nosotros también teníamos. Y me parece que ahora los medios electrónicos... La celeridad con que se transmiten las noticias por esos medios es bastante grande. Estos días lo estamos viendo, lo que está pasando en Cerro Norte. Hemos visto videos filmados por vecinos que ven que están ocurriendo tiroteos. Ahora tenés eso a tu disposición para trabajar como periodista y la posibilidad de contactar fuentes policiales me parece que es más complicada. Se centralizó demasiado todo eso, desde los gobiernos anteriores. Y la posibilidad de que vos hables directamente con los investigadores de un hecho es mucho más complicada ahora que antes. De afuera puedo apreciar que la calidad de información que hay en un lugar y otro es muy parecida porque hay cantidad de caminos a los que ya no es posible acceder. Las diferencias tal vez vayan por otro lado, por ejemplo el informe que sacaron hace poquitos días Tomer Urwicz y Carolina Delisa. Ahí había un trabajo de campo muy intenso, pero eso no lo podés hacer todos los días.

¿Al periodismo diario le cuesta más?

El de todos los días o el de los grandes casos me parece que tropieza con eso, salvo en la esfera judicial que ya se mueve de otra manera. Tiene otros actores y esos otros actores a su vez son fuentes a veces muy bien dispuestas y liberan mayores caudales de información. Ahí ves las diferencias.

¿Tenés algún periodista de policiales o judiciales que ahora te gusta leer?

Eduardo Barreneche en El País se ha transformado en un buen cronista judicial y logra información de mucha calidad. Pero me parece que en todos los medios hay. Natalia Roba, que ahora no se dedica tanto a eso, hizo cosas maravillosas como cronista judicial.

Periodista y escritor, Renzo Roselló.

Pasando a la literatura, me gustaría leerte un fragmento de Blues del raje (la nouvelle que introdujo a Obdulio Barreras, que Banda Oriental publicó en 2008 y que ahora cierra Papeles viejos) donde hay un diálogo entre el protagonista y un policía gringo que tiene una forma de hablar más de película:

Oye, no te pongas así. Nada más hago mi trabajo, eso es todo, chico.

«Nada más hago mi trabajo, chico», ¿dónde aprendiste a hablar, en una serial de televisión?

Y me parece que eso está en tu obra, esa mezcla de la realidad bien uruguaya, pero también las referencias o diálogos más inspirados en otras obras de ficción policial. ¿Cómo fue para vos hacer esa mezcla?

La idea de Barreras nació un poco para crear una especie de remedo de figuras como Philip Marlowe, el detective de Raymond Chandler. Nació primero en un tono un poquito paródico, el Blues del raje tiene algo de parodia, caricatura, de manera deliberada. Yo sentí que era una manera de entrar. Después dejó de serlo, porque en los otros relatos de Barreras lo que ves es nuestra realidad. Queda un tinte además en el carácter del personaje, de cierta ironía.

Claro, Trampa para ángeles de barro (Graffiti, 1993; Cosecha Roja, 2010) que igual no tiene a Barreras, es otra cosa.

Es una novela realista. Es una novela negra, pero a lo que trata de ponerle el foco es a la realidad de un delincuente juvenil, de principios de los noventa. Lo que relataba era una cosa que vi en la calle en mis primeros pininos como periodista, haciendo crónica policial. Esa historia la encontré en la calle, estaba ahí. Había que juntar los pedacitos y contarla.

En la novela están todo el tiempo fugándose de lo que hoy en día es el INAU. Cosecha Roja la republicó en 2010 y yo lo asocié mucho a esos años, donde había muchas fugas de adolescentes, pero en realidad salió en primer lugar en el 93. En ese momento entonces el problema ya era muy común.

Tenemos problemas endémicos que los venimos arrastrando desde hace muchísimos años. La escalada de violencia que tenemos ahora la vimos proyectarse mucho tiempo atrás. Esto no nació ahora, ni el año pasado, ni con este gobierno. Hay situaciones que se han ido degradando y las escalas son cada vez mayores y los niveles de violencia van a seguir escalando, porque todo nuestro continente, donde estamos y de donde no nos podemos ir, es cada vez más violento.

Periodista y escritor, Renzo Roselló.

En los últimos meses se ha vuelto a hablar mucho sobre inseguridad, como había pasado de cara a las elecciones de 2019 con el hincapié que hacía la entonces oposición. ¿Ves que cerca de las elecciones suele pasar eso o te parece que se debe a casos muy fuertes que hubo últimamente?

Lo que se habla en el discurso político es propio del discurso político. Yo voy a hablar desde el punto de vista social que he conocido y también desde el punto de vista de cómo la literatura trata de entrar a la realidad y reinterpretarla. Siento que lo que pasa es que hay una serie de actores que operan en este mundo de delitos y de organizaciones cada vez más extendidas, dedicadas al negocio de la droga, por ejemplo, que se han ido afianzando en estas últimas dos décadas. Y cuando el país tiene momentos de inflexión política como estos, con elecciones de por medio, estos grupos criminales también juegan sus juegos de poder. Tratan de mover fichas para beneficiarse a sí mismos y a su actividad. Es un poco lo que cuenta El simple arte de caer (Cosecha Roja, 2018). La atmósfera en la que transcurre es la de un año que fue un punto de inflexión (2004). Cómo después de la peor crisis histórica que tuvo el país, el país se aprestaba a dar un salto y un cambio, ya no solo de gobierno, fue un cambio de época más general.

En esa novela –protagonizada por Obdulio Barreras– tratás el auge del mercado de la paste base después de la crisis. Está este narcotraficante del Cerro Norte, Franco Macchia. En el mundo de la novela todavía era una novedad un narco como él.

Sí, pero no era. Ese personaje tiene rasgos de otros dos personajes muy reales y que sí vivieron en Cerro Norte y que se disputaron a tiros, uno murió y el otro siguió vivo, la distribución del tráfico en Cerro Norte y alrededores. Al que murió lo conocí en forma personal. Lo entrevisté en la cárcel. Lideró un motín. Era un tipo que había estado en Europa, había formado parte de grandes bandas de asaltantes, se había cambiado al mundo de la droga porque vio que ahí estaba toda la plata y lo vio muy bien, porque era muy inteligente. Tuvo una salida transitoria. Un 6 de enero le iba a llevar los juguetes a los hijos. Antes de llegar, en la puerta de la casa, lo estaban esperando dos chicos. Lo acribillaron a balazos.

Siempre aprovechaste la situación del país, o situaciones anteriores del país, para hacer literatura. ¿Hay algún fenómeno que veas ahora que decís 'esto me gusta para hacer una novela'?

Bueno, estuve trabajando en una novela que aborda, pero ya en un plan más especulativo, esta escalada de violencia y la reacción esperable que son las formas de acción paramilitar contra este tipo de organizaciones. Ya empieza a verse en Brasil, en los países de Centroamérica, por ejemplo. En México se ha visto incluso en organizaciones que han estado enfrentadas y que han terminado participando juntas, como Los Zetas hace ya tres o cuatro décadas atrás. Empezaron como un grupo paramilitar, básicamente militares, y terminaron apoderándose del narcotráfico. Primero los combatieron, los eliminaron y terminaron apoderándose del negocio y transformándose en cárteles. Y a su vez fueron masacrados por otros cárteles, cada vez más grandes, porque la guerra es continua y cambiante todos los días. Todo ese fenómeno es muy interesante y aterriza en la región. Sobre eso intenté trabajar.

En esa novela no aparece Obdulio Barreras, ¿no?

No, mi idea era con Papeles viejos darle un retiro digno, un descanso. Lo cual no quiere decir que en algún momento no vuelva.

Sobre Barreras, te escuché contar que lo primero que te vino a la cabeza fue la imagen de un expolicía que terminó preso y que a partir de eso fue que escribiste las novelas, para entender cómo terminó ahí.

Después de Blues del raje yo lo había abandonado. Y en un determinado momento estaba escribiendo cuentos y tuve la intención de hacer como una especie de parodia de los crímenes de habitación cerrada, que son como una especie de sub subgénero entre el policial con el que yo tengo muchos reparos. Y mágicamente me apareció Obdulio Barreras. ¿Quién puede hacer algo así que no sea Obdulio? Y para complicarle más la vida al pobre cristiano el caso ocurría en una celda y en la celda tenía que estar él. Así que escribí El problema de la celda 4 (que se terminó publicando en Papeles Viejos). Ahí empiezo a idear esta nueva etapa del personaje. De esa intención de explorar qué le pasó nace El simple arte de caer, que narra cómo cayó preso. Y cuando lo terminé, digo: 'pero ahora este hombre está libre, ¿qué hace? ¿A qué se va a dedicar?'. Ahí van saliendo las otras novelas: Cien veces muerto (2019), El verdugo escondido (2020) y Todo por nada (2022).

Más allá del género policial, escribiste también ciencia ficción. Recuerdo haber leído el cuento Todos los pasados en el Contaminación Futura Volumen 4 (Mig 21, 2021) o Una noche en Nuevo Marte en Ruido Blanco 11 (MM Ediciones, 2023). También está tu novela Las Furias (Estuario, 2012).

A mí no me convence el término ciencia ficción. Como que queda corto para definir la ficción que hacen una cantidad de autores. Alguien propuso el término ficción especulativa que sí me parece más justo y abarcativo. Las furias en realidad es un conjunto de historias que componen una novela. Son crónicas que hace un periodista extranjero que trata de entender el fin del mundo acá en estas tierras y recorre las Américas, desde Nueva York hasta la Tierra del Fuego. Sigo creyendo que es de las mejores cosas que he logrado escribir. En su momento tuvo el tercer Premio Nacional de Literatura. Creo que si no le fue aún mejor es porque apostaba a este género que también es bastardo como el policial.

Y hablando de géneros, te quería consultar por El combatiente (Cosecha Roja), un western noir, que además hace poco fue un éxito en Grecia.

Los subgéneros ofrecen una riqueza literaria que me parece desperdiciada, mal entendida, porque hay verdaderos maestros. Soy un amante del western. Soñé siempre con escribir uno, pero ambientado en nuestra realidad. Porque yo creo que nuestra realidad tiene mucho de gótico, mucho de western. Basta salir a recorrer nuestro país para darte cuenta de eso. E imaginé a este viejo ex guerrillero. En el transcurso del relato, yo deliberadamente no nombro a ninguna organización, porque trataba de escapar de esa lectura de Nacional-Peñarol...

Que alguien dijera: 'está romantizando a los tupamaros'.

Exactamente. Podría escribir de esa organización que bien la conozco, pero mi interés era contar otra historia. Era contar la historia de alguien que como muchos luchó y pagó. Pelearon por cosas en las que de verdad creyeron y lo hicieron con honestidad, poniendo su propia vida en juego. A mí eso, más allá de las diferencias incluso abismales que pueda tener mirándolo desde mi perspectiva actual, me parece algo destacable. Me parece que podía encontrar allí esa especie de héroe clásico que pintaban los griegos. Pensaba mucho en eso porque el western se inspira en el formato de la tragedia clásica.

¿Y tuviste que ponerte a investigar sobre los tupamaros o ya era conocimiento que vos tenías?

Yo milité algunos años en esa organización a fines de la dictadura cuando se estaba empezando a rearmar y salían los primeros presos. Y durante algunos años más hasta que se armó como organización de vuelta. Incluso conocí junto con otros jóvenes militantes a Raúl Sendic, que a poco de su salida de prisión se reunía en grupos en casas particulares con jóvenes para hablar. Después abandoné porque sentí que empezaba a discrepar muy fuerte con muchas cosas que planteaban y muchas ideas que aún sostenían y que a mí me parecían absolutamente inviables.

La novela El Combatiente publicada en griego por el sello Red & Noir

¿Quién te propuso la traducción al griego?

Eso fue el programa IDA del MEC (Ministerio de Educación y Cultura). Hay una especie de fondo editorial y los interesados, que son otros sellos editoriales extranjeros, ven que hay disponible allí y dicen: 'me interesa este'. Eso pasa por un jurado, que establece el MEC y el jurado dice qué obra sí, qué obra no y se le da un financiamiento parcial para las editoriales y su publicación en el extranjero, traducción mediante. Un sello griego, que se llama Red & Noir, que estaba publicando autores no griegos, le gustó esta historia. Y como resultado de eso, a mí me sorprendió mucho, estuvo entre los 22 libros de novela negra publicados ese año más celebrados. Les gustó mucho, seguramente porque les parecía exótico, un western noir ambientado en un país sudamericano.

Capaz no lo asociaron a los tupamaros, pero también está toda la figura de José Mujica que es muy curiosa.

Los tupamaros son conocidos internacionalmente. Tuvieron una resonancia en su momento amplísima en todo el mundo y sobre todo en Europa. Así que no me extraña que haya tenido por esa razón y porque siempre somos exóticos.

¿Sabés si están interesados en publicar otro libro tuyo?

Conocí a la traductora, que es la que viajó como agente de ellos acá, y estaban interesados en publicar más. Hasta ahora no he tenido contacto de vuelta con ellos.

¿Te comentaron sobre algún libro específico?

No, no seleccionaron. Tienen lo que ha publicado Cosecha Roja, que es este ciclo de Barreras, más El combatiente y Trampa para ángeles de barro.

¿Y cómo fue la tarea de traducirlo, esa conversación con la traductora, rever tu libro?

Le terminé haciendo como una especie de glosario de giros locales de uruguayismo, porque está muy lleno. Yo no sabía cuánto hasta que con la lectura de ella me di cuenta. Y además le di como ayuda, que es brillante, el Diccionario español de los Uruguayos que publicó la Academia de Letras, que es una genialidad absoluta porque recoge cantidad de giros y modismos nuestros que son sólo nuestros, que le resultó también de mucha ayuda. Tuvimos un intercambio larguísimo.

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