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22 de julio de 2026 5:00 hs

“En estos meses, jugando, siento que volví a nacer, reviví. Estando acá adentro no tenés mucha posibilidad de hacer lo que más te gusta. Poder jugar me hace revivir”, cuenta a Referí, Lucas, uno de los jóvenes que participa del proyecto deportivo, que en la práctica es mucho más que eso.

El Club Social y Deportivo La Chispa es un club de fútbol que nació de un convenio entre la Liga Universitaria y el INISA (Instituto Nacional de Inclusión Social Adolescente), apoyado por el programa Pelota al Medio a la Esperanza. Como cualquier otro equipo de fútbol que recién comienza en esta liga, La Chispa iniciará en la tercera división de la categoría sub 20. Designó delegados, definió en qué cancha serán locatarios, los colores que los representarán y documentación que certifique que cada uno de sus jugadores aprobó al menos una materia de educación secundaria en los últimos dos años.

Fútbol como identidad

Lo que inició como una idea que entusiasmaba tanto a educadores como a jóvenes, rápidamente se enfrentó a su primer desafío: el nombre del equipo.

El mismo surgió de idas y vueltas entre cuerpo técnico y jugadores, no fue tarea fácil pero todos reconocieron que dieron un paso muy grande al momento de definirlo.

“Apenas arrancamos no teníamos ni nombre, nos juntábamos a jugar a la pelota. Ahora cambió, La Chispa es un cuadro serio y muy unido”, cuenta Sebastián, el típico número cinco tapón del equipo.

Sentado sobre su cama, en una habitación prolijamente ordenada con paredes en las que conviven retratos de seres queridos con rosarios de plástico, Lucas brinda su explicación de lo que significa el nombre: “La chispa es eso que sentimos adentro cada uno de nosotros, ese brillo que no se apaga, por más que estemos en situaciones más jodidas, siempre va a brillar, siempre va a estar ahí”.

Lucas reconoce su rol de líder dentro de la cancha. Es el primero en felicitar a sus compañeros cuando filtran un pase o recuperan la pelota tras una presión exitosa. También reconoce que se “endulza” con la pelota y que le gusta mucho “tirar chiches”.

Hizo formativas en Bella Vista y Progreso, pero tiene recuerdos junto a una pelota desde los cuatro años.

La vida lo alejó de lo que más le gustaba hacer y hoy celebra poder estar nuevamente en una cancha mientras reflexiona acerca de lo que siente al volver a formar parte de algo: “Entro a la cancha y me desconecto de todo los problemas. El fútbol me enseña a valorar el compañerismo y disfrutar el momento, ¿viste? Porque capaz hace un tiempo atrás no pensaba en volver a las canchas o a un campeonato, pero ahora que estoy viviéndolo, intento disfrutarlo, disfrutar estar ahí”.

Sus días son todos similares. Tener una rutina ordenada a la cual apegarse es fundamental para todos y novedoso para la mayoría.

Los jóvenes del Centro Granja (centro que forma parte de la Colonia Berro y que abrió sus puertas a Referí) se levantan todos los días a la hora 9, ordenan sus habitaciones y limpian espacios comunes. Desayunan todos juntos y cuando el reloj marca las 11 una camioneta pasa a buscar a los jugadores para ir a entrenar.

Esto ocurre lunes, miércoles y viernes. Los entrenamientos se realizan dentro de la Colonia Berro. Integrantes de múltiples centros del INISA arriban al entrenamiento acompañados por sus respectivos educadores.

En el aire se entrecruzan correcciones del último partido, propuestas tácticas, anhelos de todo lo que harán aquellos que por buena conducta se les aprobó una salida transitoria o “licencia”, como lo llaman ellos.

De fondo suena la música y en el perímetro de la cancha se ubican todos los educadores, integrantes del cuerpo técnico, psicólogos y demás responsables del equipo.

Cerca de un córner, haciendo las veces de árbitro del partido entre titulares y suplentes, Alan, delegado y ayudante técnico, resaltó la dificultad y el esfuerzo necesario para que un proyecto de este calibre prospere: “Para muchos chicos pueden ser normales cosas como entrenar, compartir un objetivo, representar un equipo. Pero en la mayoría de nuestros jóvenes esas son cosas que difícilmente hayan accedido antes. Notamos el gran esfuerzo que hacen para formar parte del colectivo”.

Al terminar la práctica, todos retornan a las camionetas para emprender el viaje de regreso, no sin antes intentar usar la agilidad mental que la calle les dio para demorar lo más posible lo inevitable: muchos logran sacarle una sonrisa a los educadores mas no el cometido. Al retornar a Granja, tras una ducha, almuerzan todos juntos y vuelven a sus habitaciones-celda hasta que a la hora 14 se dirigen a clase. Debido a que les queda cerca, van a pie.

Ejercicios precompetitivos

“Competir es mucho más que jugar los sábados”. Así sentenció el ayudante técnico acerca de las dificultades que deben enfrentar quienes apuntan a vestir la camiseta del equipo.

En primera instancia, un Juez debe autorizar la salida del hogar para entrenar entre semana y jugar cada fecha. Cada uno es responsable de cuidar su comportamiento dentro del hogar, es requisito excluyente la buena convivencia y trasladar los valores que se enseñan en la cancha a cada ámbito de la vida en reclusión y el correcto rendimiento educativo es menester.

“Apunto a salvar alguna materia de tecrero de liceo, inglés, matemática o geografía”, cuenta orgulloso Lucas, un escurridizo extremo de 17 años, que entrena con el equipo entre semana pero está a la espera de que sus notas lo habiliten para jugar.

Su cuaderno da fe del esfuerzo.

Entre dibujos y alguna que otra palabra tachada, aparecen varios “great work” de la profesora de inglés, e incluso un 10 en un ejercicio de matemática.

“Ya quiero que llegue el momento de poder jugar y ver a mi hermano y a mi madre que me están apoyando mucho con todo esto”, agrega finalmente.

La familia juega su propio partido. Aquellos que así lo deseen, pueden asistir a los partidos y alentar al equipo. Es algo que muchos de los chicos anhelan con fuerza. Cuando sucede, las sonrisas se hacen imposibles de disimular. Cuando no ocurre, el equipo se encarga de que no pese tanto.

Recibir palabras de ánimo, tener un par que celebre como propio un logro ajeno o rodearse de líderes positivos para algunos resulta foráneo.

En La Chispa entrenan la motivación, se incentiva a estudiar, no faltar a las prácticas y cumplir con lo que se espera de ellos.

Acá aprendí qué es el compañerismo. Es importantísimo esto para nosotros”, dice Alexander, delantero del equipo, intentando disimular una sonrisa vergonzosa después de que sus compañeros lo describieran como un artillero innato. Es vital que los valores que imparten trasciendan el campo de juego. El objetivo del equipo no es futbolístico, es humano.

El momento más esperado

Llega el sábado y como cada semana desde que asumieron el compromiso, los convocados esperan ansiosos la llegada de la camioneta para ir a jugar. La demora los impacienta, uno pide un cigarro, otro lo rezonga al grito de, “¡sos futbolista, no fumes!”.

Con bolso en mano, zapatos limpios y cortes de pelo para estrenar en el partido, la camioneta se va llenando de futbolistas y educadores.

Adelante del vehículo el chofer sube el volumen para que la música suene por encima de las conversaciones. El intento es en vano.

Charlas de amigos, novedades sobre la interna de los hogares, la felicidad de Alexander en víspera de irse “de licencia” y algún ocasional deseo de libertad dominan el paisaje sonoro. Una moto de alta cilindrada rebasa a alta velocidad, el plantel se exalta y la conversación vira hacia lo lindo que sería tener “una de esas para salir con aquella”. Todos concuerdan con los rostros pegados al vidrio viendo la forma en que la moto se pierde en el horizonte.

Finalmente llegan a destino, el chofer abre la puerta y los chicos bajan, se encuentran con compañeros de equipo de otros centros mientras el director técnico batalla contra todos los estímulos de afuera por la atención de su plantel.

Uno a uno se reparten la indumentaria y el uniforme azul oscuro con vivos celestes comienza a destacar en el paisaje mientras detrás del arco cuelgan su bandera que celebra lo ventoso de la jornada. Desde los costados de la cancha, las reposeras, motos y conservadoras van formando la tribuna donde la hinchada de La Chispa se hará sentir.

Me da mucho orgullo verlo jugar al fútbol. Ellos tienen que tener otra oportunidad para salir adelante y esto capaz que los ayuda mucho. Él puede.” cuenta Marta, hincha y mamá del golero, sin despegar la mirada de su hijo.

Las indicaciones ya las conocen, un 1-4-4-2 ordenado en la marca y rápido en salida para explotar el buen pie de su capitán y la velocidad por las bandas.

Los titulares saludan uno a uno a jueces y rivales para después dirigirse a su puesto.

El árbitro pita el inicio del partido y un “vamo'La Chispa carajo”, baja del banco visitante. El potrero que estos jugadores tienen es innegable. Gambetas, caños, tranques fuertes y ningún temor por el roce caracteriza su fútbol.

Llegan una, dos, muchas veces, y como todo futbolero sabe, goles errados son goles en contra. Tras una distracción en defensa, el encuentro se pone 1-0 a favor del local. Ninguno agacha la cabeza, “Vamo'a jugar al fútbol, bo“, grita el capitán y arenga a los suyos. El tono se mantiene, momentos de liricismo y otros que hacen honor al típico fútbol uruguayo.

Llega el entretiempo y la frustración se hace notoria; educadores y cuerpo técnico animan a los suyos mientras realizan ajustes tácticos. Tras una charla más motivacional que futbolística y con dos cambios regresan a jugar el segundo tiempo.

Con otra expresión en su juego y un gran gol de tiro libre del capitán del equipo iguala el tanteador. Se festejó sobriamente, y dejan rápido la pelota en la mitad de la cancha para reanudar cuanto antes e ir por la victoria.

El rival se adueña de la mitad de la cancha y del balón, las jugadas miran todas para el mismo lado, hasta que finalmente con la complicidad de una cancha irregular y un pique inesperado, La Chispa nuevamente quedaba abajo en el marcador.

El tiempo pasa y físicamente los jugadores de La Chispa están enteros, poco a poco las divididas vuelven a ser de los azules y su golero se convierte en un espectador más.

El rival a vencer ya no es el otro equipo, que se dedica a aguantar el aluvión e intentar salir de contra, sino el reloj.

Ante la desesperación, vuelve a emerger el capitán y que filtra un pase entre líneas, habilita a un compañero recién ingresado que gana en velocidad y tras una salida despavorida del golero, toca suavemente la pelota a un costado y desata la locura.

Durante los últimos minutos de partido el se juega únicamente en el área local, La Chispa con más corazón que fútbol, no le da descanso al rival que resiste y pide la hora. El árbitro marca el final del partido: empate 2-2. Desde la hinchada llueven aplausos y expresiones de orgullo; el plantel devuelve el cariño mientras recupera el aire.

Al acercarse exhaustos a los bidones de agua, ninguno nota las esposas apiladas a un costado. No olvidan su existencia ni evaden su realidad.

Durante un rato cada fin de semana, su esfuerzo y nueva predisposición ante la vida da frutos: son libres de hacer lo que más les gusta. Vuelven a ser jóvenes en pleno uso de su derecho al disfrute.

Para todos ellos el fútbol trasciende lo deportivo, les da un propósito, los forma como personas, los acerca a soñar y a personas que sueñan como ellos.

El fútbol es su vida y siempre da revancha.

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