En mayo de 2022, el asistente social del INAU fue a conocer la casa.
—En cualquier momento están integrando —recuerdan haber escuchado los papás de Lautaro de parte del asistente social. Más en concreto: para fin de año, seguramente.
Hacía dos años que se había aprobado la Ley de Urgente Consideración, que acortaba los plazos para adoptar a partir de que la evaluación de las familias aspirantes no podía extenderse más allá de los 18 meses. La promesa del asistente social, entonces, tenía sentido.
Primero hicieron los talleres de información y sensibilización; después, la valoración. En el último tramo, supieron que también sería valorado —así le dicen— Lautaro.
En el INAU no supieron recomendar cómo tratar el tema, ni qué libro o película de acercamiento podría ayudar a los padres a conversar al respecto. Los padres, que no tenían referencias, se tiraron al agua como pudieron.
Cuando lo conversaron, en una cena familiar, Lautaro estaba feliz.
—¡Ya sabía! —se le adelantó a los padres.
Así que el niño fue al INAU, acompañado de sus padres, y tuvo una reunión a solas con la psicóloga de valoración. La conversación, que duró algo menos de una hora, giró en torno a qué le parecía la idea de tener un hermano adoptado.
Todo iba bien.
Una vez valorado Lautaro —que se mostró abierto y contento con la idea de integrar a un hermanito— la familia entró en el Registro Único de Adoptantes, en junio de 2022. Habían pasado los 18 meses de plazo que establecía la ley para esta etapa del proceso.
Después empezaron las entrevistas de seguimiento, previas a conocer, finalmente, la historia —así le dicen en el INAU a los niños que pueden ser adoptados— que integrarían. Un camino intermitente, interminable, en el que una nueva dupla de psicóloga y asistente social los iba “guiando” en su proyecto adoptivo.
Durante este tiempo la familia aspirante a la adopción fue consultada sobre sus preferencias y posibilidades. La consigna planteada en todo el camino previo había sido: sean honestos con lo que pueden afrontar y con lo que no.
Primero les preguntaron por el sexo y por la edad. La pareja pensaba en un varón, de entre tres y cinco años, de modo que pudiera tener mayor cercanía con Lautaro, que así lo había imaginado él.
La dupla técnica del INAU preguntó, entonces, si podían volver a consultar a su hijo biológico por la opción de una nena. A Ana y a Daniel les daba igual. Pero a Lautaro le habían preguntado su preferencia y él había contestado lo que sentía: se imaginaba compartiendo actividades que le gustaban, enseñándole a jugar.
Después, la edad: ¿estaban dispuestos a integrar niños de seis años?
Respondieron que sí, pero ya no de siete.
Así pasaron cinco entrevistas entre Ana, Daniel, y la dupla de técnicos que hacía su seguimiento en el Registro Único de Adoptantes. Cinco entrevistas entre marzo de 2023 y marzo de 2025. Una sola en todo 2024.
Ellos llamaban al INAU: ¿hay novedades?
En cualquier momento, les respondían.
Historias que no cuadran
Después de la implementación de la ley de urgente consideración, aumentó la cantidad de familias en el Registro Único de Adoptantes, según los datos procesados por El Observador a partir de un pedido de acceso a la información pública. Pero también aumentó la cantidad de familias que, una vez otorgada la idoneidad para adoptar, se les retiraba. En 2025 fue cuando se registraron más casos de familias a las que se les quitaba la idoneidad una vez validada.
La promesa de ese cualquier momento no llegaba. De repente, su carpeta había quedado entre papeles. De repente, se había perdido en un cajón. Entonces, llamaron ellos.
Justo. Del otro lado del teléfono la psicóloga les respondió que estaba a punto de ponerse en contacto, porque tenía por fin una historia para presentarles. Lo harían en unos días, el lunes siguiente.
Eso, sin embargo, no sucedió. Les avisaron que la historia se había “pinchado”, porque la familia biológica había reclamado la tenencia del niño.
Entonces, Ana y Daniel plantearon que no les presentaran historias si el INAU todavía no tenía la certeza de que el niño podía ser adoptado, para no correr el riesgo de integrar a un hijo que en poco tiempo pudieran perder. En el INAU les dijeron que tomarían nota.
La primera propuesta real llegó el 26 de diciembre de 2024, a cuatro años de haber dado el primer paso en el camino de la adopción.
La historia —el niño, su historia— podría resumirse así: tres años, vínculo fuerte con su abuela biológica.
La pareja se sorprendió al saber la edad del niño: la psicóloga y el asistente social les había sugerido ampliar la edad del proyecto adoptivo a seis años, pero ahora la propuesta era la de un niño más chiquito. A los ojos de la psicóloga y el asistente social, Lautaro seguía siendo un niño de 10, por lo que la diferencia de edad no parecía un problema. Pero el tiempo había pasado para todos: Lautaro era ahora un adolescente de casi 15.
El equipo técnico del INAU creía, sin embargo, que la historia de un niño de tres años implicaba menos mochila con la que cargar, y una adaptación a la nueva familia, por ende, menos compleja.
La reunión de dos horas fue un recorrido desordenado entre papeles de aquí y allá que la psicóloga y el asistente social iban leyendo.
El tema es que, una vez presentada la historia, aparece la urgencia: hay que responder rápido, con lo que escucharon en ese rato, con las palabras que quedaron.
La pareja, con la adrenalina que implicaba haber llegado a ese momento después de cuatro años, logró tomar nota de un detalle que complicaba el avance: la abuela del niño trabajaba en la misma institución que Ana.
Preguntaron, entonces, si la historia era de Montevideo. La respuesta que recibieron fue que no le podían decir de dónde era el niño. Ante el temor de que eso complicara el entorno laboral de las dos familias si la adopción avanzaba, Ana y Daniel desistieron de avanzar. La dupla tampoco había notado esta coincidencia, que la hacía incompatible con el proyecto adoptivo que habían trabajado en conjunto.
Otra vez, a esperar.
Tres meses después, una reunión en el INAU con la dupla de seguimiento para explicar qué había fallado.
Otros tres meses más para que el INAU hablara de una nueva posible historia para integrar.
Otra vez, retazos de historia en diferentes documentos, con parientes que aparecían en el relato que no quedaba claro qué rol cumplían.
Ahora se trataba de otro niño de tres años, con una mamá biológica que, pese a que tenía una patología psiquiátrica, había logrado estar presente cada 15 días y desarrollar un vínculo importante con su hijo.
De nuevo, la historia era todo aquello que le habían recomendado no hacer: sean honestos con lo que pueden afrontar y con lo que no.
Cómo harían para que el niño mantuviera ese vínculo tan fuerte con su mamá biológica, qué lugar iba a ocupar la nueva mamá adoptiva, qué pasaría si ella peleaba por la tenencia de su hijo.
¿Nos están pidiendo que adoptemos a un niño y a la madre? —esgrimió, incrédulo, Daniel, en una reunión semanas después.
—Y sí —respondió, unívoca, la psicóloga.
—¡Pero nosotros vinimos a adoptar a un niño!
En esa reunión posterior, lo que les decían la psicóloga y el asistente social era que los estaban dejando afuera del Registro Único de Adoptantes. Que ya no iban a tener que esperar más. Que habían dejado de ser idóneos para adoptar.
"No resuenan, no vibran"
El INAU convocó a la pareja para el 10 de setiembre y allí la dupla de seguimiento les dijo que ya no eran idóneos para integrar a un niño a su hogar, que no habían aceptado los enlaces —así les dijeron— que tenían para ofrecerles, que habían encontrado “indicadores de incompatibilidad con la adopción que fueron surgiendo en el proceso”, que no se posicionaron desde el “derecho de niño”, que tenían “una flexibilidad sumamente acotada”: al tener preferencia por el sexo, por la edad, por su condición de adoptabilidad. Que el caso había ido a supervisión, para que el equipo completo de Adopciones aprobara la decisión de sacarlos del RUA.
—¡Pero ustedes nos preguntaron! —exclamó Ana, que seguía incrédula, al recibir cuestionamientos por el proyecto adoptivo que habían trabajado en conjunto con la dupla técnica.
—Las familias no pueden elegir —contestó, unívoco, el asistente social.
—Es la vibra —laudó la psicóloga.
—No resuenan, no vibran —reforzó el asistente social.
La conversación, constatada por El Observador, estaba amparada en un informe de hacía dos semanas firmado por la dupla técnica y que también estampaba la firma de 16 psicólogos y asistentes sociales del Equipo de Adopciones. Resumía, en 12 páginas, por qué no.
Que eran rígidos.
Que mostraron desconfianza con la institución.
Que cuestionaron a los técnicos.
Que les molestó la espera.
Que mostraron miedos irracionales y prejuicios con las familias biológicas.
Que mostraron una actitud hostil.
En respuesta, Ana y Daniel presentaron un recurso pidiendo que les restituyeran su lugar en el Registro Único de Adoptantes. Argumentaron en 17 páginas todos los desencuentros, los desentendimientos, la falta de información, el desconocimiento de sus historias, de las historias que les presentaron, las omisiones que, entendían, hubo de parte del INAU.
De todo eso, no quedó constancia en un solo papel. En la mesa siempre se habían sentado, de un lado, la pareja que quería adoptar; del otro, la dupla técnica. De los roces y desencuentros del proceso solo está documentada la versión de la dupla técnica del INAU. De los descargos de Ana y Daniel, que pedían el reintegro al RUA, ya pasaron siete meses sin respuesta.
El foco, repiten en el INAU en los documentos, debe estar en el niño. El niño es el centro.
Tampoco Lautaro tiene una respuesta. Pasó años preparándose para ser hermano, se ilusionó con compartir con él, fantaseó con la idea de enseñarle a jugar, le guardó la cama de abajo en la cucheta.
Después de casi cinco años, ya pisando los 16, les preguntó a sus padres si, ahora, que había pasado tanto tiempo esperando, podía empezar a dormir en la cama de abajo.
Así que bajó.
Y ya no esperó más.
*Los nombres de los padres adoptantes y del niño son ficticios, con el fin de preservar sus identidades.