El mapa educativo de Montevideo: dónde viven los alumnos de colegios privados y la brecha que se profundizó en una década
El lugar donde viven los estudiantes muestra fuertes diferencias en la elección educativa; los barrios de mayor nivel socioeconómico aumentaron todavía más su peso en la enseñanza privada
A unas cuadras al este del Hotel Carrasco, hay una escena que prácticamente ha desaparecido del paisaje: un niño del barrio caminando con túnica blanca y moña azul hacia la escuela pública.
Tampoco es habitual cruzarse con un adolescente que vive en la zona camino a un liceo estatal.
Entre la calle Puyol y Nariño, al sur de Rivera, hay un puñado de manzanas donde casi todos los niños y adolescentes de entre 4 y 17 años que estudian lo hacen en centros privados. Las excepciones se cuentan con los dedos de una mano.
La imagen se repite unas cuadras hacia el noreste y ayuda a explicar un fenómeno mucho más amplio: Carrasco es el barrio de Montevideo con mayor proporción de estudiantes que asisten a la educación privada. Son el 95,4%.
A varios kilómetros de allí, en La Paloma-Tomkinson o Casabó, la escena se invierte. Encontrarse con un niño o adolescente del barrio que salga de su casa rumbo a un colegio privado es casi una rareza.
Los extremos de Montevideo cuentan así una misma historia.
Según los datos del último censo procesados por El Observador junto al maestrando en Economía Aplicada Juan Ignacio Pintos, en 47 de los 62 barrios de la capital más de la mitad de quienes asisten a clases estudian en centros públicos. Pero entre 2011 y 2023 ocurrió algo más: los barrios de mejor contexto, que ya eran los que concentraban mayor proporción de alumnos en privados, fueron también los que más avanzaron en esa dirección.
La distancia, entonces, no solo persiste. En algunos puntos de Montevideo se ensanchó.
A Mariana Pomiés, directora de la consultora Cifra, no le sorprende: “De lo que hemos medido, los sectores de mayor nivel socioeconómico y educativo son los que peor valoran la educación pública”. Esa sola percepción define en parte a dónde deciden matricular a sus hijos. Los que no usan el servicio, son los que más lo critican.
Eso hace que en Carrasco, por ir al caso más extremo, hay oferta de escuelas públicas cuyos bancos los ocupan alumnos que vienen de otros barrios o son hijos de trabajadores de la zona que no residen allí. Lo mismo se observa en Punta Carretas y parte de la costa sureste de la capital.
La percepción de la calidad de la educación pública, en parte viene atada a las habilidades que determinados sectores consideran relevantes para sus hijos: idiomas, a veces una corriente religiosa, el status de sus pares, bachilleratos internacionales en algunas instituciones.
“Por debajo de la calidad educativa empiezan a aparecer las actividades extracurriculares, los deportes. Pero el problema para los padres es cómo evalúan la calidad educativa. Suelen buscar referencias de pares y eso vuelve a los colegios privados bastante endogámicos”, explica la socióloga que dirige Cifra.
El Observador accedió a un adelanto de los datos del próximo informe de los resultados de las pruebas PISA. Y luego del robusto procesamiento estadístico se repite una conclusión: los colegios privados obtienen mejores resultados porque concentran a los adolescentes más favorecidos, pero cuando se controla el nivel socioeconómico no hacen la diferencia. No existe distancia significativa en los desempeños de lectura, matemática o ciencia.
Parte de la explicación es que en Uruguay el sistema es más o menos el mismo: docentes formados de la misma forma, enseñando similar, bajo los mismos programas y con poca autonomía de los centros. Eso sí: logran que sus alumnos permanezcan más tiempo y no se caigan en el camino. Otra vez: es más fácil que desaparezca del aula alguien que tiene que salir a trabajar o un inesperado embarazo adolescente que quien tiene todas las comodidades para asistir.
El boom de una zona olvidada y la baja en el Centro
El centro neurálgico de muchos de los padres que envían a sus hijos a privados no está en el barrio Centro. Es una zona que fue cambiando su población: se fue haciendo más envejecida, con más inmigrantes recientes, menos recursos. Y eso se hizo sentir en la proporción que asiste a colegios.
Algunos históricos como el Seminario (el que reúne más matriculados), Elbio Fernández, José Pedro Varela, o más hacia el Cordón el Juan XXII se nutren de alumnos que no necesariamente residen en el barrio. A veces porque los padres trabajan allí, otras por el vínculo de años.
Es similar a lo que les aconteció a Brazo Oriental o Atahualpa, al borde del Prado, donde solía concentrarse buena parte de la oferta privada.
Lo opuesto le está pasando a Bañados de Carrasco. Era una zona un tanto deshabitada que fue captando inversiones y construcciones de muchos que buscaban espacios con más verde o menor precio del metro cuadrado (incluyendo a hijos de nacidos en Carrasco que buscan casas grandes a precios más económicos que una vivienda ya construida en Carrasco sur). La suba se centra en pocos segmentos censales de un barrio que sigue teniendo muchos espacios verdes y descampados.
Acá puede verse cómo se ve desde los satélites el paso del tiempo en ese barrio de un censo al otro.
Esa migración también vino acompañada de más oferta en la zona del aeropuerto de Carrasco y la costa de Canelones, muy a límite con Montevideo. A la que se suma la oferta ya potente que contaba Carrasco incluso al norte de avenida Italia, los barrios “semi-cerrados” y el escape por Avenida De las Américas.
¿Qué está pasando en Ciudad de la Costa o en la península de Maldonado? Esa respuesta la dejamos para una próxima nota.
Los privados no son solo para los ricos
Primaria no ha recibido aún anuncios de cierres de colegios privados para el inicio lectivo 2027. Por estos días vence el plazo que prevé la norma para dar aviso oficial. Y lo que pasaba en años anteriores era que a esta altura se conocían algunos nombres, muchos de ellos de pocos estudiantes y en barrios de los más variados. La explicación es simple: existe oferta educativa privada en zonas más vulnerables. Son los que sobreviven de donaciones, de congregaciones, los que tiene cuotas bajas o becas totales. Son esos que abrieron a la fuerza algunos docentes jubilados o los que intentaron irrumpir en una zona.
“Hay muchos colegios más vulnerables en Montevideo y el interior que sobreviven con apoyos externos. No son masivos, pero tienen mucho personal y tratan de buscar un vínculo más personalizado con las familias lo que logra retener a los pocos alumnos”, dice Pomiés.
Es la historia misma del comienzo de la educación en esta zona incluso antes de la etapa colonial. Los documentos cuentan que los franciscanos son los primeros que enseñaron en Montevideo en la década de 1740, pero sin una escuela. Casi enseguida comienzan los jesuitas y se convierten en la primera potencia de escuelas en la capital.
Pero en Maestros y escuelas en el fin del mundo —el reciente libro del exministro de Educación, Pablo Da Silveira— aparecen unos actores “olvidados”: los maestros independientes privados.
Hubo al menos 80 previo a la colonia. A veces usaban una habitación de su casa y cobraban. Los cabildos los habilitaban bajo el compromiso de que permitieran la gratuidad para algunos de sus alumnos.
Fructuoso Rivera en la zona que hoy es Peñarol, Juan Antonio Lavalleja en lo que ahora es Minas, Joaquín Suárez en la capital de Canelones y Manuel Oribe dentro de las murallas —todos de orígenes distintos— hicieron sus primeras letras con maestros privados.
Las murallas de la ciudad no existen más. Las mujeres accedieron a la educación. Hubo reformas de la enseñanza y estatización. Creció la población. Ahora cayó sobre todo en los primeros años de escolarización. Pero, sobre todo, la sociedad edificó murallas invisibles a la hora de estudiar. Y esto —lo ha puesto en agenda el Ineed— excede a la dicotomía de centros públicos versus privados… también se da entre públicos de distintos contextos.
¿Cómo se hizo el análisis?
Para esta nota fueron procesados los microdatos de los censos 2011 y 2023 (estos últimos con los ponderadores incorporados en 2026).
Se tomaron en cuenta a los niños y adolescentes de 4 a 17 años (edad de cursar la educación obligatoria) según su departamento, barrio, localidad y segmento censal de residencia. Es decir: los mapas muestran dónde vive la persona y no dónde queda el centro de enseñanza.
Para medir la proporcionalidad se excluyeron aquellos casos de quienes dicen no asistir a un centro educativo.
El Observador realizó el estudio con la colaboración de Juan Ignacio Pintos.