7 de febrero 2015 - 20:25hs

El uruguayo Raúl Rosende está a cargo de la coordinación humanitaria de la ONU en Siria y vive la mitad del tiempo en Damasco y la otra mitad en el sur de Turquía, ya que desde allí es más fácil acceder a los campos de desplazados, en el norte sirio.

Además de estar en la acción cuando se trata de llevar víveres o medicamentos a los necesitados que escapan de la guerra o se encuentran cercados por los combates, su tarea implica una ardua etapa de negociación para poder acceder a las zonas en conflicto sin ser atacados por cualquiera de los bandos que estén disputando el control del terreno. No llegó a conversar con el presidente sirio Bachar al Asad, pero sí con su ministro de Exteriores, Walid al Mualem, y con altos comandantes del ejército del gobierno y de los rebeldes. En diálogo con El Observador explicó que la parte más dura es lograr la autorización de entrar a la zona donde hay necesidades, aunque una vez conseguido el visto bueno, la llegada al lugar puede significar atravesar hostilidades como disparos o emboscadas.

¿Cómo se acostumbra un uruguayo a manejarse en esas realidades tan lejanas a las costumbres de estas latutudes?
He estado 24 años en este tipo de contextos. Mi primer lugar fue Nicaragua en principios de la década de 1990, en una época que el conflicto en Centroamérica era muy visible. Al llegar a la zona de conflicto es un impacto grande, pero poco a poco uno se va acostumbrando. Además de Centraoamérica estuve en Colombia y en los últimos seis años he estado en Medio Oriente: Afganistán, Jerusalén, Yemen y ahora en Siria y el sur de Turquía.

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¿Qué comparaciones puede hacer entre los conflictos de Medio Oriente y los demás conflictos en los que estuvo?
En Centroamérica o Colombia los conflictos son, claramente, entre gobiernos y una guerrilla. Generalmente es un gobierno que quiere perpetuarse en el poder, con el respaldo de la élite económica y de poder, frente a una guerrilla de izquierda que confrontaba ese poder. Cada conflicto en Medio Oriente es mucho más anárquicos y en lugar de tener dos actores definidos hay una enorme multiplicidad de grupos. Además, la agenda de cada conflicto no solo tiene componentes políticos y la disputa del poder, sino que hay agendas religiosas o sectarias que llevan a distintos enfrentamientos entrecruzados.

¿Cuál es su trabajo diario como máxima autoridad de la ONU para la ayuda humanitaria en Siria?
La ONU tiene dos grandes andariveles. Uno es el de mediar políticamente y otra es la ayuda humanitaria propiamente dicha. Para encontrar una salida negociada del conflicto hay gestiones muy fuertes para tratar de poner de acuerdo al gobierno con los grupos más moderados de la oposición. En cuanto a la ayuda tenemos que analizar correctamente a dónde enviarla, cómo hacerla llegar y asegurarnos de que llegue a quien tiene las necesidades. Mientras la guerra no para, la gente sufre, la economía está en ruinas, los puestos de trabajo desaparecen y el 70% de la población está por debajo de la línea de pobreza. Se calcula que el PIB de Siria ha retrocedido 40 años. Pero también tenemos que negociar ceses al fuego para poder entrar a las zonas en conflicto con los camiones y los helicópteros sin que sean atacados.

¿Luego de las negociaciones, son respetados cuando entran a la zona crítica?
En general nos respetan. A la ONU se la respeta y cuando va la ayuda, generalmente se la respeta. El problema es que, a veces, directamente dicen que no podemos entrar. Estas negativas llegan tanto del gobierno como de los rebeldes. Cuando entramos los rebeldes no son hostiles pero en algunas oportunidades lo que intentan hacer es manipular la ayuda. La mayoría de las veces la ayuda humanitaria es un bien preciado porque es comida como para un mes y medicinas para más tiempo. Por eso, también una gran parte de nuestro trabajo es asegurar que la ayuda llegue a donde tiene que llegar.

¿Cuáles son las peores situaciones?
Las áreas cercadas. Hay zonas, pueblos o algunos barrios en Damasco que están rodeados por fuerzas militares, fundamentalmente por el ejército, debido a sospechas de que hay opositores. Entonces, hay población civil adentro que no puede salir, que a veces es blanco de cañoneos y a donde la ayuda humanitaria rara vez puede ingresar. La gente allí vive en condiciones terribles.

¿Cuáles son esas condiciones terribles?
Para hacerse una idea habría que imaginarse a la Cuidad Vieja cercada por un ejército. Con la imposibilidad de salir, con disparos en contra y sin que pueda entrar agua ni comida. Y eso durante meses. Algunos construyen túneles para escaparse pero la mayoría son detectados.

¿Qué situación de riesgo vivió que recuerde particularmente?
En u barrrio cercado en la ciudad de Homs, la tercera de Siria. Fue en la ciudad vieja, con 2.000 años de antigüedad, transformada en escenario de guerra. La oposición se metió ahí y el gobierno la rodeó por dos años. En ese tiempo negociamos con el gobierno y al final logramos montar un operativo para sacar a 1.500 civiles. La gente salía desesperada, en racimos. Niños y mujeres, desnutridos, en harapos, fue terrible. Pero después que nos dejaron entrar nos dispararon y vivimos una situación de mucho riesgo. No podemos saber exactamente de qué bando fue que nos dispararon, pero seguramente desde filas del Ejército sirio. A veces te disparan y no lo sentís. Una vez fuimos de Alepo a Damasco y pasamos por varias zonas de conflicto. Al otro día, el chofer estaba lavando el vehículo y encontró una bala de Kalashnikov incrustada en la coraza, en el techo.

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