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“El humor es la mejor manera de decir las cosas que nadie quiere escuchar”

Entre golpes y alabanzas en las redes, el humorista y conductor Fito Galli se mete en los temas que le importa poner sobre la mesa 

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18 de julio de 2020 a las 05:02

"Y ya que estamos, te muestro el barco de mi padre”. Fito levanta la tapa de madera, deja un dedo marcado en el polvo y se queda un segundo colgado de la inscripción: “Libertad - 197…”. La artesanía, colocada entre dos juegos de ajedrez de piedra, domina la sala de estar. Y es imposible no reparar en él. Los ojos no van a los cuadros, a las flores blancas, a la cruz de madera enorme, a los ruidos de olla que llegan desde la cocina, a un número de Caras & Caretas con el rostro de Pablo Bartol, ni al gato negro que se esconde bajo la mesa. Van al barco. “Lo hizo cuando cayó preso en el Penal de Libertad. Con fósforos que le alcanzaba el carcelero. Tenían un buen vínculo. Cuando salió y lo fuimos a buscar, lo colocó ahí. Y ahí sigue”.

El padre de Marcelo “Fito” Galli aparecerá un par de veces más en la entrevista. Primero, cuando recuerde las reuniones clandestinas de los tupamaros en ese mismo estar; después, cuando le adjudique los valores que hoy, a los 50 años, dice que todavía lleva como bandera. Son esos valores, repite, los que le hicieron elevar la voz cuando una conferencia presidencial coincidía con la Marcha del Silencio. Fueron esos valores los que lo hicieron explotar de indignación al aire mientras comentaba la noticia del abuso y femicidio de una menor en Rivera.

Fito no se calla. No lo hizo en todos los años que pasó sobre el escenario, tampoco en la carrera que construyó junto a su amigo Petru Valensky, y menos ahora, que hace más de 10 años tiene su lugar asegurado en la grilla de VTV –conduce, hoy, el programa Día a día–. Tampoco se queda quieto. Cuenta que el tiempo libre que tuvo por la cuarentena lo dedicó a arreglar la vereda. Sacó los implementos, hizo la mezcla, organizó a los vecinos y se puso a trabajar.

Y tampoco para de sonreír. Tiene la mueca como implantada en el rostro. Y por eso cuando habla tiende siempre hacia el humor, incluso en temas serios. Dice que lo ayuda, que lo saca de apuros. Así y todo, de vez en cuando la tormenta de las redes sociales se desata sobre su cabeza. Lo insultan, lo violentan. Muestra su perfil de Instagram y las notificaciones se desbordan. Pero está tranquilo; por cada 1.000 censores, hay 5.000 que lo defienden. Y así va. Confiando en su criterio, en los valores de su familia, hablando de todo, sin callarse nada.

Esta semana reabre El Galpón, pero los teatros demoraron y están demorando mucho más en abrir que otros lugares. Como artista, ¿cómo lo hace sentir?

Mal. ¿Puedo sentarme al lado de un desconocido en un ómnibus y tengo que estar a seis butacas de otra persona en el teatro? Es raro. Hace algunos días el ministro (Daniel) Salinas dijo que el teatro no había sido proactivo a la hora de presentar un protocolo, y el teatro en realidad lo había presentado hace dos meses. La burocracia en Uruguay nos mata. La pandemia es una situación muy especial que obligó a tomar decisiones rápidas, algo que al uruguayo no le gusta. A nosotros nos gusta la calma, la tranquilidad.

¿Cree que la demora está relacionada con que la cultura es siempre el último orejón del tarro?

Para el ser humano común, y por lo tanto los uruguayos, y por lo tanto a los políticos que son un reflejo de los uruguayos, el arte nunca es importante. Cuando falta, sí lo es. Como ahora, que todo el mundo dice que necesita esparcimiento y diversión.

La politización de la cultura, si existe, ¿puede tener algo que ver?

El sistema político uruguayo y los comunicadores, la prensa y los artistas viven en una realidad, y el resto de la gente vive en otra. Y lo mismo pasa con la politización de la cultura: ¿a quién le puede importar si Gustaf o Petru Valensky, por poner ejemplos al azar, votan al Frente o a los blancos? A mí me va a ver gente de izquierda y derecha, en la televisión me sigue gente de izquierda y derecha. Y me han puesto en todos los partidos posibles.

Justamente, trabajó con Beatriz Argimón y son muy amigos. ¿Alguna vez temió que esa relación le jugara en contra?

Que la gente me ponga donde quiera. Por acompañar a Beatriz a la asunción, por ejemplo, recibí a través de las redes los insultos más grandes que te puedas imaginar de la gente de izquierda. Al mes, se hizo viral lo que dije sobre la marcha por los desaparecidos y la gente de derecha descargó todo su odio. Me han pegado de todos lados y puesto en todos los partidos. Pero yo nunca miré el color de la gente. Tampoco cuando trabajaba en la bancada femenina del Parlamento.

¿Cómo maneja esa violencia que le llega por las redes?

Soy humano. Me caliento y me duele. Y me molesta. El tema es que no puedo responder como Marcelo Galli, tengo que hacerlo como Fito. Así que, más allá de alguno al que le pongo “no entendiste nada”, prefiero no responder. Internamente tengo las mismas ganas de putear que tendría cualquiera. Prefiero bloquear. La gente está muy enojada.

En las redes se ve una imagen bastante diferente de ese bajo perfil del que nos gusta presumir.

Es que el uruguayo es hipócrita. Nuestras leyes son de un país de primer mundo. Tenemos nivel. Ahora, no quiere decir que todo eso lo tengamos interiorizado como sociedad. Nuestro discurso de solidaridad, democracia, hermandad y respeto es fantástico, pero en la vida real no es tan así. Vos podés decir y con razón que Uruguay es un país friendly, que no discrimina. Pero andá a un shopping y fijate si te atiende un negro, un discapacitado, un enano, un travesti. O mirá en los medios. Porque así como tenemos incorporado el machismo, también tenemos incorporado el racismo y la discriminación. Nos criamos con eso. Y por eso cuesta cambiarlo. Cuando surgió aquella campaña de “trabajar como un negro”, con el negro Rada coincidíamos en que está claro que nadie le iba a decir “el afrodescendiente Rada”, pero es una manera de poner el tema en la mesa. De que se hable. Se hizo para eso. Porque naturalizar y cambiar esas cosas lleva mucho tiempo.

¿Cree sin embargo que estamos en el camino correcto?

Absolutamente. Estamos a años luz. Hay otra visibilidad, otra aceptación, hay un montón de leyes. Sí, se avanza. Pero no hay que dejar de poner los temas en la mesa. Te pongo un ejemplo: la ley de cuota femenina. Para mí no está bien que las mujeres por ser mujeres tengan una cuota, o que los hombres por serlo también la tengan. No. Se tendría que dar naturalmente que cualquier persona, hombre o mujer, pudiera llegar a lo mismo. Pero como no se da, en este momento histórico es importante tener esa ley, que rompa los huevos, y que haga que todos intenten tener representación femenina. Hoy la necesitamos para que tener mujeres en esos puestos pase a ser natural y la ley ya no tenga razón de ser.

Lo de la “naturalización” se vincula con lo que dijo sobre el abuso, en otro de los videos que se viralizó.

Sí, dije que hasta que como sociedad no nos aceptemos como abusadores o perpetuadores del abuso, nunca vamos a poder cambiar. Porque si vos no sabés que estás equivocado en algo, no podés cambiar. Eso no quiere decir que todos seamos abusadores

Que fue por lo que muchos le pegaron en las redes.

Los que saltaron son los que no entienden nada. No entienden que todos somos parte de una sociedad que creó a esos monstruos.

¿En ese terreno también cree que hemos mejorado?

Sí. Hoy hay un montón de gente que empieza a ver raro que gente adulta tenga relaciones con menores. Hace 10 años, no lo veían así. Por lo menos empiezan a entender que eso no es normal. Lo ves también en las denuncias de violencia de género. No aumentaron los casos, aumentaron las denuncias y eso es bueno. Este tema es como un iceberg: si hay 10 denuncias, hay 20 que no lo contaron. Hay que acortar esa distancia. Incluso en los casos de abusos de menores, donde el 30% o más de los chicos en esas situaciones no lo dicen porque no ven el abuso como algo malo, porque el adulto que lo crio en ese entorno lo manipuló para que lo entienda así. Es muy fuerte. Y como decía hoy en el programa: no son extraterrestres, no son extranjeros que llegaron al país, son uruguayos de 30 o 40 años los que están haciendo esas cosas. Los creamos nosotros. Hay que sentirse culpable. Si no, nunca vamos a poder cambiar.

¿De dónde viene ese ímpetu de decir las cosas sin temor a los ataques que, está probado, llegan?

De la formación que traigo desde mi casa. Acá (señala la pared) en la mitad había un cuadro con la cara de Che y una carta que les escribió a sus hijos, que decía que ser pleno es ser capaz de sentir en lo más profundo del alma las injusticias cometidas contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Eso me quedó grabado. Hoy se diría que es la empatía, el poder ponerse en el lugar del otro, y yo me crie con eso.

Fue catequista, creció dentro de una parroquia. ¿Qué lugar tiene la religión en su vida?

Hoy no soy religioso ni creyente. Creo que existen cosas que pueden unirnos y que cada uno las llame como quiera. Dios, Pachamama, lo que sea. Todos hablamos más o menos de lo mismo: del valor de la humanidad como conjunto. De devolverle a la sociedad lo que la sociedad te da. Y a mí me ha dado muchísimo. Estoy laburando en mi propio país, tranquilo, sin tener padrinos, familia adinerada, políticos que coimearon por mí, herencias o artistas en la familia que me hayan dado su apellido. ¿Cómo no voy a devolverle a la sociedad todo el cariño y el amor que me dio?

¿El humor es su principal religión?

Sí, lo incorporé desde el principio. La gente tímida, además, utiliza el humor como herramienta. Es fantástico para salir del paso. Pero también es la herramienta más grande que tiene el artista para llegar a la gente, porque rompe todas las barreras y defensas. Es una herramienta brutal de transformación y la mejor manera de decir las cosas que nadie quiere escuchar.

¿En algún momento lo salvó?

En muchas situaciones. A mí y a otros, porque es un juego de dar y recibir. Una vez una mujer me dijo: “Estaba macerando las pastillas en whisky, y no las tomé porque justo te estaba mirando”. Cuando lo comenté después en el laburo me hicieron ver que la mujer me estaba diciendo que se quería suicidar, y no supe cómo reaccionar. También, hubo otra vez que un tipo de Tacuarembó nos mandó un mail diciendo que gracias a las hermanas Coito –los personajes del programa 2 por Noche– cambió su relación con los travestis de su pueblo. Al mes, una mujer nos contó más o menos lo mismo, y terminó resultando que eran marido y mujer. A ese nivel se había dado la trasformación.

¿Siente que sus personajes ayudaron a descomprimir esos temas en la sociedad uruguaya?

Creo que todos aportamos. Cada uno a su manera. Petru y yo, pero también Kanela cuando se vino a Montevideo y peleó contra viento y marea, o hasta Cacho de la Cruz haciendo de Chichita en la tele. O (Sergio) Puglia casándose con un hombre. O el relator Martín Rodríguez diciendo que es gay. O Abigail Pereira. Todos somos parte de la transformación. Y cada uno le llega a gente distinta. Los cambios sociales son muy lentos, pero es muy importante la visibilidad. Yo no me considero gay, no me considero nada o me considero sexual, pero hoy quiero que se pongan estos temas en la mesa. No estoy de acuerdo con el matrimonio en su totalidad, pero peleé por el igualitario. Porque si los heterosexuales se pueden casar, todos deberían poder hacerlo. En ese momento histórico, estas son las cosas que hay que pelear.

Ya que lo menciona, hace algunas semanas Puglia dijo que el movimiento LGTB se dejó usar políticamente por la izquierda y que era algo que no iba a perdonar. ¿Está de acuerdo?

No tengo banderas políticas en estos temas. Y estoy seguro de que muchas leyes que defienden los colectivos fueron votadas también por blancos y colorados. El matrimonio igualitario salió de la bancada femenina, que tenía gente de todos los partidos. Todo el color que le quieran poner está bien, pero no es así. No siento que se haya politizado la lucha de los colectivos.

Volviendo al humor, hace algunas semanas volvieron las Coito, después de muchos años. Esta vez en vivos de Instagram. ¿Cómo es tener un socio, en su caso Petru Valensky, durante tanto tiempo?

Es mágico. Él es mágico. Entra a un lugar y a la gente se le pinta una sonrisa antes de que hable. Un secreto para poder trabajar tan bien es no mimetizarnos. Él se divierte con lo que hago y yo con lo que hace él, pero ninguno pretende imitar al otro porque somos distintos. Y la verdadera diversidad tiene que ver con eso, con poder disfrutar de que el otro sea distinto.

En las últimas semanas se habló mucho de los límites del humor. ¿De qué lado está?

Es difícil hablar, verbalizar o analizar algo que no tiene explicación. El día que alguien me pueda explicar por qué se ríe, ahí podremos hablar de límites. El humor es incontrolable, se contagia, es como el bostezo. Eso sí: el mayor error en el que puede caer un humorista es en no hacer reír. De repente hay cosas que yo podía decir hace diez años, que ahora si las hago no se ríe nadie. Y es el mismo chiste, pero cambió el contexto. Los límites del humor, en tal caso, son los del propio humorista, lo que a esa persona le parezca que puede causar gracia o no. A mí no me causa gracia reírme de la desgracia ajena, y creo que hacer humor es algo muy serio. No tengo necesidad de mencionar al  judío, al gallego, al negro, al gay o a quien sea para hacer reír. Puedo hacer el mismo chiste sin caracterizar a un grupo de gente.

¿Quiénes fueron sus referentes en el rubro?

Me inclino por (Antonio) Gasalla, por eso de no esconder que estás jugando a ser alguien que, a su vez, juega a ser alguien más. Es un humor de café concert que me marcó. Pero también me marcó, por ejemplo, Les Luthiers. Humor intelectual, sin mover un pelo. Y además, claro, la compañía Italia Fausta. Allí se manejaba al humor como un arma. Además ligué, porque tuve compañeros como Petru, pero también docentes que a su vez eran alumnos de Margarita Xirgú. Allí siempre me llevé bien con el teatro formal, algo con lo que no se me asocia. No me llevaba bien con la comedia más progre, que además era donde estaba toda a juventud. Siempre digo que para saber subirme a esos tacos de mujer antes tuve que aprender verso español, tragedia griega. Para hacer un personaje que camina torcido, tenés que saber hacer el que camina derecho.

En la televisión hoy tiene un rol bastante diferente a lo que pasaba sobre las tablas. ¿Allí también se ve como un artista?

Para mí la televisión es salir al escenario. Es más, hago calentamiento físico antes de salir al aire, porque tengo que tener el cuerpo despierto. Subo a actuar, pero subo sin personajes. Y hablo en primera persona.

¿Le queda algún pendiente en televisión?

Sí, hacer plata. Mucha plata. Para poder hacer mi propio programa.

¿Cómo sería ese programa?

No tengo idea. Pero con humor y actualidad. Algo así como las Coito, pero bien producido. Pero cuando digo plata, me refiero a la cantidad suficiente para poder dedicarme exclusivamente a eso. A que salga de ahí y no tenga que entrar a los cinco minutos en otro trabajo, como ahora. Poder pensarlo con tiempo, tener un equipo de producción que gane bien. O sea, plata en serio. Un imposible. Pero por ahora vengo bien. Nunca aspiré llegar a la televisión, nunca pensé en ser un primer actor de una compañía. Todo ha superado mis sueños. Entonces, ¿por qué voy a tener pendientes? 

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