13 de julio de 2012 19:21 hs

Cuando los chanchos vuelen parte de una buena premisa para una comedia satírica: colocar un elemento foráneo en un contexto adverso. A partir de allí, la historia o bien es una tragedia o bien se transforma, por su lado más ridículo y jocoso, en una comedia. Si a un cocinero le tiran una botella de agua en una sartén de aceite hirviendo o se quema la cara de una llamarada y pierde la visión, o su cara queda negra como en los dibujitos y al espectador no le queda otra opción que largar una risotada.

En este caso, es un cerdo el que aparece dentro de la red de Jaafar, un pescador palestino que vive en Gaza y que usualmente atrapa zapatos flotando en el Mediterráneo. En este punto inicial, vale la pena hacer una breve explicación: al director de la película, el francés Sylvain Estibal, exeditor de fotografía de la agencia France Press en Montevideo, se le ocurrió la idea del cerdo flotando en medio del mar cuando fue a fotografiar un embarque de ganado al puerto y le contaron la historia del hundimiento de un barco con animales frente a las costas del Líbano.

En la película nunca se hace referencia al origen del cerdo, y está bien, porque no es necesario. Como un especie de McGuffin semita, el cerdo genera una verdadera conmoción en el hogar de Jaafar, luego de la reacción inicial de buen musulmán de gritar y aterrorizarse ante un animal sucio e impuro, como reza el Corán.

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Jaafar cree que esta es una señal divina y que su desgracia no puede ser peor. Primero intenta matar al animal con una metralleta pero fracasa estrepitosamente.

Otro gran toque de comedia lo pone la construcción del personaje de Jaafar quien, ante la acuciante realidad de su deprimida pesca, decide sacarle rédito económico al chancho.

Sin saber cómo resolver el problema, Jaafar se encuentra de casualidad con su salvación: una granjera judía, Yelena, que le quiere comprar semen para preñar a sus cerdas que viven en el kibbutz cercano. Más allá de los cultos, los credos y las sagradas leyes escritas, Jaafar tiene que llevar el pan a su esposa y a sí mismo.

La necesidad también tiene su doble lado: o genera lástima, como en el neorrealismo italiano, o genera simpatía, como en este caso.

La escena en la que Jaafar monta el operativo para conseguir preciado tarrito de semen del cerdo es uno de los puntos más altos del filme: el pescador se calza unos guantes de goma hasta el codo y pega unas fotos de chanchas para que el animal se inspire.

Este particular comercio comienza mal, porque la primera muestra no llega a destino. Un guardia de la frontera israelí intercepta al pescador, le confisca el frasco y se toma el contenido, creyendo que es un remedio para el dolor de espaldas.

Cuando efectivamente Jaafar logra cobrar por el semen que la entrega a Yelena a través del alambrado que divide los territorios palestino y judío, su vida empieza a cambiar: le compra un vestido a su mujer y perfume. La vida le sonríe y la gallina de los huevos de oro tiene cuatro patas y piel rosácea. Jaafar decide llevar al chancho a su casa y esconderlo en la bañera. Su mujer lo encuentra y provoca el grito más sonoro de toda la película. Un cerdo en la casa de un musulmán es pecado.

La delicadeza de Jaafar –una soberbia actuación del actor judío Sasson Gabai– al envolverle las patas al chancho porque no puede pisar suelo israelí, remata con una risa una costumbre cultural semítica que acerca a musulmanes y judíos: según los libros Levítico y el Deuterónimio del Antiguo Testamento, el cerdo también es un animal impuro.

A partir de ese eje de simetría, Cuando los chanchos vuelen se mantiene como una comedia ingeniosa, que toca temas escabrosos con ironía y con pinceladas de realismo.

La situación pega un viraje cuando Jaafar se entera de que Yelena cría cerdos porque estos animales son buenos olfateando explosivos de posibles atentados terroristas.

Su intercambio con la granjera entonces toma tintes de traición. La religión podrá no ser tan importante para Jaafar, pero la patria palestina es otro tema. Un grupo integrista islámico lo recluta como hombre bomba suicida. Por un instante, la dureza de la realidad de Gaza se cuela por la ventana de esta comedia, pero el dramatismo de la trama se diluye pronto cuando Jaafar filma su cómico testimonio de reivindicación del futuro atentado (que, claro está, nunca se llevará a cabo, aunque su eventual realización le hubiese dado al filme un peso dramático sorpresivo formidable).

Lamentablemente, la historia de Estibal decide ir por otro lado y mantener un tono más liviano. De la nada, la escena final muestra a unos jóvenes judíos y palestinos, más otros personajes de la película bailando breakdance en un círculo de armonía que no es coherente, ni con el resto del argumento ni con el presente. Una lástima ese broche para una buena película.

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