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¿Por qué mataron a John Lennon? Un repaso de su asesinato, 40 años después

El músico, lleno de contradicciones pero también de rebeldía, fue asesinado hace cuatro décadas simplemente por ser quien era

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06 de diciembre de 2020 a las 05:00

John Lennon murió por ser John Lennon. Mark David Chapman le tiró cinco veces porque estaba enojado con sus letras, con sus declaraciones, con su forma de ser. Con que predicara un mundo sin posesiones materiales mientras vivía en un edificio lujoso de Nueva York y era multimillonario. Con que dijera que no creía en Dios ni en los Beatles, aunque se hubiera hecho famoso gracias a la banda. Eso dijo al principio. Ahora, cuando la justicia estadounidense le negó la libertad condicional por onceava vez, dijo que lo hizo porque el artista era “muy famoso” y el quería “gloria personal”.

Chapman estaba – está -  loco, y le disparó porque Lennon “sabía dónde iban los patos en invierno”, una referencia a la obsesión del protagonista de la novela El guardían entre el centeno, Holden Caufield, del que creía ser una especie de avatar. Caufield pasa toda la novela preocupado por los patos del Central Park, que está frente al Dakota, el edificio donde Lennon vivía, donde murió, y donde sigue residiendo su viuda, Yoko Ono. El asesino compró un ejemplar antes del ataque, le escribió “esta es mi declaración”, y se lo puso a leer, sentado en la vereda, mientras esperaba que vinieran a arrestarlo. Unos metros más allá, el músico vivía sus últimos veinticinco minutos de vida en brazos de su esposa.

Chapman odiaba a Lennon. Era también su fan. Lennon abogaba por la paz, pero tuvo una muerte violenta. Un par de contradicciones en una vida llena de ellas, y un evento que terminó de cimentar al músico como un ícono cultural, y también como un símbolo de paz y libertad.

John Lennon nunca estuvo en Praga, la capital de República Checa. Sin embargo, ante su muerte, un artista anónimo fue hasta un muro de la ciudad y lo dibujó, con algunas letras de sus canciones. Durante el correr de la década de 1980, esa pared se convirtió en un espacio donde la juventud checa podía escribir sus mensajes contra el gobierno comunista, y hoy por hoy es uno de los símbolos de la ciudad, aunque el Lennon original está tapado por capas y capas de graffitis, pintadas y mensajes.

Lennon tampoco estuvo en La Habana. Sin embargo, un parque de la ciudad lleva su nombre, y en uno de sus bancos hay una estatua acompañada por una frase de Imagine, un reconocimiento a un artista cuyas canciones estuvieron prohibidas en la isla durante dos décadas.

Esos son apenas dos ejemplos del salto que la figura de Lennon, que si viviera habría cumplido 80 en 2020, tuvo luego de su asesinato ocurrido hace 40 años.  

John Lennon murió por ser John Lennon. Por decir lo que pensaba aunque no fuera cómodo. Por actuar como lo hacía, con impetuosidad y en varios casos, con agresividad, uno de los tantos recursos de defensa ante una vida, y sobre todo una infancia marcada por el abandono. En 1966, hizo la famosa declaración “Ahora somos más populares que Jesús, no sé que va a desaparecer primero, si el rock and roll o el cristianismo”. Una frase dicha a un diario inglés, que no provocó nada en su país natal, pero que encendió a parte del público en Estados Unidos, en particular, en los conservadores estados sureños.

El Ku Klux Klan organizó protestas y uno de sus integrantes amenazó en televisión a la banda. Durante un show en la ciudad de Memphis, alguien tiró un fuego artificial, y le cortó la respiración por un momento al cuarteto. Ringo, Paul y George miraron enseguida a John. Si le había disparado a alguien, iba a ser a él.

El beatle

Incluso antes de morir y ascender a un rol de ícono, John Lennon ya era el más popular de los cuatro Beatles, la banda de la que en los primeros años fue el líder más o menos indiscutido, hasta que Brian Epstein se convirtió en el mánager, y la música se repartió de forma más equitativa con Paul McCartney.

Lennon odiaba ser un Beatle incluso cuando era un Beatle. Mejor dicho, odiaba la Beatlemanía, algo que a sus correligionarios tampoco les caía muy en gracia. En los registros de los shows en vivo, se ve y se escucha a John gritando frases sin sentido solo para que el público incremente el volumen de sus constantes alaridos, y también se lo ve haciendo gestos imitando a personas discapacitadas. Apenas una de las “gracias” de un hombre que también tuvo en su vida acciones violentas y machistas, desde canciones como Run for your life hasta la confesión, en su última entrevista en vida, de haber agredido a mujeres, incluyendo a su primera esposa, Cynthia.

“Por eso siempre estoy hablando sobre la paz, ¿sabes? La gente más violenta es la que siempre busca la paz y el amor”, le dijo en ese momento a la revista Playboy.

Los Beatles lo convirtieron en la figura que fue en los diez años desde la disolución oficial del grupo y su muerte, pero fueron años en los que renegó de ellos y de todo lo que representaban. I don't believe in Beatles I just believe in me Yoko and me (“no creo en los Beatles, solo creo en mí, en Yoko y en mi”) cantaba en God, una de sus primeras canciones posteriores a la disolución de los Fab Four.

Aunque siguió tocando y colaborando con Harrison y Starr, la distancia y el tiempo de reconciliación con McCartney fue mayor, aunque al momento de su muerte, la relación con su principal socio compositivo estaba, si bien no al mismo nivel que ataño, recompuesta en buena medida. Durante los años 1970 amagaron incluso con juntarse en el estudio (Lennon estuvo cerca de participar de la grabación de Venus & Mars, de Wings, la banda liderada por McCartney), e incluso se plantearon volver a juntar a la banda para cumplir una apuesta del programa televisivo Saturday Night Live, aunque al final no ocurrió.

Working class hero

Para ser un músico que cantaba que lo ideal era ser un “working class hero”, lo cierto es que Lennon no era demasiado “working class”, incluso antes de ser un multimillonario gracias a su labor creativa. Hijo de un marino mercante que se desentendió de su familia y de una madre ausente, John (por su abuelo) Winston (por Churchill) fue criado por su tía, Mimi, la hermana de su madre, en una existencia de estricta clase media, mucho más acomodada que la de sus compañeros de banda, que si eran de extracción obrera, con padres trabajadores y vidas sencillas, sin penurias ni necesidades pero sin demasiada holgura económica.

Pero sin dudas siempre buscó mostrarse cercano a lo popular. Sus célebres lentes redondos, por ejemplo, eran los que proporcionaba la salud pública británica a sus usuarios. Los usó como parte del vestuario de su papel en la película How I won the war, que filmó cuando aún era un Beatle, y luego pasaron a formar parte de su identidad. Le gustaba “el aspecto de abuelita” que le daban.

De niño fue boy scout y cantó en un coro de iglesia, una imagen bastante lejana a la que terminaría adoptando años después. Fue el único del cuarteto en ir a la universidad, aunque lo terminaron echando en su último año, cuando ya estaba metido de lleno en el mundo del rock y ya se había convertido en el rebelde que luego fue.

Aunque nunca fue muy proletario ni muy pacífico, esos son algunos de los valores que terminó encarnando. Y también los de la actitud rock. Rockstar por excelencia, con excesos y abusos repartidos a lo largo de su vida pero concentrados sobre todo en el “fin de semana perdido”, como se conoce a los dos años que pasó entre 1973 y 1975 separado de Ono, bebiendo y drogándose a más no poder, haciendo desmanes por Los Ángeles y cruzándose con Mick Jagger, David Bowie, George Harrison, Ringo Starr y Elton John.  

Lennon amaba y vivía por el rock. Fan acérrimo de los pioneros del género como Chuck Berry y Fats Domino, tuvo su etapa Avant garde de la mano de Yoko Ono, pero siempre le fue mejor cuando estuvo más cerca de las raíces del género. De hecho, su último disco solista fue Rock n roll, una recopilación de clásicos del género. Cinco años después vino Double Fantasy, firmado junto a su esposa, el último álbum que publicó en vida.

De hecho, el día de su muerte, le firmó un ejemplar a Chapman cuando salía junto a Yoko rumbo al estudio, para grabar lo que luego sería el disco póstumo Milk and honey. John Lennon murió por ser John Lennon. Porque le gustaba acercarse a los fanáticos que lo esperaban en la puerta de su casa, saludarlos, firmarles autógrafos, dejarse fotografiar. No esperaba a los taxis o limusinas adentro del Dakota, sino que iba caminando a la calle.

“¿Querés algo más?”, le preguntó Lennon a Chapman después de la firma. “No, no señor”, le respondió el hombre que algunas horas después, cuando Ono y Lennon volvieron del estudio, saludó a la futura viuda, los dejó pasar, sacó un revólver y disparó cinco veces.

Una bala fue a parar a un vidrio del Dakota. Las otras cuatro le dieron en la espalda a Lennon, que tiró los casetes que llevaba en la mano, caminó cinco pasos, y dijo “me dispararon” antes de caer.

La muerte de Lennon sacudió al mundo, provocó infinidad de homenajes (hasta una canción de Ruben Rada), y terminó de convertir a un provocador popular en estampa de remera, pero también en una de las figuras de mármol de la historia de la cultura occidental. Y dejó también una sensación de injusticia. De una muerte que fue “porque si”. De que a John Lennon lo mataron, simplemente, por ser John Lennon.

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