Floribeth Mora administra una empresa y su esposo Edwin Arce tiene una tienda de repuestos. Viven en Dulce Nombre de Cartago, un pueblito del centro de Costa Rica, y en abril de 2011 a ella le diagnosticaron un aneurisma cerebral por el que no viviría más de un mes.
Con la fe que le transmitieron sus padres, “Flori” rezó para que Juan Pablo II intercediera ante Dios y la escuchara. El 1º de mayo de 2011, cuando beatificaban al papa viajero, sintió que su voz la animaba a levantarse. Se curó y no hay rastros del aneurisma. Todos los estudios que se le practicaron posteriormente evidenciaron que está sana y los médicos admitieron que no pueden explicar nada. El día en que se conoció que Juan XXIII y Juan Pablo II serán declarados santos el 27 de abril de 2014, Floribeth habló con El Observador.
¿Cómo fue su curación? ¿Rezaba con fe o por descarte?
Siempre tuve mucha fe, por supuesto que pedía la intercesión a Juan Pablo II porque él está más cerca de Dios que yo. Porque, como pecadores que somos, siempre buscamos un santo que interceda por nosotros para que Dios escuche nuestras súplicas en los momentos más críticos de nuestra vida.
¿Le rezaba a Juan Pablo II por algo en especial?
Siempre lo admiré. Cuando vino a Costa Rica yo tenía 20 años y él era una persona que transmitía algo diferente. Siempre lo consideré un santo –no solo ahora que va a ser canonizado–, humilde, siempre batallando por la paz del mundo, los pobres, los niños, los jóvenes. Él se ganó mi admiración porque es el papa del siglo, el papa de cuando yo era joven.
¿Le empezó a rezar desde el principio de su enfermedad?
Por supuesto que sí: cuando caigo en este estado bastante fuerte de enfermedad pedía la intercesión de Juan Pablo II porque estaba asustada, no sabía cómo era posible que me estuviera sucediendo eso, no entendía lo que pasaba conmigo, de ser una persona sana a sufrir un impacto cerebral tan severo. No comprendía y, sin embargo, siempre le pedía a Dios que me ayudara, a Juan Pablo II para que intercediera por mí, para que Dios escuchara mis palabras y clamores en mi momento de dolor.
¿Cómo sintió la curación?
En el momento en que escuché esa voz que me indicaba que me levantara, que no tuviera miedo, el Señor trabajó en mí. En mi parte espiritual me dio paz y en la parte externa, se puede demostrar. Lo más importante es que ya no tenía esa agonía en mi cuerpo, ese cansancio. Y ya no tenía miedo, me sentía diferente, era una mujer llena de paz, con mucha más confianza de la que tenía anteriormente y con la certeza de que estaba sana, aunque en ese momento no tenía un documento clínico que lo dijera. Sabía que estaba sana, que Dios me había sanado.
¿Y qué hizo? ¿Fue al médico?
Meses después me correspondía un examen que era muy ilógico. Siempre me reí –y me río– de eso, porque me dieron un mes de vida y me mandaron un examen siete meses después. Yo bromeaba: “¿me van a hacer una exhumación?” Pero la gracia de Dios fue así, me permitió llegar a ese momento y ya no era solo lo que yo sentía –esa sanación y ese verme día a día mucho mejor–, era diferente porque ya podía comprobarlo con un documento que decía que ya no estaba el aneurisma.
¿Por qué cree que el papa intercedió por su curación?
Porque él escucha la voz de todas las personas que claman a él. Así fue cuando estaba vivo, él trataba de hacer lo mejor posible por ayudar a la gente. En su humildad, él siempre estuvo presente en las pobrezas de mucha gente y en las penas de los hombres. ¿Y por qué no escuchar? Me escuchó porque es misericordioso, porque siempre amó al Señor y se regía por eso. Él escuchó mis súplicas y las subió a Dios.
¿Cree que habrá incidido la fe con que usted pidió?
Por supuesto. ¿Sin fe? Sin fe no hay nada. Hay que tener mucha fe en Dios, en ese Dios que no vemos pero que la certeza de que existe, está. Es tener esa fe ciega en el Señor de que se hará siempre su voluntad y no la nuestra. Aunque eso conlleve muchas cosas.
¿Antes usted tenía esta misma fe?
Siempre, desde niña. Mis padres me criaron en la religión católica, ha crecido con esa fe en el Señor, creyendo en los milagros. Desde chiquita, en Semana Santa veía las películas de milagros, por supuesto que creía en ellos. He tenido fe y esa fe en Dios es la que me ha llevado a todo esto. Indigna como soy, el Señor me lleva adonde Él quiere.
¿Y qué le dice a los que no tienen fe, a los que creen que le hicieron mal un análisis, que tal vez el diagnóstico inicial no era tan terrible como se lo habían presentado?
No tengo manera de explicar, cada quien piensa como quiere. Yo los respeto, no lo comparto. El que quiera creer, que crea. Y el que no quiera creer aún viendo, pues no puede creer. Se lo dejo a cada uno, que lo tomen como gusten, pero que Dios existe, Dios existe. Y la fe es la que mueve montañas.
¿Cómo surge la certeza de que fue curada por un milagro?
Es como trabaja el Señor en uno (...). El milagro se siente en el alma, en el cuerpo. Se va sintiendo ese bienestar y esa paz que solo Dios otorga. Tuve esa fe, que se acrecentaba aún más, de que estaba sana. Y fue real, ya no era solo lo que yo sentía, sino era algo que podía comprobarse por medio de cosas médicas. Ya no era que Flori dijera “estoy bien, estoy sana”.
¿Cómo fue la reacción de los médicos al ver los resultados?
Las cosas así se dieron para sorpresa de ellos. Gracias a Dios los doctores con los que estuve son también personas de fe, creyentes. Y ellos ven que ya la ciencia no tiene qué explicar, saben que está involucrada la mano de Dios.
¿Cómo trascendió su testimonio?
Lo escribí en la página web de Karol Wojtyla y no me imaginé la magnitud de todo lo que iba a suceder. Lo escribí porque quería que el mundo se diera cuenta de que Dios existe, lo hice porque mucha gente pone sus milagros y las grandezas que Dios hace en sus vidas; yo también quería formar parte de todas esas grandezas y decirle al mundo: “Dios existe, Dios me sanó, Dios me hizo esto”. Todo lo que vino fue porque Dios así lo quiso. Y estoy donde estoy porque Dios quiso que fuera así.
¿Cómo fue la certificación?
Es un proceso muy solemne, muy serio y hermético. Yo tenía un pacto de silencio con el Vaticano, no podía hablar. En Costa Rica se me hicieron todos los estudios, ya no solo a nivel de seguro social –que me habían hecho antes– sino que se me practicaron bastantes exámenes a nivel privado. Fui vista por varios neurólogos, no solo por uno o dos. Después de eso pasamos al plano neutral, que implicaba viajar a Italia, donde se me practicó de nuevo el procedimiento quirúrgico y llegaron de nuevo a mi cerebro y vieron que definitivamente estaba bien.
¿Irá a la canonización?
Sí, si Dios lo permite, estaré presente.
¿Alguna vez imaginó que la enfermedad que le costó tanto terminaría así?
No, jamás, jamás. Siempre agradecida con Dios y nunca me imaginé la amplitud que iba a tomar todo esto... pero Dios sabe cómo hace las cosas. Yo nada más me guío y me voy de la mano de Él a donde él quiere que vaya.