Esta semana el debate político se cargó de un pesado tufo a campaña electoral. Preocupados por sacar una tajada o no perder pie en este delicado asunto que es la seguridad pública, los políticos volvieron a mostrar la hilacha.
También contribuyeron a hacernos entender por qué hay temas que el país lleva décadas no solo sin resolver, porque quizá no tengan solución, sino también sin ser enfocados con un rumbo claro, con ciertos consensos, con respeto.
Salimos hace no mucho de una de las campañas más rastreras de las que se tenga memoria –donde se agitaron muertos viejos y muertos nuevos (¿se acuerdan de Feldman?)– en procura de algún voto más, pero lo que se oyó esta semana no fue mucho mejor. El senador colorado Pedro Bordaberry, que en la campaña pasada cuestionó el estilo de los veteranos Mujica y Lacalle porque se agredían, se descolgó con una actitud confrontativa, atribuyendo “estar del lado de la delincuencia” a quienes no están de acuerdo con su propuesta de bajar la edad de imputabilidad penal.
En realidad, Bordaberry se lo espetó a Tabaré Vázquez, pero hay miles de ciudadanos que, como el ex presidente, no comparten la recolección de firmas en procura de que se juzgue como mayores de edad a los menores de 18 años. Bordaberry también dijo que este clima de inseguridad comenzó con el gobierno del Frente Amplio, una afirmación que no se la puede creer ni el más fanático seguidor del político colorado. Uno esperaba que la renovación directriz en los partidos políticos fuera un paso hacia la articulación de consensos sociales porque, como decía Bordaberry en la última campaña, la gente está cansada de los enfrentamientos. ¿Y cuál fue la forma que algunos adversarios de Bordaberry eligieron para prestigiar este debate político?, recordarle que su padre fue un dictador, como si nadie lo supiese en este país. Apelar a los defectos del padre para cuestionar a los hijos no solo es de una mediocridad acalambrante, sino que es de las cosas más bajas que la política pueda deparar. Uno espera que los adversarios de Bordaberry vomiten de una vez toda esa bilis, por el bien de ellos, y también de los ciudadanos que tienen que asistir gratuitamente a esa bajeza. Detrás de este espectáculo público que dan los gobernantes (porque luego la cámara se apaga y ellos se abrazan), hay una realidad dolorosa, de víctimas, de sus familiares y de gente atemorizada. Si no se respetan entre ellos, podrían hacer un esfuerzo por respetar a la gente, que está desprotegida, y no solo de los delincuentes.