12 de febrero 2024 - 5:05hs

Estamos en los primeros días de febrero y ya tenemos una de las escenas más crudas e imponentes del año. Aparece promediando la hora y media de Anatomía de una caída, la película de la francesa Justine Triet que está nominada a múltiples premios Oscar —y que se puede ver en estos momentos en el cine—: Sandra, la protagonista, está en el banquillo de los acusados porque puede que haya empujado a su esposo del segundo piso de su casa en las montañas, o puede que no. El hombre ahora está muerto. El juicio viene entreverado, hay puñaladas que llegan de todas partes, por momentos se juzga y se debaten temas que poco tienen que ver con el caso, o con la culpabilidad o no de Sandra. En un momento, uno de los que pasan por el estrado aporta un material nuevo: la grabación de una discusión que Sandra y su marido tuvieron tiempo atrás. Él estaba embarcado en un proyecto literario y se encargó de grabar escenas de la vida cotidiana sin avisarle a ella. Y entonces reproducen el audio en el tribunal y todos escuchan la escena, pero los espectadores la vemos.

El matrimonio comienza a discutir como otra veces, aunque esta vez él plantea determinados hechos que ella desestima o a los que le baja el perfil. El fuego todavía no está prendido del todo; apenas es una chispa que no logra subir de categoría, que se apaga con el soplo gélido de Sandra, una mujer que controla muy bien el clima que la rodea. Pero su esposo insiste y, entonces, el oxígeno se quema y todo se va al diablo. La discusión se empantana en un cruce de acusaciones venenosas, sube de tono a niveles insospechables, los latigazos van de un lado al otro y la violencia entre ellos es expansiva. Su matrimonio se convierte en tierra de nadie. La relación se tensiona y queda al borde del colapso.

Este tipo de escenas no son nuevas en el cine de Triet. Esta directora francesa de 45 años tiene cierta predilección por conducir a sus protagonistas hasta puntos de quiebre que le devuelven al espectador la cara más dura de los vínculos de pareja, esos momentos donde emergen los trapos sucios y el peligro de herir al otro está a una palabra de distancia. En su primera película, La batalla de Solferino —que se puede ver actualmente en la plataforma de streaming Mubi— hay un momento parecido. En este caso, los que discuten son expareja y el motivo es la posibilidad de él de poder ver o no a sus hijas. Es, como en Anatomía de una caída, un momento de crudeza cotidiana abrumadora. Muy difícil de ver. Más aún en pareja.

Según contó la directora a El País de Madrid hace algunos meses, luego de que Anatomía de una caída ganara la Palma de Oro en el Festival de Cannes y comenzara su camino al éxito internacional, para ella la pareja o el matrimonio es un invento que se vuelve obsoleto muy rápidamente. A ella le gusta capturar eso, recordar que este tipo de situaciones como las que retrata en estas dos películas suyas pueden suscitarse en cualquier momento, en cualquier vínculo. Un dato curioso: ella escribe sus guiones a cuatro manos con su esposo, el actor Arthur Harari.

Anatomía de una caída

“La imagen de la pareja en Anatomía de una caída es más mediocre y vergonzosa de lo que tenía previsto. Y, a la vez, si reflejase mi auténtica opinión, hubiera sido todavía más horrible. Seamos sinceros: lo raro es que una pareja funcione. En la mayoría de los casos, es un infierno. Yo quise adentrarme en ese infierno”, dice la francesa nominada a Mejor dirección en los Premios Oscar.

Sobre esa visión que, sí, es bastante pesimista, pero también más adulta de lo que representa vivir con alguien, escribió la argentina Tamara Tenenbaum en una columna en Eldiario.ar que tituló Un beso intrascendente:

“Ninguna relación real, nos muestra Triet, resistiría el nivel de escrutinio que pide un juicio por asesinato: la que se quiere en serio (y que se conoce en serio, no de un primer beso o una noche de romance) es capaz de decirse cosas terribles, y de hacérselas también. Si hay un tema feminista en la película, de hecho, es en realidad ese: que la violencia (en cierto grado, y el límite es más difícil de determinar de lo que a una le gustaría) es una parte indisociable del amor y el erotismo, porque tiene algo un poco indisociable de la verdad y lo salvaje de lo cotidiano, y que cualquier ética amatoria que podamos articular tiene que poder pensar eso más allá de la dicotomía víctimas/victimarios (y sin que eso signifique caer en una pendiente resbaladiza que nos impida reconocer las situaciones en las que sí hay víctimas y victimarios).”

Ni Anatomía de una caída ni La batalla de Solferino son las primeras películas que hablan de este modo de las relaciones de pareja, ni que ponen en escena esos momentos donde, a veces, las palabras son peores que los golpes. Hay más ejemplos recientes, y ahora pienso en Historia de un matrimonio, de Noah Baumbach, en Una mujer bajo la influencia de John Cassavetes —en este caso también incide el estado mental del personaje de Gena Rowlands, pero hay momentos entre ella y Peter Falk que ponen la piel de gallina—, y sobre todo en Antes de la medianoche, de Richard Linklater. Ver como la pareja de Jesse y Celine queda al borde de la autodestrucción en la tercera película de la trilogía, luego de una discusión demoledora en un cuarto de hotel, todavía pega. Y lo hace porque deja en el aire una pregunta: ¿todas las relaciones desembocan necesariamente en esto? ¿Se puede evitar todo el tiempo el choque? ¿O se trata, en cambio, de aprender a curarse las heridas que irremediablemente nos causamos?

Para muchos expertos, lo esencial es detectar qué cosas suelen disparar una pelea y trabajar para que, o bien no sucedan, o no desemboquen en disputas fútiles que terminen causando una erosión irreversible.

Antes de la medianoche

Esther Perel, terapeuta belga especializada en parejas y autora de varios libros sobre el tema, explica en una entrevista con The Cut que lo que más importa en estos casos es entender si lo que nos molesta es un patrón. Porque los patrones se pueden administrar.

“Si nuestra pareja se toma un tiempo cada semana para sus amigos, pero no muestra interés en planificar una cita semanal, puede desencadenar nuestra inseguridad al hacernos pensar que, en realidad, no quiere estar con nosotros o que no somos suficiente. Estos factores desencadenantes actúan como un embudo que desemboca en sentimientos de abandono y fracaso. Cuando estos factores desencadenantes se agravan con el tiempo, se crea una lente a través de la cual vemos cada interacción”, dice.

La especialista detecta, además, que las discusiones más “complicadas” no suceden una sola vez y dinamitan los puentes; es un problema a largo plazo, “una erosión gradual”.

La ruina de una pareja no siempre sucede de una vez. Es una erosión gradual. Una pérdida de decencia. Una pérdida de respeto. En el fondo, la mayoría de las parejas están peleando por poder y control —el interés de quién importa más, quién toma las decisiones. O pelean por confianza e intimidad: ‘¿Tenés mi respaldo? ¿Puedo confiar en vos? ¿Vas a estar ahí para mí?’ O pelean por respeto y reconocimiento: ‘¿Me valorás? ¿Importo?’ Esas son las tres cosas principales”, asegura.

Por otro lado, la psicóloga española Mamen Jiménez, consultada por El País de Madrid, echa luz sobre un aspecto que otros expertos también remarcan: las discusiones de pareja no siempre son negativas para el vínculo. 

En contra de lo que se suele creer, discutir en pareja o tener conflictos no es indicativo de una mala relación ni plantea un mal pronóstico. De hecho, la resolución en equipo (con una buena comunicación, respeto, cariño y cuidados) lejos de deteriorar la relación, lo que hace es fortalecerla, y tiene sentido: si vemos que hacemos frente de manera conjunta a la dificultad, si te percibo como eficaz en la resolución de problemas, si veo que te implicas y que sobre la mesa lo que está es estar lo mejor posible (no tú y yo, nosotros), eso va a hacer que ganemos en intimidad, confianza, admiración mutua. La relación será más fuerte. Lo que deteriora una relación es un abordaje regular de esos conflictos, no la existencia de los mismos”, explica.

Anatomía de una caída

Si bien hay parejas que discuten o se enfrentan menos que otras, está claro que es parte de generar una suerte de vida en común. El consenso a veces encuentra caminos poco ortodoxos para gestarse, y lo importante siempre es que su búsqueda no derive en situaciones de violencia para ninguna de las partes. Los casos de las películas mencionadas al principio son algo extremos. Es curioso, de todos modos, lo que nos sucede a quienes estamos en una relación y quedamos frente a una escena como la de Anatomía de una caída. Es como asomarse a un abismo que quizás sentimos lejos, pero está a una desatención, un término mal empleado, una decisión mal tomada, de distancia. En algún punto funcionan como recordatorio de que quizás lo que dice Triet sí tiene sentido: las parejas son sistemas complejos que pueden volverse obsoletos muy rápidamente. Y el trabajo está en tratar de que, con lo que tenemos a la mano, con la búsqueda de una suerte de equidistancia entre las necesidades, demandas y deseos, logremos evitarlo. Logremos mantener la máquina en marcha.

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