El debate de este martes entre los senadores Guido Manini Ríos (Cabildo Abierto, oficialismo) y Óscar Andrade (Frente Amplio, oposición) se transformó en uno de los mojones de la campaña rumbo al referéndum por los 135 artículos de la Ley de Urgente Consideración.
Volvieron los debates, o algo así
La campaña rumbo a las elecciones de 2019 devolvió a Uruguay, después de mucho tiempo, los grandes debates políticos en televisión. Óscar Andrade y Ernesto Talvi fueron los encargados de romper el hielo, luego tuvimos un rápidamente olvidado intercambio entre Jorge Larrañaga y Carolina Cosse y más tarde dos debates entre el hoy presidente Luis Lacalle Pou y el frenteamplista Daniel Martínez.
La primera, y la más obvia, es que es positivo que los políticos se presten a este tipo de instancias. Las audiencias han demostrado que consumen vorazmente esa clase de contenido, algo que dicho sea de paso no sucede frecuentemente con las discusiones parlamentarias ni con las notas periodísticas sobre la LUC.
La segunda, menos generosa para con los protagonistas, es que a los uruguayos nos cuesta debatir.
Es cierto que Andrade y Manini cumplieron –y es algo a aplaudir– con la parte de evitar las chicanas y los golpes bajos, recursos que esta clase de formatos suelen incentivar.
Pero lo de este martes se pareció mucho más a una concatenación de exposiciones individuales que a un intercambio de ideas o una batalla dialéctica. Ambos senadores se concentraron en su libreto y se encargaron de repetir las ideas fuerza detrás de los artículos que cada uno defiende, pero fueron muy escasos los momentos en los que alguno retomó una idea de su interlocutor para ponerlo contra las cuerdas, o se animó a contestar una alusión desafiante de su rival.
Hasta en el Parlamento, con todas sus reglas y solemnidades, se dan discusiones menos rígidas que las del debate del martes.
Pensando en futuras instancias, sería muy positivo dar mayor protagonismo a los periodistas para que realmente moderen el debate y lleven las riendas de la discusión, de modo que no sea un diálogo de sordos.
La victoria del interior y la decisión de los canales privados
El interior –y sus trabajadores de la comunicación– fue uno de los grandes ganadores del debate.
Es cierto que la escenografía parecía salida de la década de 1980, que el audio falló, que Andrade poco menos que tenía el atril por las rodillas y que Manini parecía estar defendiendo más un voto verde que celeste.
Pero tras fracasar en su intento de llevar el debate a los canales privados –que más allá de las gestiones periodísticas en cada caso, tomaron la decisión institucional de no prestarse a esta instancia–, los equipos de Andrade y Manini tuvieron un interesante gesto político al trasladar la responsabilidad al interior, y sus profesionales cumplieron con la tarea.
Según los números primarios, la transmisión tuvo altos niveles de audiencia en la televisión abierta y fue tema preponderante en las redes y los principales portales de noticias.
La noche también dejó así un saldo positivo para TV Ciudad, que en Montevideo aprovechó la marcha atrás de Canal 5 y fue el único canal de aire que pasó el debate.
No hay lugar para matices
La votación del próximo 27 de marzo es una instancia compleja. En un solo voto, el ciudadano tiene que sintetizar su adhesión o no a 135 artículos que abarcan capítulos tan variados como el aumento de penas, la gobernanza de la educación, el derecho a ocupar lugares de trabajo, la portabilidad numérica o los límites de la legítima defensa.
Todo se reduce a una elección binaria, al todo o nada, al sí o al no.
El debate de este martes entre Manini y Andrade no hizo más que ratificar, una vez más, que toda esa complejidad se reducirá en definitiva a la inclinación de cada votante respecto a la gestión del gobierno en general, a su programa de gobierno, y a su identificación ideológica, partidaria y emocional.
En mayor o menor dimensión, dependiendo de la temática, los dos senadores hicieron alusiones a artículos en concreto de la LUC, pero no se limitaron a ella. Aunque cada uno expuso argumentos y matices razonables –también algunos discutibles– respecto a cuestiones particulares de la normativa, en definitiva gran parte del partido se juega en la valoración de la ley y el gobierno en su globalidad. Más allá de las diferencias en sus estrategias, ambas partes lo han entendido, y por eso Andrade habló de recortes presupuestales, la concesión a Katoen Natie y la "manera de gobernar", y Manini del contraste con los gobiernos del Frente Amplio y el llamado a "no retroceder" al casillero de marzo de 2020.
Andrade en nombre del FA, Manini en representación de Cabildo Abierto
Otra lectura interesante del debate tiene que ver con la representatividad que proyectaron ambos protagonistas.
Mientras que Andrade habló en nombre del Frente Amplio, y así lo reconocieron sus principales correligionarios, Manini Ríos habló en algunos momentos explícitamente en nombre de Cabildo Abierto, con escasas referencias a sus socios de la coalición, que tampoco mostraron gran interés por el debate.
Durante la transmisión, por ejemplo, la cuenta oficial del Partido Nacional divulgó imágenes de un acto partidario en Río Negro, en el que participó entre otros el secretario de Presidencia, Álvaro Delgado.
Pero más allá de los temores que, tras bambalinas, manifestaban algunos dirigentes del oficialismo por el hecho de que Manini se convirtiera circunstancialmente en vocero del No, lo cierto es que el líder de Cabildo Abierto no se salió del libreto que ha mostrado la campaña de la coalición hasta el momento.
El temor de algunos en la coalición de gobierno era, por un lado, que Manini sirviera de caricatura exagerada de todo a lo que se opone el Frente Amplio, y que eso le facilitara la tarea a Andrade.
Eso no pasó.
En ese sentido, el debate le sirvió al líder de Cabildo Abierto para, por un lado, lanzar algunos guiños a su electorado –con un discurso de defensa de los más pobres y de lo nacional en contraposición con los "grandes intereses"–, pero también para escaparle al discurso enardecido en el que a veces cae cuando le habla específicamente a su tribuna y mostrarse por lo tanto como un portavoz válido de la coalición gobernante. Se trata de un movimiento muy delicado y será interesante ver cómo Manini logra desarrollarlo de aquí a 2024.
De un modo análogo, la instancia le permitió a Andrade seguir consolidando su figura en representación de todo el Frente Amplio, más allá de las fronteras del Partido Comunista y sus aliados. Ese proceso ya se había iniciado en la campaña de 2019 –el debate con Talvi fue un ejemplo–, pero el rol opositor le ha sentado muy cómodo a Andrade, que ha logrado así posicionarse como una figura que representa y expresa el sentir de los frenteamplistas. Su desafío en todo caso pasa más por recoger adhesiones de votantes sin una clara identificación partidaria con la coalición de izquierda.