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A sus 42 años, la angoleña Angelina Vunge se convirtió en la primera africana en llegar al Parlamento

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Angelina Vunge: sobrevivió a la guerra en Angola y llegó al Parlamento con Sartori

La diputada fue víctima de abuso sexual, se casó con un sobrino del expresidente Tabaré Vázquez y asumió como la primera legisladora africana de Uruguay

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25 de abril de 2021 a las 05:01

Angelina Vunge era moza del restaurante Alto Palermo cuando pasó por enfrente del Palacio Legislativo, frenó su auto, tomó de la mano a sus hijos y les dijo: “Un día yo voy a venir a trabajar a ese edificio. No me importa si es como portera, si es para servir café o para limpiar pisos; voy a venir a trabajar”.

Años después, el sueño se le cumplió. Fue el pasado miércoles 14 de abril, cuando a sus 42 años y con un discurso de tres minutos y treinta segundos condecoró su asunción como primera africana en el Parlamento uruguayo, al suplir al diputado nacionalista Pablo Viana, del sector del empresario Juan Sartori.

Desde que desembarcó en Uruguay, hace 20 años, la política la esperó de brazos abiertos para aguardar la asunción de un nuevo presidente. Llegó desde Sudáfrica, días antes del balotaje de 1999 entre Jorge Batlle y Tabaré Vázquez y ese mismo domingo conoció arriba de un taxi al sobrino del expresidente frenteamplista, que con los años se convirtió en su esposo.

Había escapado de la guerra civil de Angola (1975-2002) y estaba en un país nuevo, sin guerra, arropada por su madre adoptiva Cristina Benítez. La mujer uruguaya formó parte de los cascos azules enviados a África, se convirtió en su amiga y le dejó un lugar en su modesta casa.

Ese 28 de noviembre, con apenas horas en Montevideo, Vunge acompañó a Benítez a votar en un taxi. Sus largas y rebeldes trenzas, relucientes entre piedras de colores y su complexión esbelta, llamaron la atención del taxista Nelson, quien prometió ayudarla con la residencia.

Las banderas flameaban desde temprano de una cuadra a otra. Los cánticos y las sonrisas de militantes se aferraban a sus ojos y se entremezclaban con bocinas amistosas. Las listas se pasaban de mano en mano. De a poco, la vida de guerra sanaba y daba paso a un sano clima electoral, que le despertó “entusiasmo” en una ciudad “de fiesta”.

La adaptación le fue fácil. Mejoró su español, hizo sus primeros amigos, se puso de novia y con 23 años quedó embarazada, pese a que le habían dicho que no podría hacerlo.

“Sabía perfectamente de dónde venía, quién era, qué quería ser y sabía que mi enseñanza me permitiría estar bien”, contó a El Observador la dirigente blanca.

Una semana antes de tener a Ellery, su primer hijo, se casó. A partir de allí confió en que todos sus proyectos serían posibles, aunque aún arrastraba en silencio una mochila llena de episodios traumáticos vividos en Angola, su país de origen.

Los tiempos en Angola

La guerra civil obligó a su familia a migrar de aldea en aldea cada pocos días. Aunque eran zonas pobladas por militares, los ataques eran frecuentes y las arremetidas de los animales salvajes amenazaban ante la ausencia de hospitales.

Palos que hacían de pared, palos atravesados que cumplían la función de puerta, techos de paja, mezclas de barro, pasto y arcilla bastaban para construir pequeños ranchos rurales, similares a una choza, donde se resguardaba por las noches junto a sus dos padres y cuatro hermanos. Mientras, los bombardeos azotaban y sobrevivir era casi una cuestión de suerte.

Un llamado de sus padres en el descanso nocturno era señal de que el peligro estaba cerca y debían marcharse. Vunge nunca terminaba de conocer a sus vecinos y a veces, cuando despertaba, en lugar de ir a trabajar a la plantación tenía que aprontarse y escapar a una nueva aldea semidormida.

Lo mismo le pasaba en la escuela, donde veía todos los días caras nuevas, y cuando la amenaza se acercaba, ella y los demás niños cortaban la clase para esconderse debajo de los árboles.

Para llegar, caminaba descalza por varios kilómetros y acompañaba el recorrido con cantos y bailes. Llevaba el lápiz enganchado entre sus motas y en una de sus manos una bolsa de nylon con la goma de borrar.

Su obligación de ir, cumplir con la tarea y después ayudar en casa eran exigencias que siempre se repetían, sin importar las circunstancias. De lo contrario, sabía que se venían los golpes de su padre, ese hombre “duro” que tenía tres esposas. “Mi padre era una persona con un carácter muy fuerte. No te perdonaba nada. No importaba si eras su hija mujer o su hijo varón. Yo tenía que cumplir con todas mis tareas, ya sea ir a la escuela, volver, buscar agua, llenar las moringas o cabaza (recipiente para guardar agua) dentro de casa, hacer la fuba (harina de maíz o de mandioca) e ir hasta la lavra (lugar de plantación) a ayudar a mi madre a traer leña o a recoger la quizaca (corteza de la planta de la mandioca), que servía para la cena”.

La niña cocinaba con su madre, estudiaba, y a la vez trabajaba como una adulta. Conocía de memoria la cosecha de su familia de mandioca, maíz, maní y poroto, y hacía largas cuadras en busca de agua. Ya caída la tarde, su trabajo estaba hecho y su estómago le pedía refuerzos, aunque no siempre tenía una respuesta. La mayoría de las veces, un choclo seco tostado con maní y el agua del río –que también usaba para bañarse– eran las provisiones que había para arreglarse.

“Durante la guerra, por más que tengas todo a la mano, la gente pasa hambre porque no tiene esa libertad de ir a su plantación e ir a buscar los víveres. Está todo restringido. Tenés miedo de que te ataquen, de que estén en tu plantación. Pasás esas cosas y vivís un momento de hambre”, narró.

Angelina se reencuentra con su madre en Angola después de 18 años

La violencia doméstica se coló por sus ojos desde muy chica. Hasta el día de hoy, a sus 42 años, recuerda al detalle cómo su padre enfilaba a sus hijos cuando cometían un error ortográfico, olvidaban leer las tablas de matemática o rompían una cacerola, y los indagaba uno por uno hasta saber la verdad. Lo siguiente eran golpizas. Y en uno de esos actos violentos la que pagó fue su madre, que apenas sobrevivió. “Fue una golpiza que no se le da a un ser humano, más cuando es la madre de tus hijos. Ahí intervinimos mis hermanos y yo; nos pusimos en la puerta para que mi padre no entrara más a golpearla, porque en un momento salió a buscar un palo y tenía ganas de seguir pegándole. Mi madre apenas podía respirar. Fue algo que no puedo explicar porque hasta el día de hoy veo el estado de mi madre y era casi una morcilla tirada. Sangraba y estaba mal. Es una parte que me duele mucho”, recordó.

La mudanza a la capital y la relación rota con su padre

Después de pasar noches intranquilas donde el cielo se poblaba de humareda y de luces por las balas cruzadas, Vunge dejó la provincia a los nueve años y viajó en camión con una familia desconocida a Luanda, la capital de Angola. Su madre se había ido antes en busca de familiares, con la intención de vender sus productos cultivados en algún mercado. Pronto la niña se encontró con malas noticias: tuvo que comenzar la primaria desde cero.

A diferencia de sus compañeras, pasó mucho tiempo sin poder comprarse zapatos. Tuvo que esperar llegar a la secundaria, para luego de vender “palitos de agua” y garrapiñada, llegar a tener esas chancletas que tanto deseaba.

“Mi madre se separó de mi padre cuando estaba en la capital porque la forma de encarar la vida era distinta. En la provincia trató de separarse en varias ocasiones porque realmente no aguantaba más las palizas, pero los familiares adultos de ella, que son los que toman la decisión, conversaban y la convencían de que lo perdonara. Cuando llegó a la capital la cosa cambió porque esas golpizas seguían y los primos y hermanos de mi madre lo encararon de otra forma”.

Hoy dice que su padre podría haberla apoyado, porque además de camponés (agricultor), era escultor y vendía muy bien sus obras, sin embargo, le negó la ayuda. Dejó de hablarle y como nunca más volvió a verlo (falleció en 2015), se quedó con culpa. “Le pedí que me ayudara y me dijo que yo me podría valer por mí misma y que él no sabía realmente si yo estaba estudiando, por lo tanto, no tenía la obligación. Eso me dolió mucho”, recuerda.

Desacostumbrada a la vida capitalina, la mamá de la joven se mudó a Viana, una zona de quintas, en los suburbios, donde tenía parientes cerca. Vunge, condicionada por no volver a perder años en primaria, se quedó, a cargo de su tía postiza Alicia, y vivió en una casa que ya conocía de cuando iba en busca de agua.

Lejos de su madre, y sin el apoyo de su padre, sintió que si no se ponía las pilas para comprarse lo que necesitaba no iba a poder igualar a las otras niñas "y llegar a la escuela en mejores condiciones”.

Los abusos, el episodio con el médico y la internación 

Marcada por una dura infancia, en la que con apenas seis años vio a su hermana Paulina morir en brazos de su madre, Vunge pasó algunas tardes de la aldea en lo de Nuñes, un primo de su papá, que sus padres habían elegido como su futuro prometido.

El adolescente iba a buscarla a su casa, la cargaba en hombros y la llevaba para “jugar un rato” y después devolverla. Durante las noches, abusaba de ella y, ya en Casela, una de las últimas aldeas en las que estuvo, la esperaba cuando salía de la escuela para violarla en la selva.

Aunque era consciente de lo que sucedía, ella jamás lo comentó en su casa. “Al ser abusada, por más niña que seas, te entregan a la familia del hombre para que te críe. También tenés miedo de que en el día del casamiento no tengas el sangrado y seas motivo de linchamiento, rechazo, castigo”, explica.

A los 12 años, ya radicada en Luanda, su tía murió de cáncer. Tenía en mente terminar de estudiar, trabajar y conseguir un pasaporte para irse del país. Fue entonces que dos jóvenes del barrio le ofrecieron ayuda con el trámite en una plaza mientras jugaban. Vunge, con tal de hacerse de la documentación, cometió el error de creerles.

Tuvo que caminar hasta atrás de una comisaría y dirigirse al tercer piso. Un angosto corredor, que daba paso a una sola persona, desembocaba en un cuarto, donde la obligaron a entrar y perdió el conocimiento. Cuando despertó había dos hombres desconocidos encima suyo, pero ningún pasaporte. “Yo no entendía nada. Uno me agarró, me metió para adentro. Al otro lo vi venir en el pasillo y me dijo ‘si gritás, va a venir más gente’. Perdí el conocimiento. No sé si fueron dos o tres. Fue todo un mareo. No estaba consciente”.

Unas semanas después sufrió dolores abdominales, descomposturas, una inflamación uterina y otra infección “gravísima”. “Se me empezó a hinchar el vientre y era un dolor que no conocía. No podía describirlo porque me lo ataba con un paño, con la sábana, y era insoportable”. Pensó que estaba embarazada.

Fue internada. Recibió atención médica por primera vez en su vida. Pero el ginecólogo que la trató también abusó de ella. “Es doloroso. Uno espera que el médico te sane. No que se masturbe, se toque y que igual, con tu dolor, te quiera violar. Todo lo que él hizo me hizo fue violación, no tiene otro nombre”.

***

Con 17 años, luego de haber lavado el baño del personal de un restaurante que formaba parte de las Naciones Unidaspor semanas, pasó a ser moza. En paralelo, limpiaba containers de civiles y ganaba unos US$ 400.

Vivía en un barrio muy similar a una favela brasileña, repleto de caminos angostos y casas muy modestas. Cada madrugada pasaba por ella una camioneta que paraba a dos cuadras de su casa, le tocaba bocina para avisar que estaba afuera y a los pocos minutos seguía un largo recorrido de horas por la capital. Vunge, muchas veces dormida, salía de camisón y emprendía viaje.

Angelina y su familia en su regreso a Angola

Probó vivir sola, pero no tuvo suerte. Le robaron casi todo lo que compró y se fue con una amiga a un apartamento. El problema, eso sí, era que cada vez que su novio portugués la visitaba ella debía dormir afuera, sobre las escaleras del edificio.

En ese tiempo, cuando ya había terminado la secundaria y abandonado su primer año de arquitectura en la facultad, conoció a Cristina Benitez, quien la animó a viajar a Uruguay. Viajó tres años después de su primera charla con ella, con plata que ahorró de sus trabajos, consciente de que ese pequeño país no estaba en guerra.

La llegada a la política

Después de cuidar a adultos mayores, limpiar casas de familia y cocinarle a una vecina, empezó a trabajar como moza en el restaurante Alto Palermo, en Aguada.

Una noche vio llegar a un hombre canoso, serio y de traje, y pensó que era Gerardo Sofovich, pero en realidad se llamaba Alem García. En una de sus charlas, el dirigente blanco la convenció de incursionar en política y la motivó para sacar un libro. “Empezó a indagarme y memorizaba todo lo que le contaba. Hasta que un día me dijo: ‘¡Qué historia increíble! Eso está para un libro’”.

Así, en 2013 lanzó Angelina, las huellas que dejó Angola y un año más tarde participó de su primera elección votando su propia lista del Partido Nacional. Estaba divorciada y dice que la política de la familia Vázquez no se le había inculcado. “En 2005, cuando ganó Tabaré, no lo viví como militante. Lo viví de afuera. Estaba feliz porque era parte de mi familia y era algo lindo, pero más nada”.

Se casó con el taxista Nelson Vázquez, sobrino del expresidente frenteamplista Tabaré Vázquez, con quien tuvo dos hijos

La experiencia con Sartori

Oficina abierta. Cuarto piso. Edificio Plaza Independencia. Las mañanas y tardes de Vunge en 2019 transcurrían dentro del comando de campaña de Juan Sartori. Se acercó a él por medio de García y allí trabajó año y medio acercando dirigentes, organizando parte de la militancia, y se animó candidatearse en la lista 990 junto al empresario.

"Conocí muchísima gente, muchos más barrios y estuve en muchos lugares. Aquella persona que le guste la política y lo haga con vocación, como forma social y no como un modo de vida, lo puede hacer".

-¿La desgastó mucho esa etapa?

-No, porque yo lo hacía con emoción y lo veía como un desafío diario para ver hasta dónde daba mi capacidad. Si no, en el balotaje no hubiera estado metida sola, andando por los barrios y levantando delegados. Lo hice con pasión y con ganas de conocer, saber y sentir en el alma. No me desgasté, de hecho mantuve mi peso (risas).

–¿Por qué se inclinó por el Partido Nacional?

–La historia del Partido Nacional y las reuniones me fueron enamorando. Me sentí identificada y no me arrepiento. Me siento muy identificada con todo lo del sector Todo por el Pueblo; con su forma, con sus ideales, con varias personas y dirigentes. Me identifico mucho con la libertad. El presidente (Lacalle Pou) mismo dijo en una entrevista que el Partido Nacional tiene la ideología de tener a la gente liberada. Por eso está la idea de libertad responsable y no la de encerrar a las personas por una pandemia. Somos todos grandes, adultos, tenemos capacidad de saber qué es lo que va a dañar a nuestra nación.

Vunge en su primera aparición en el Parlamento el pasado 14 de abril

Angelina se define como liberal, pero con sus hijos es algo más conservadora. Es de esas madres que les exige tener el pelo corto, les pide que preserven el respeto y tengan un mínimo gesto de “por favor” o “buenos días” con el chofer del ómnibus al subir, aunque crea que algunos uruguayos todavía se atemorizan al escuchar esas palabras.

Vive en un complejo habitacional, de más de 50 familias, en el barrio Belvedere. Se lleva muy bien con sus vecinos y hace un tiempo intentó hacer viviendas sociales, con estufas y garajes, pero no tuvo el aval de la intendencia.

Tiene varios proyectos personales en mente. Dirige una fundación que dona alimentos, ropa o electrodomésticos y busca hacer convenios con otras instituciones sociales que requieran ayuda; es dueña de un Uber, con el que divide las ganancias con un amigo. Además lidera una empresa de importación y exportación en construcciones, y dice que no vive de la política ni piensa hacerlo porque es “una vocación para ayudar a los demás”. “Veo mi camino enfocado en la política social, porque cuando estás metido dentro de ese ámbito podés hacer mucho más para las personas que necesitan ayuda. En lo privado, si te sobra lo hacés y punto, pero no es mi caso aún. Yo recién estoy creciendo y logrando la independencia económica”.

Angelina sonríe en el living de su casa, con un cuadro de fondo de una jornada de ayuda voluntaria

Tiene 36 sobrinos y cuatro hermanos vivos, a quienes no ve desde 2017, cuando fue a Angola por última vez, después de 17 años. Aunque no pudo reunirse con toda su familia, en diez días reorganizó la vida de su madre e intentó traerla sin éxito porque no quiso viajar en avión.

Aún añora su compañía y sueña con que alguna vez sus hijos la conozcan. Mientras tanto, reflexiona, todas las huellas que le dejó Angola le sirvieron de caparazón. “Fue una vivencia, una experiencia, una forma de crear casco y de fortaleza porque era una batalla todos los días para sobrevivir. En esa vida no hay muchas opciones. Tenés que endurecer la cáscara, ser guerrero y aprender con eso o, simplemente, ser débil, llorar y lamentarte de por vida por la situación que te tocó vivir. Para lo primero que te encara la vida es para luchar, no queda otra”.

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