12 de diciembre de 2020 5:03 hs

El 2020 fue un mal año para el Frente Amplio. En primer lugar, durante las elecciones departamentales se confirmó el retroceso que ya había experimentado en 2019. El FA logró retener tres gobiernos departamentales muy importantes, los de Montevideo, Canelones y Salto. Pero perdió en otros tres departamentos, en Paysandú, Río Negro y Rocha. En segundo lugar, en el plano de las políticas públicas, cosechó dos derrotas conceptuales importantes. En el issue más importante del año, es decir, la pandemia, se equivocó de cabo a rabo al proponer, por boca de Tabaré Vázquez, la cuarentena obligatoria. Aceptó, a regañadientes, que la política del gobierno era correcta recién cuando quedó claro que Presidencia estaba obteniendo buenos resultados y que contaba con el asesoramiento de expertos de primer nivel. En otro tema clave, la seguridad pública, también se equivocó. Apuntó de entrada contra Jorge Larrañaga y la retórica de la “mano dura”. Sin embargo, terminó el año postergando la interpelación que ya estaba anunciada. De hecho, no ha tenido forma de documentar debidamente la violación generalizada de derechos humanos en procedimientos policiales. Además, ha debido admitir que se verificó una disminución sensible de los delitos. En tercer lugar, sufrió la pérdida, hace muy pocos días, de Tabaré Vázquez, quien fuera durante las últimas dos décadas su principal referente. Finalmente, también tiene problemas serios en el plano judicial. Raúl Sendic y Miguel Toma, vicepresidente y Secretario de la Presidencia de Tabaré Vázquez, enfrentan denuncias muy serias. 

De todos modos, la columna del haber no está vacía. En primer lugar, hay que mencionar necesariamente la propuesta de Diálogo Nacional realizada a fines de marzo que no fue considerada por el gobierno. Aunque el tono de su relación con el gobierno haya sido errático, esta propuesta estuvo bien inspirada. En segundo lugar, merece el mayor elogio la actitud constructiva de los legisladores frenteamplistas especialmente durante la tramitación de las normas relacionadas con la pandemia (como el Fondo Coronavirus) y, poco después, en ocasión de la aprobación de la Ley de Urgente Consideración. Por último, el 2020 confirmó el despegue de nuevos liderazgos promisorios. Yamandú Orsi ha sido, desde mi punto de vista, el que ha logrado durante este año articular el mejor discurso en filas frenteamplistas. No disimula su perfil opositor ni deja de señalar críticas a decisiones y políticas. Pero no pierde su uruguayísimo tono ponderado y su característico perfil dialoguista. Su reelección en Canelones lo coloca en una posición excelente para diputar la candidatura presidencial. Mario Bergara y Carolina Cosse, dos de los cuatro precandidatos a la presidencia en la primaria frenteamplista pasada, también lograron consolidarse. Bergara ha tenido una actuación destacada en el Senado y una participación permanente en el debate político. Cosse logró, ahora sí, derrotar a Daniel Martínez, y ha tenido un comienzo de gestión en la Intendencia de Montevideo prometedor, especialmente por la centralidad que la ha dado al combate a la pandemia covid-19 en la capital. Dicho sea de paso, la foto de Carolina Cosse con Álvaro Delgado coordinando acciones para combatir la pandemia es de los gestos políticos más razonables y alentadores de los últimos tiempos.

El FA tiene por delante profundizar en su autocrítica. El principal riesgo que corre es el de no entender las razones de su derrota. A veces, da la sensación de pensar que su retroceso electoral se explica porque no pudo comunicar debidamente sus logros, en el contexto de un debate mediático controlado por sus adversarios políticos. Esta forma de razonar, lejos de ayudarlo, agrava sus problemas. El FA debe aceptar que perdió la elección de 2019 porque no supo cómo cumplir con las generosas promesas electorales realizadas cinco años antes. No supo cómo bajar los delitos. No supo sostener el dinamismo económico. No supo reformar a fondo la educación. El FA perdió la elección porque Raúl Sendic, vicepresidente de la república, debió renunciar a su cargo por denuncias de corrupción. Antes, recordemos, había sido respaldado por el Plenario Nacional que creyó que todo era, otra vez, una “operación de los medios de la derecha”. El FA perdió la elección porque, después de tantos años en el gobierno, se quedó sin una agenda potente y sin energía. El FA perdió la elección porque no supo renovarse a tiempo.

El FA sigue siendo el partido más popular del Uruguay. Sigue representando aproximadamente a la mitad de la ciudadanía. Pero ya no es la mitad mayor como durante quince años. Para recuperar el poder precisa atreverse a ir a fondo. Ningún partido logra conquistar la confianza de la mayoría sin un arranque de sinceridad, de valentía política, para decirle a las cosas por su nombre. Debe atreverse a tomar distancia de sus propios casos de corrupción. Debe atreverse a reconocer sus errores y fracasos. Debe atreverse también a reconocer con humildad los aciertos y méritos del nuevo gobierno. Al fin de cuentas, la mayoría de la población sigue aprobando la gestión presidencial. Desde luego, ninguno de estos gestos exige que desdibuje su papel como partido de oposición. Lo cortés no quita lo valiente. Sin oposiciones fuertes no hay democracias palpitantes.

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Adolfo Garcé

Doctor en Ciencia Política, Docente e Investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, UdelaR

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