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Busquets, de vender rifas para jugar en el exterior a hacerlo en Peñarol y la sub 20

El juvenil aurinegro surgió en el Chuy, llegó a Montevideo y lo robaron a mano armada, se esforzó mucho y llegó a cumplir su sueño

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30 de abril de 2019 a las 05:01

Allá en el Chuy, Ezequiel Busquets salía a vender rifas como todos sus compañeros y también a “hacer peaje”. Es que cada vez que pasaba un auto por el Chuy en la Avenida Internacional, con la autorización de la Junta local, ponían conos en la calle y pedían colaboración explicando cuál era el motivo de la misma.

Cuentan que su madre Adriana, además de ser muy buena repostera, hacía canelones de carne con salsa blanca para vender y él tenía que vender un límite de 20 porciones para poder colaborar con el equipo. Todo eso lo hacían para tener la posibilidad de ir a jugar un amistoso a Coquimbo en Chile o cuando a veces venían a Montevideo con el club San Vicente.

También hicieron una cazuela de mondongo en una olla de hierro de 150 litros y después organizaban un bingo para recaudar más fondos. Otra noche se animaron a una cena show con un grupo musical.

En todo eso colaboró Ezequiel junto a sus compañeros y amigos de entonces. Ya había jugado previamente al baby fútbol en Peñarol de Chuy y en la selección de baby con un técnico muy especial: Pablo Vázquez. Fue (y es) muy especial porque fue quien lo trajo a Peñarol.

“En Chile ganamos un campeonato en 2014 en Coquimbo con San Vicente. Jugaba de enganche o de volante (ya estaba en el seguimiento que le realizaba Peñarol) y recuerdo que también fueron sus padres”, cuenta Vázquez a Referí.

También dice que era “muy buen gurí. Hoy en los partidos lo veo protestar y no lo puedo creer. Claro, va madurando y su personalidad es otra”.

Vázquez sostiene que cada vez que visita al Chuy “viene a incentivar a los gurises y me viene a saludar. La humildad sigue siendo la misma. Y yo se lo pongo de ejemplo a los gurises que dirijo hoy”.

Para entrenar hacía 34 kilómetros entre ida y vuelta desde la Barra del Chuy, donde viven aún sus padres, ya que su papá Esteban es encargado del camping con parque acuático incluido.

Los padres lo llevaban a entrenar y se bancaban todo el entrenamiento aunque hiciera frío o lloviera para hacer el viaje de vuelta hacia la Barra. A veces entrenaba de noche y los padres no se podían quedar, entonces no le quedaba otra que tomarse el último ómnibus que sale a la hora 23. Incluso hace pocas jornadas, sus progenitores estuvieron en el Campeón del Siglo en el “Día del hincha aurinegro”.

“El que faltaba a entrenar, se penaba, el segundo paso era que se sancionaba y después se desafectaba del plantel. Pero él era muy cumplidor”, agrega Vázquez.

Durante un año y medio estuvo yendo y viniendo a Montevideo y allí se le hizo un seguimiento y lo iban fogueando en Peñarol. Una vez por mes más o menos. Juan Ahuntchain fue quien dio el OK para que se quedara.

Llegó con solo 14 años al club y lo contrataron para la Séptima división. “Era un jugador que podía alternar en distintos puestos y ya de entrada se destacaba”, recuerda Ahuntchain para Referí.

Luego de hacer la escuela en el Chuy, empezó el liceo allí y tras arreglar su situación en Peñarol, se cambió a un liceo en Montevideo.

Entonces comenzó en la Séptima con Ramiro Martínez como entrenador.

Iba casi todos los días a entrenar al Centro de Alto Rendimiento (CAR) de Peñarol en Solymar. Cuando llegó a Montevideo lo hizo con Kevin Lewis y se fue a vivir a su casa cercana al Estadio Centenario. Las madres se turnaban. Una semana venía una y otra semana la otra.

Hacía muy poco que había llegado y recién se habituaba al ruido y a la vorágine de la capital. Un día iba con Kevin a tomarse el ómnibus de Peñarol que los llevaba hasta el CAR y a los dos los robaron a mano armada con un cuchillo. Le quitaron las botineras y todo lo que llevaban para entrenar. Los dos se llevaron un susto bárbaro.

“Yo lo llamaba ‘Saralegui’ porque era rubio, con el pelo llovido y jugaba como volante. Metía mucha pata, y tenía las mismas características que Mario (campeón de América y del mundo con Peñarol en 1982)”, explicó Ramiro Martínez a Referí. Y añadió: “Cuando llegó era un jugador aguerrido, de temperamento, de esos que corren y no paran, sacrificado, de muy buen manejo”.

Martín “Tato” García lo tuvo posteriormente en Quinta división y por primera vez lo colocó de lateral. Con él fue campeón uruguayo.

Busquets empezó luego el año en Cuarta con José “Chueco” Perdomo y enseguida lo subieron a Primera. Lo pidió Leo Ramos y lo hizo debutar en su último partido antes de irse a dirigir a Arabia Saudita: ingresó por su mejor amigo en el plantel, el Toro Fernández, ante Defensor, en el Franzini, en el 3-1 por el Intermedio del año pasado.

“Cuando llegó a Cuarta lo utilizábamos de cualquiera de los dos puestos, de volante o lateral. A mí me gustaba más de lateral derecho”, explica Perdomo a Referí.

En tanto, recuerda que “en una semifinal lo puse de doble 5 porque lo necesitaba y rindió”.

Y cuenta una anécdota: “Uno de los primeros partidos, jugamos con River, salimos 1-1 y fue mal expulsado. Le dije que teníamos que corregir ciertas actitudes por más que lo habían echado mal, pero casualmente, a los pocos días lo citó Ramos para Primera y en toda Primera no sufrió esa adaptación que a veces necesitan algunos futbolistas. Se adaptó enseguida. Eso es lo bueno que tienen los juveniles de Peñarol: que cuando los llaman, están preparados para jugar en el nivel profesional. Y desde allí, no bajó más ni a Cuarta ni a Tercera. Hay que recordar que él todavía tiene edad de Cuarta”.

Perdomo sostiene que cuando él lo dirigió “era un jugador que mostraba que no le gustaba perder a nada. Cometía errores al recibir la amarilla temprano y debía tener más control con esas actitudes. A veces, se desconcentraba de los partidos y cometía falta para amarilla que lo condicionaban el resto del encuentro. Yo le decía que le faltaba autocontrol”.

“Intelectualmente es un jugador que está bien preparado. Llegar se puede, lo que cuesta es mantenerse, más en el primer equipo”, agregó el técnico.

Busquets no estuvo ni en la selección sub 15 ni en la sub 17. Fabián Coito lo vio en la Primera de Peñarol y lo citó a la sub 20; era el más joven del plantel. De allí al Sudamericano de Chile de enero de este año y ahora se apronta para ir al Mundial de Polonia con Gustavo Ferreyra como técnico.

Ese es el sueño cumplido de aquel chiquilín que vendía rifas y los canelones hechos por su madre para poder viajar con su club y que después llegó a la Primera de Peñarol y al combinado sub 20.

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