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24 de julio de 2011 20:47 hs

Estos son los momentos en los que uno quisiera detener el tiempo para permanecer un rato más en este lugar. Cómo le puedo explicar a usted que los dedos me tiemblan. Que la vista se me nubla. Que los gritos me invaden. Que la gente llora a mi alrededor. Que no me quiero ir de acá. Que me resulta difícil escribir porque jamás me encontré ante esta situación de tener que contarle a usted lo que se vive. Pucha, cuántos recuerdos se cruzan por todos los caminos de la mente. Y cuánto uno puede llegar a imaginar. En cuánta gente piensa. Imagina el lunes en la escuelita de la hija con todos esos botijas que nunca vieron a Uruguay levantar una Copa. Imagina a los uruguayos que se fueron y que la sufren y la pelean a la distancia contra todo desde cualquier rincón del mundo. Imagina la redacción del diario porque la vivió en el Mundial y conoce detalles que quedan escondidos. Permítame decirle que esos tipos que escriben para usted lo hacen con el corazón abierto y también tienen sentimientos. Ahora, en este instante único me viene a la mente el barrio, la calle donde uno se crió, los amigos, el viejo. Qué sé yo, uno también pone el corazón en cada nota. Uruguay es campeón de América. Si hasta parece un sueño del que la gente no quiere despertar.

A la hora de hablar de fútbol, el juego de las especulaciones quedó de lado. El interrogante sobre qué equipo tomaría la iniciativa, la tiró al diablo Uruguay al minuto y medio de juego. El equipo de Tabárez lo metió abajo del arco a su rival. Fue un viento fuerte que se llevó todo por delante. Ahogó, no dejó ni siquiera pensar y sacó provecho del desconcierto de su rival. Al minuto la peleó Suárez y su remate lo tapó el golero Villar. Treinta segundos después, tiro de esquina y un cabezazo claro de Lugano que Ortigoza sacó en la línea con la mano. Claro penal y expulsión para el paraguayo, que el juez Fagundes desestimó.

La presión uruguaya fue tal que el rey de la defensa no pudo resistir. La pelota rondaba el arco paraguayo cuando el Ruso Pérez trabó y el balón derivó a Suárez, que la levantó por encima de la pierna de Verón y le pegó cruzado y abajo. Locura en un Monumental vestido de celeste de pies a cabeza.

El gol generó un cambio de actitud en los dirigidos por Tabárez. Se replegaron y pararon el bloque en su campo a la espera de que Paraguay fuera, pero claro, chocó siempre con el bloque defensivo de los celestes.

Debido a ello el partido bajó en intensidad. Los volantes paraguayos se rearmaron y comenzaron a presionar. Pero claro, el equipo de Martino depende del pelotazo y sin espacios muere en el intento. Apenas contó con una acción donde Haedo tiró por encima de Muslera.

Uruguay llegó menos que al inicio, pero cada vez que fue, obligó. Además contó con un Suárez intratable, el mejor de la Copa.

A los 31 minutos metió un pase formidable para Forlán entre medio de los dos zagueros. Pero Diego seguía maldecido. Su definición la tapó Villar. Cuatro minutos después otra diablura de Luis, acomodando el cuerpo ante Verón, y su remate bajo se perdió apenas afuera.

Pero a la Copa América le faltaba algo. No podía terminar así. Estaba inconclusa. Y llegó el bendito gol de Diego Forlán. El gol más esperado por todo el país. Presión de Arévalo Ríos y pase profundo, como aquella vez del Mundial. Y se terminó la maldición.

Uruguayos, cómo explicarles lo que fue esto. Cómo narrarles ese momento vivido en el Monumental. La gente se levantó y comenzó a elevar camisetas y banderas al cielo: “Olé, olé, olé, olá, soy uruguayo, es un sentimiento, no puedo parar”. Tremendo. La ilusión de la gente comenzaba a tomar forma.

El primer tiempo marcó una realidad. En la cancha quedó reflejada la superioridad del elenco celeste sobre su rival. La fría estadística lo marca: seis situaciones de gol contra una, 12 remates al arco contra uno, nueve tiros de esquina contra uno.

En el primer tramo del segundo tiempo, Uruguay puso el partido en el congelador. Su actitud no hizo más que despertar a los paraguayos que, con poco, comenzaron a ir casi por inercia ante una defensa en la que siempre apareció un pie, un rebote que favoreció y la mala definición guaraní.

El elenco de Martino inclinó la cancha por derecha y generó un par de desbordes. El primer aviso fue a los 8 minutos en una pelota donde la definición de Haedo, acompañada por la mano de Muslera, se estrelló en el travesaño. En la segunda, Muslera se quedó con el centro bajo que buscaba a Riveros.

El Maestro comenzó a mover piezas. No le gustó dejarse invadir. Mandó a Cavani con la saludable intención de terminar con la final. El equipo salió del sueño. Y se fue muriendo el juego entre la intrascendencia y la defensa uruguaya.

El partido entró en los últimos cinco minutos de una Copa América soñada para los uruguayos. Permítame volver a transportarlo a lo que se vive acá. Se para la popular: “Y ya lo ve, y ya lo ve, somos campeones otra vez”. Ochenta y seis minutos de juego. Miles de banderas se elevan. Ochenta y ocho minutos de juego, ahora sí, es tiempo de cantar “dale campeón, dale campeón”. Ochenta y nueve minutos de juego, quita el Mono Pereira, lanza a Cavani, que cambia a Suárez, que la mete de primera con la cabeza para Forlán y Diego, otra vez Diego. Los suplentes se abrazan, Tabárez lo grita desde el alma y es premio al merecimiento por la convicción en su trabajo. Uruguay es campeón. Por decimoquinta vez, para la historia. Otra vez el país se pone de pie. Cómo explicar esto. Todos festejan a mi alrededor. Y sí, déjeme decirle, se me escapa un lagrimón. Usted tenía razón Maestro, la recompensa estaba en el camino…

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