Está empezando un tiempo nuevo. Aunque la Era Progresista dejó un legado ampliamente positivo, el país enfrenta una vez más desafíos importantes en muchos planos. Tiene todas las herramientas que precisa para resolverlos exitosamente.
Está empezando un tiempo nuevo. Aunque la Era Progresista dejó un legado ampliamente positivo, el país enfrenta una vez más desafíos importantes en muchos planos. Tiene todas las herramientas que precisa para resolverlos exitosamente.
El gobierno electo tiene un jefe lúcido y dinámico, “espalda política” (amplia mayoría en las dos cámaras) y una hoja de ruta muy estudiada y bien definida. En un nivel alto de abstracción, su tarea principal es comprometer a todo el país en la mejora del clima de confianza. No hay dinamismo económico sin inversión, y no hay inversión sin confianza (de los mercados en las reglas de juego, de los trabajadores en los empresarios y viceversa). No hay buenas reformas de políticas públicas sin procedimientos que aseguren que la sociedad pueda confiar en ellas. No hay democracia sin confianza entre electores y representantes. La confianza es el cemento de las sociedades. La confianza es el pilar del desarrollo. Permítanme hacer un breve rodeo teórico.
Suele decirse que al mundo lo mueve la competencia entre actores autointeresados. No veo por qué negarlo: al fin de cuentas, la maximización del beneficio está en la base misma del éxito de dos criaturas fundamentales de la era moderna, el capitalismo y la democracia.
Sin embargo, el énfasis en la importancia de la competencia puede hacernos perder de vista la necesidad de la cooperación. Tanto en la economía como en la política, los actores cooperan elaborando las reglas que habrán de ordenar el conflicto entre ellos. La cooperación no le resta a la competencia. Por el contrario, la mejora, le agrega valor, extrae de ella el máximo provecho. Para que los actores puedan cooperar, finalmente, es preciso que confíen los unos en los otros. En última instancia, las mejores sociedades (las más dinámicas y, a la vez, las más estables) son las que minimizan la desconfianza.
Hace ya muchos años, Robert Putnam, profesor de ciencia política en Harvard, propuso un argumento de este tipo.
En Making Democracy Work (Princeton, 1993), explicó los diferentes niveles de desarrollo económico e institucional entre el sur y el norte de Italia a partir del concepto de capital social entendido como la disposición a participar y cooperar. En el norte de Italia participan, se asocian, confían. En el sur, delegan, obedecen, temen. La participación y la cooperación, explicó, requieren altos niveles de confianza interpersonal. Dos años después, en Bowling Alone, subió su apuesta intentando explicar la trayectoria de los Estados Unidos a partir del declive del capital social desde la década del sesenta. Los Estados Unidos recorridos por Alexis de Tocqueville durante la década del treinta del siglo XIX estaban languideciendo. Putnam hizo sonar la alarma. La cultura política de los primeros tiempos, caracterizada por las tendencias asociativas y la propensión a la participación, estaba batiéndose en retirada.
Más cerca en el tiempo y en el espacio, Ricardo Pascale (profesor universitario y escultor, expresidente del Banco Central), en Economía y confianza (Fin de Siglo, 2012), a partir de su propia experiencia en el equipo económico durante la primera presidencia de Julio María Sanguinetti, elaboró muy persuasivamente sobre el mismo tema. La restauración de la democracia se daba en un contexto económico muy desafiante: inflación, endeudamiento, bancos fundidos, estancamiento económico.
No obstante, rápidamente, la economía se revitalizó porque se construyó rápidamente un clima de confianza en el futuro. En pos de ese objetivo trabajaron codo a codo los principales líderes políticos de la época: “Una idea que aspira a dejar claro este trabajo es: que se pudo transitar un camino que lucía casi imposible de recorrer, en función de que los uruguayos, en sus diversos tonos y edades, nos nucleamos en torno a valores muy caros, que claros liderazgos habían señalado y había que preservar.
Para mí es claro, que la idea lleva implícita, una experiencia positiva, que puede ser de utilidad para futuras generaciones, frente a diversos escenarios”.
La conclusión de Pascale tiene una actualidad extraordinaria. Las nuevas generaciones tienen una gran responsabilidad. Todos tendremos que estar a la altura de las circunstancias. Mejorar el clima de confianza es condición necesaria, prerrequisito básico para seguir avanzando.
La “coalición multicolor” es un experimento de cooperación novedoso. Para entenderse debieron aprender a confiar unos en otros. Deberán confiar aún más entre sí para poder gobernar juntos. El Frente Amplio tendrá que asumir su responsabilidad en la construcción de la confianza.
Vuelvo a Pascale, y a los tiempos de la restauración democrática: “En el Frente Amplio, el general Líber Seregni, (…), fue una pieza clave de la recuperación de la confianza pública, que comienza ya en su primer discurso luego de liberado, (…). El equipo económico, mantuvo con él, un diálogo franco y abierto, y recibimos siempre, o su apoyo, o su atención y reflexiones a nuestros planteos”.
Vuelvo a Putnam. Él distinguía entre dos tipos de capital social: el capital vínculo (“bonding social capital”), referido a la confianza entre, y capital puente (“bridging social capital”). Precisamos más de los dos: más capital vínculo entre los socios de la coalición, más capital puente para evitar que la frontera entre nuestras dos “patrias subjetivas” se convierta en “grieta”, y la grieta en abismo.
*Doctor en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República. [email protected]