El exceso de gasto público es negativo para un sector exportador como el agro. Los impactos del exceso son de libro: tipo de cambio atrasado, competitividad perjudicada (por suba de precios de los bienes no transables), crowding out (o sea, secuestro de capitales que van a financiar el Estado a través de la deuda en vez de ir a proyectos productivos), necesidad de impuestos más altos, etc. No existe un sólo impacto positivo por tener déficits fiscales en momentos en que debido al ciclo económico sería natural tener superávits (y con esos pesos sobrantes de impuestos menos gastos comprar dólares y así mejorar el tipo de cambio y pagar deuda externa y así bajar el gasto público futuro). Estos son asuntos técnicos laudados, la ciencia económica ya generó el conocimiento definitivo.
Lo que me sorprende es que nuestro presidente defiende siempre la austeridad, y la practica en su vida privada, pero lidera un gobierno que es claramente despilfarrador. Incluso en las Naciones Unidas arremetió contra el consumismo de las personas pero no dijo nada del consumismo del Estado. Parece que la línea argumental es: está mal gastar la plata propia pero está bien despilfarrar la plata de los demás. El discurso del presidente Mujica mostró un tono pesimista y por momentos apocalíptico; pero el mundo funciona mejor que nunca en su historia. Nunca como en las últimas cinco décadas ha habido menos guerras; nunca tantos millones de personas han salido de la miseria tan rápido; nunca ha existido una conciencia tan extendida del cuidado del medio ambiente. Nunca se dieron menos hambrunas en la Tierra. Y en nuestro país las perspectivas, gracias al empuje de mediano y largo plazo de altos precios de las materias primas, son muy buenas. ¿Por qué mostrarse pesimista entonces? ¿Por qué no mostrar todo lo bueno que tenemos por delante, como país y como planeta? Yo creo que esa visión negativa se destila de una raíz filosófica nacida en el Buen Salvaje de Rousseau (mediados de 1700), el Hombre Nuevo de Marx (mediados de 1800) y hasta en el Ariel de Rodó (principios de 1900). Esta línea filosófica piensa que el hombre es esencialmente bueno pero ha quedado corrompido por la propiedad privada, el mercado y otros marcos externos. Cambiando esos marcos, el hombre volverá a ser bueno y se sacrificará intensamente por los demás. “De cada cual según sus posibilidades y a cada cual según sus necesidades”, repetía el credo marxista; “el que gana más que pague más”, dice el credo del FA y todos los días piensa en un nuevo impuesto para cobrar y un nuevo programa para regalar. Lindas utopías, principios muy queribles por personas de buena voluntad. Lástima que el mundo no funciona así. El hombre lucha por su conveniencia desde la edad de piedra; incluso los pueblos ancestrales, que en su cosmovisión no concebían la propiedad privada del sol, la luna, el agua o la tierra, se cortaban las venas por un arma, un animal o un bien codiciado cualquiera. Hay estudios que muestran que la URSS sin propiedad privada y comunista era más desigual que los EEUU con propiedad privada y capitalista.
Entonces hay que pensar diferente: el hombre se rompe el alma para mejorar él y sus seres queridos; esa es una fuerza que si se la libera, hace progresar a las sociedades y así se logra el bienestar general. Maniatar al individuo pensando en el grupo, lo que consigue es arruinar a todos, como sucedió en Rusia, China o Cuba. Pero esa visión que nuestro presidente recién expuso de criticar al mercado y al consumo, justamente está en línea con pensar que el colectivo es más importante que la persona, lo que a mí me parece equivocado. Lo importante es cuidar y proteger al individuo en el ejercicio de su libertad. Así se acepta que cada cual consuma como crea que le conviene. En la otra visión, se critica el consumo de la persona y se impulsa el consumo del Estado, dejando devaluada la libertad individual. Yo defiendo la libertad y la protección de la persona contra la presión de los colectivos; defiendo la obligación de los gobernantes de ordenar gobiernos austeros y defiendo al mercado como la mejor forma de asignar recursos de la sociedad. Defiendo que las personas deben ser responsables de llevar adelante una vida honrada sin ser una carga para los demás. El progreso de la civilización se apoya en estos principios.