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Los profesores Di Paulo y Pagola en China

Nacional > INVESTIGACIÓN

Dos profesores reconstruyen la desconocida historia de un siglo entre Uruguay y China

En 1920 desembarcó el primer diplomático uruguayo en China con el propósito de negociar un acuerdo comercial 

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13 de diciembre de 2021 a las 05:00

“A China le interesa tener un intercambio comercial con Uruguay rápido, directo y ya”. Las palabras podrían ser del embajador Wang Gang en cualquiera de las entrevistas de prensa que brindó en Montevideo durante los últimos años. Pero hay que viajar más de un siglo para encontrar a su enunciador.

Chin Lin Woo pisó Montevideo el 26 de febrero de 1919 para asistir al cambio de mando presidencial entre Feliciano Viera y Baltasar Brum como enviado especial de la República China. Allí mostró el interés del estado que representaba por entablar vínculos con Uruguay, hizo referencia a la importancia estratégica del puerto de Montevideo como entrada al Río de la Plata y destacó las bondades de la carne uruguaya. El diplomático chino hablaba español, tenía una relación con América Latina y había trabajado en Perú. Además de sus palabras amistosas, Chin Lin Woo cargó con cuatro jarrones de porcelana, dos de ellos con 500 años de antigüedad, que el oriental le obsequió al nuevo presidente uruguayo.

Por qué China mandó a un enviado a esa ceremonia, en qué medida ese hecho se explica por una relación preexistente entre Brum y Chin Lin Woo, y qué fue de esos jarrones son algunas de las preguntas que dos profesores de Historia uruguayos procuran responder en su intento por reconstruir siete décadas de historia entre los dos estados.

Desde setiembre de 2019 que los egresados del IPA, Líber Di Paulo y Georgina Pagola, avanzan en una investigación llena de lagunas en el marco de la maestría de Estudios Globales de la Shanghai University. Pero las pocas certezas que estos dos estudiantes uruguayos pueden comunicar muestra una relación que seguramente pocos conocen y que constituye una prehistoria respecto a la vida institucional que ambos estados inauguraron a partir de 1988, con el establecimiento de las relaciones diplomáticas. "La historia de Uruguay con China no empezó hace 30 años, sino que venía de mucho tiempo atrás, más de los que nos imaginábamos", señaló Pagola con la aclaración que aún son muchas las interrogantes y que su trabajo no es una conclusión sino la línea de salida.

El punto de partida de este relato, en realidad, se ubica en el siglo XIX con la llegada de un enviado de la dinastía Qing en la China imperial. Fu Yunlong, a quien se considera como el primer representante chino en América Latina, tuvo un paso fugaz por Montevideo el 2 de marzo de 1988. 

Pero fue Chin Lin Woo al primero que un gobierno uruguayo le dio credenciales. “Tenía un grado de formalidad porque Viera lo reconoce como enviado especial”, explicó Di Paulo. El diplomático no se quedó en Montevideo pero la visita y sus gestos precipitaron que el gobierno de Brum decretara, en junio de ese año, la instalación de una legación uruguaya en Beijing. Al puerto de Shanghai llegó el diplomático Vicente Mario Carrió, el 31 de marzo de marzo de 1920, acompañado por su esposa María Esther Ferrer Peláez. Tres días después se bajaron de un tren en Beijing y al cabo de un mes fue recibido por el presidente Xu Shichang.

El primer encargado de negocios uruguayo en suelo chino era un diplomático con trayectoria en diferentes países de América Latina (Brasil, Chile, Paraguay, Bolivia) y cuya experiencia dejó escrita en algunas publicaciones. Sin embargo, Pagola y Di Paulo no encontraron ningún escrito de Carrió sobre su tiempo en China. Lo que saben sobre su peripecia oriental lo consiguieron en base a documentación china, pero aún le quedan varios archivos a los cuales acceder.

Carrió instaló a la legación en una casa ubicada en Dongjiaomin, el barrio de las embajadas, en donde no había más de 20 misiones concentradas en los alrededores de la iglesia de San Miguel, entre ellas las latinoamericanas de Cuba, Brasil, Perú y México.

“Ahí, por primera vez, la bandera uruguaya flameó en territorio chino. Es el acto más simbólico e importante. Uruguay empezó el vínculo con China y eso llevará a otras repercusiones a nivel económico y cultural”, valoró Di Paulo.

Postal del barrio en donde estaba ubicada la legación uruguaya en Beijing

El diplomático uruguayo se reunió con el gobierno de la época y, en mayo de 1920, empezó a trabajar para concretar un acuerdo comercial. Cuál fue la suerte de esa gestión y sus consecuencias aún no se puede establecer con precisión en función de la información a la que accedieron los profesores uruguayos, pero hay dos datos preliminares que los orientan a pensar que ese momento fundacional generó intercambio en los años posteriores. En un documento pudieron detectar un dato del valor en oro de las importaciones y exportaciones entre Uruguay y China, al tiempo que encontraron una carta de 1934 firmada por Gabriel Terra en la que le asegura al gobierno chino que mantendrá la amistad de la que habían gozado en los años precedentes. 

Recorte del diario "Shenbao"《申报》del 1 de junio de 1920. Dice que el 31 de mayo "se llevaron a cabo en Beijing las negociaciones para la conclusión de un acuerdo comercial entre China y Uruguay en América del Sur".

El rastro de la activa vida social de Carrió en China termina en 1925. Los investigadores no pudieron determinar cómo ni dónde murió, en 1927, aunque saben que sobre el final tuvo algunos problemas personales y terminó con una internación psicológica. Para ese entonces ya había sembrado la génesis del vínculo.

“Hay cosas que son de larga duración: la confianza, la amistad, la carne, el puerto. Son cosas que siguen sonando hoy. Por eso es tan rico verlo para atrás”, afirmó Di Paulo haciendo hincapié en la voluntad política del gobierno de esa época.

El enviado de Luis Batlle Berres

Aunque aún no son capaces de hacer una reconstrucción total, los profesores intuyen que hasta el año 1949 continuó funcionando algún tipo de estructura diplomática. En uno de los documentos del Archivo Histórico Diplomático de la cancillería encontraron que Manuel Fariña era cónsul en Shanghai en 1945. 

Varios países latinoamericanos, entre ellos Uruguay, desconocieron el establecimiento de la República Popular de China en 1949. Sin embargo eso no fue una barrera para el vínculo comercial que procuró impulsar Luis Batlle Berres para la sorpresa de propios y ajenos.

Aunque dijo que hablaba como periodista y no como representante del Estado uruguayo –una salvedad difícil de asumir–, Batlle Berres le declaró a algunos periodistas en Nueva York, en el marco de la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas en 1955, que prefería al nuevo gobierno chino que al anterior y señaló que sería beneficioso incorporar a al gigante asiático en la institución internacional. “No creo que sea conveniente para el mundo que esté lejos de nosotros una nación con 400 millones de habitantes y que tiene inmensa influencia en continentes cuya población es superior a la mitad de la población del mundo”, argumentó.

La visión aperturista y pragmática de Batlle Berres escapaba, en este caso y en cierta medida, de la polarización de la Guerra Fría. En última instancia, Uruguay necesitaba un nuevo mercado y por eso designó a un agente comercial de su confianza en Beijing, el 21 de octubre de 1955, cuando el batllista lideraba el Consejo Nacional de Gobierno. Mauricio Nayberg era cónsul honorario en Hong Kong, designado el 27 de octubre de 1954, y no le costó mucho mudarse. Su misión, de acuerdo al mandato del Ejecutivo, era conseguir un acuerdo comercial rápido. 

Recorte de "La Mañana" informando misión de Nayberg en Beijing

Para China era una oportunidad para empujar su agenda, cuyo punto medular era un acercamiento hacia el establecimiento de las relaciones diplomáticas. Pero desde la cancillería le pedían cautela y le recordaban que su único propósito en el lugar era cerrar un acuerdo comercial. “Era un mismo gobierno, pero había dualidad de criterios en el apoyo”, dijo Pagola, marcando las diferencias entre el Consejo Nacional de Gobierno y el Ministerio de Relaciones Exteriores. 

En sus mensajes a la cancillería, Nayberg visualizaba que China crecería con un progreso económico inédito e insistía que Uruguay no podía darse el lujo de vender su producción lanera. “Nos estamos perdiendo una oportunidad, dentro de 15 años China será un lugar industrializado y en 40 una de las principales potencias económicas”, escribió al informar que Beijing había puesto un acuerdo a disposición que incluía tres puntos: encargados comerciales, acuerdos y la instalación de oficinas en los países. Incluso se llegó a conversar del valor de los futuros intercambios.

Pero en el Ministerio de Relaciones Exteriores, con miedo al tipo de reacciones internacionales que esa movida podía deparar, le negó la autorización para firmar y frenó la negociación.

Fariña sustituyó Nayberg en 1956 –a quien incluso lo atacaron personalmente con la acusación de responder a otros intereses–, pero para ese entonces el acuerdo ya dormía en un cajón sin una respuesta oficial uruguaya y con la crítica de los integrantes nacionalistas del colegiado. En 1957 hubo un pronunciamiento del lado uruguayo que sepultó el asunto. “Si esto no se concreta ahora pasará mucho tiempo para que pueda hacerse”, habían escrito desde Beijing en ese tiempo. Y la profecía se cumplió. 

Agencia de noticia Xinhua informando visita de Fariña en 1956

Galeano con Zhou Enlai

La política ideológica y el anticomunismo conspiraron contra el pragmatismo en la década del 60. Sin embargo, la política china de la “diplomacia popular” o el “contacto persona a persona” siguió alimentando los vínculos con representantes de la política, militantes y escritores uruguayos y de otras partes. No era una relación de gobierno a gobierno, sino un vínculo social y cultural que Beijing procuró alimentar con quien quisiera conocer su civilización milenaria.

Una delegación de seis parlamentarios uruguayos de diferentes colores políticos, presidida por Francisco Rodríguez Camusso e integrada por Zelmar Michelini y Enrique Martínez Moreno, entre otros, visitó China en octubre de 1959. Sus experiencias y visiones quedaron registradas en un libro que se publicó en 1960.

El Instituto Cultural Uruguay-China, que facilitaba estos intercambios, además invitó a militantes e intelectuales de izquierda como el maestro Jesualdo Sosa, Sarandy Cabrera, Vicente Rovetta y el escritor Eduardo Galeano, quien se reunió con Zhou Enlai, primer ministro y ministro de Relaciones Exteriores.

El escritor Eduardo Galeano con Zhou Enlai en 1963

La relación cultural entre Uruguay y “la nueva China” funcionó hasta 1971 cuando el gobierno uruguayo fue a contracorriente del reconocimiento que la República Popular de China empezaba a recoger en medio mundo. 

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