El Reino Unido ha producido economistas notables a lo largo de los años, pero John Maynard Keynes, el gurú de la intervención estatal, fue uno de verdadera trascendencia global.
Gran Bretaña, más que cualquier otro país desarrollado, ha venido aplicando las recetas convencionales de sus seguidores. Bajó las tasas de interés, aumentó el gasto público, emitió dinero a lo loco, y nacionalizó casi la mitad del sector bancario.
Sin desenterrar a Karl Marx de su tumba londinense, y ponerlo al mando, difícilmente el estado podría involucrarse más en la economía.
Los resultados serán calamitosos. La economía está planchada, el desempleo aumenta, la libra se hunde, y los mercados de bonos están poniendo al país, junto con Grecia y Portugal, en la categoría señalada como “bancarrota inminente”. En algún momento no muy lejano, hasta los discípulos más leales a Keynes tendrán que admitir la derrota, y aceptar que es necesario un cambio de rumbo radical.
El debate público sobre el estado de la economía británica se animó la semana pasada con una pelea entre economistas.
El 14 de febrero, un grupo que incluía a los ex responsables de la política del Banco de Inglaterra Tim Besley, Howard Davies, Charles Goodhart y John Vickers publicó una carta en el Sunday Times solicitando al gobierno del primer ministro Gordon Brown que controlara el déficit en rápido aumento. Si no lo hiciera, la estabilidad de la recuperación económica se vería amenazada, y los inversores venderían libras, advirtieron.
Reacción keynesiana
Esto generó una respuesta mordaz de los keynesianos, que están instando al Reino Unido a gastar para salir de la recesión. Los premios Nobel Joseph Stiglitz y Robert Solow fueron algunos de los firmantes de cartas escritas por un grupo de 67 economistas que insisten en que el gasto con déficit es la única manera de salvar la economía. Las cartas, publicadas en el Financial Times, sostenían que “un shock agudo” en este momento “sería positivamente peligroso”.
Entonces, ¿quiénes tienen razón, y quiénes están equivocados? Es un debate importante para el resto del mundo. Después de todo, si la gestión de la demanda no funciona aquí, no funcionará en ninguna parte.
El Reino Unido tiene cierta experiencia con cartas escritas en masa por devotos de Keynes. En 1981, un grupo de 364 economistas escribió una carta abierta atacando las políticas de la entonces primer ministro Margaret Thatcher. Terminaron estando totalmente equivocados, por supuesto. A posteriori, nadie puede discutir que sus políticas condujeron a un renacimiento económico duradero.
Impacto presupuestario
Y así como los keynesianos se equivocaron hace tres décadas, también se equivocan ahora.
El Reino Unido ha tenido una sobrecarga de Keynes en los últimos 18 meses. El déficit presupuestario ya supera el 12% del producto interno bruto, a la par de Grecia. Y mientras los griegos recortan el gasto, el déficit británico se amplía. Las cifras para enero mostraron otro estallido fiscal. Al mismo tiempo, las tasas de interés fueron rebajadas a 0,5%. Y la libra perdió valor, lo que supuestamente debería impulsar la demanda de bienes británicos y contribuir a achicar el déficit de la balanza comercial.
Se hizo prácticamente todo lo posible por alentar el consumo. Los resultados han sido pobres.
Las ventas minoritas, sin contar la gasolina, cayeron en enero 1,2% respecto del mes anterior, el doble de lo que pronosticaron los economistas. El número de personas que reciben beneficios por desempleo trepó a 1,64 millón en enero, el nivel más alto desde abril de 1997. La rentabilidad de la deuda pública del Reino Unido es actualmente más alta que la de los bonos españoles o italianos, un signo seguro de que los inversores están perdiendo fe en la capacidad del país para pagar sus deudas. La tasa de inflación también se aceleró a 3,5%.
Triple golpe
En realidad, Gran Bretaña tiene el peor de los mundos posibles: una economía estancada, un déficit presupuestario paralizante y precios en alza.
El consenso keynesiano es que las cosas habrían sido mucho peores sin el plan de estímulo que dio el gobierno. Y si la economía no es estimulada con una demanda inflada, volverá a caer en una recesión. Si no está funcionando, eso prueba simplemente que el estímulo tendría que haber sido más grande.
Es el argumento que siempre hacen valer los charlatanes: Si el remedio no da resultado, aumente la dosis.
Y sin embargo, la realidad tiene que entrar en este debate en algún momento. El déficit no puede ser mucho más grande, las tasas de interés no pueden bajarse mucho más, y la libra esterlina no puede perder mucho más valor.
Estimular la economía no está funcionando.
De hecho, está empeorando las cosas. Los consumidores y las empresas no quieren impuestos más altos. Una moneda que se devalúa incrementa el costo de todo lo que el Reino Unido importa, atizando la inflación. Los ahorristas están diezmados y no obstante los bancos siguen siendo reacios a prestar porque creen con justa razón que la economía está parada.
Receta para la recuperación
Lo que hace falta es un cambio total de rumbo. Controlar el déficit. Aumentar las tasas de interés para restablecer la confianza en la libra y recompensar el ahorro. Bajar los impuestos para estimular la empresa y la inversión.
Y sin embargo la verdadera lección del Reino Unido en 2010 será de una importancia mayor. Un país no puede salir de una recesión gastando. Y no puede resolver lo que en esencia fue un problema de deuda excesiva simplemente endeudándose más y más.
En el país de su nacimiento, la economía keynesiana está siendo puesta a prueba. Si la economía no vuelve a crecer a un ritmo saludable para fines de 2010, su fracaso será evidente para todos.
(Matthew Lynn es columnista de Bloomberg News. Las opiniones expresadas son personales.)