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Despertó Uruguay: de la infraestructura deportiva y su organización anclada en el pasado al salto a la modernidad

En tres décadas, Uruguay asistió a una transformación histórica

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05 de junio de 2021 a las 05:00

La imagen de ovejas pastando en el Parque Capurro (Fénix) y Belvedere (Liverpool) para mantener el césped a una altura razonable para el partido del fin de semana del Campeonato Uruguayo era una escenografía natural de los años 1990. No existía el resembrado de los campos en el fútbol uruguayo. Mucho menos el riego. El ingeniero Salvador Invernizzi, quien se especializó en el cuidado de las canchas, era un ilustre desconocido. El primero que lo llamó fue CAFO para el Estadio Centenario, en 1992. No había idóneos en el mantenimiento de los campos de fútbol. El pasto crecía naturalmente y aguantaba verde hasta que lo empezaban a potrear, porque los equipos jugaban y entrenaban en esas canchas, y con tanto andar quedaban pelados. 
El Parque Central con taludes sin asientos. Las Acacias, el estadio oficial de Peñarol –aunque jugaba en el Centenario– en la década de 1990 estaba lejos del mínimo exigible para un grande.

La cantera de los presos, como se conocía la cancha de Huracán Buceo sobre Isla de Gaspar, con tribunas de hormigón y una cabecera con una loma de pasto ideal para tomar sol y ver fútbol eran testigos del folclórico fútbol de elite de la AUF.

La infraestructura se había quedado anclada en el pasado. También la organización. En 1991 el Uruguayo de Primera lo disputaron 14 equipos, en 1992 fueron 13 y un año después 12, que jugaron 22 partidos en todo un año, y con un detalle: el campeón no iba a la Copa Libertadores. A la copa clasificaban los dos mejores de una Liguilla que tenía cinco fechas. El Uruguayo se jugaba en seis meses, de abril a octubre. 

El 9 de febrero de 1993, José Pedro Damiani, quien era presidente de Peñarol, resumió en El Observador y cuestionó la forma en que el deporte uruguayo se había quedado en el tiempo. “Hablan de empezar el 3 de abril el mismo torneo de siempre, al que la gente no va, el Uruguayo. Entonces, ¿para qué voy a gastar mis dólares en hacer grandes contrataciones, si después van a jugar unos meses, por campeonato desvalorizado y sin público en las tribunas?”. Marcelo Otero, goleador y figura de Peñarol, cobraba un salario de US$ 2.500 mensuales. Paralelamente, las características naturales de Uruguay se mantenían intactas como exportador de futbolistas. 

La selección de básquetbol entrenaba corriendo en los canteros de avenida Italia y jugaba Juegos Olímpicos y Mundiales. Prepararon el Premundial de 1997 con Víctor Berardi entrenando en media cancha del Cilindro, porque la otra mitad se llovía y tenían que colocar baldes para que no se estropeara el piso de parqué donde una semana después comenzaría torneo de FIBA América, porque Federico Slinger había conseguido la sede para Uruguay.
Biguá fue tricampeón Federal de Primera en 1990 en su cancha abierta de Vázquez Ledesma, y jugó hasta 1994 como local allí. Los extranjeros que llegaban a reforzar a los equipos en Uruguay no podían creer cómo se jugaba en esas condiciones.

Embocar en la cancha abierta de Malvín, también en el Federal de Primera en aquellos años 1990, requería no solo conocimientos técnicos del deporte sino de meteorología para calcular el efecto del viento. Tenían que tener carácter para salir en musculosa a las 10 de la noche a la cancha en invierno salir a jugar con temperaturas por debajo de 0°C.

El básquetbol se jugaba a cielo abierto. El fútbol en canchas peladas. La infraestructura deportiva era el resultado de un país que deportivamente se había quedado en el tiempo. Y nada sorprendía.

Lenta y silenciosamente el deporte fue asistiendo a una transformación histórica. Primero con las exigencias para las transmisiones de Tenfield de estadios con tribunas (para mostrar al mundo que el fútbol donde nacían las estrellas se desarrollaba en un contexto aceptable mínimo a los ojos del mundo) y campos de juego en buenas condiciones. Así comenzaron a regar la transición hacia la modernización.

La AUF dejó de dar la espalda al interior y organizar un Campeonato Uruguayo de la capital. En 1999 el fútbol se integró. A regañadientes, pero lo integraron. El Campeonato Uruguayo 2020 tuvo 37 partidos y a las copas internacionales clasificaron los mejores de esos 37 partidos.

La AUF compró su predio para instalar un complejo deportivo, y en 20 años lo transformó en un centro de elite. Actualmente los jugadores dicen sentirse como en Europa. No les falta nada. 

Gran Parque Central reinaugurado en 2005

Nacional, siempre más adelantado que el resto de los clubes después del quinquenio que sufrió en 1997, acompañó la revolución con la reconstrucción de su Parque Central, que estaba con la tribuna principal en ruinas e inhabilitada.  Morgan Martínez fue un pilar clave en todo eso. El club lo reinauguró en 2005, y lo proyectó, en etapas, hasta un estadio de 40.000 personas que está en proceso. Eso hizo despertar a Peñarol, y lo alentó a tener su propio estadio. Bajo la presidencia de Juan Pedro Damiani, con una inversión histórica levantó el Campeón del Siglo, la obra más importante que se hizo en el deporte en varias décadas.

Desde la presidencia de Nacional, Ricardo Alarcón impulso el marketing, como el fútbol no lo conocía hasta ese momento. La AUF tomó la posta, y Peñarol se subió a la idea. Hicieron crecer sus marcas.

Desde los años 2000 los clubes comenzaron a apostar a sus juveniles. Los cuidaron como tesoros, porque en definitiva un pase equivale a ingresos millonarios. Construyeron complejos deportivos. En la actualidad, todos los clubes profesionales tienen instalaciones deportivas para juveniles y primera. Invierten en infraestructura.

Tabárez plantó en la selección la semilla de la modernización de la organización deportiva.

El básquetbol prohibió las canchas abiertas para sus competencias en 1995. Exigió piso de parqué un año después, y luego evolucionó a los pisos flotantes. Hoy tiene el Antel Arena como estadio moderno.

CEFUBB

Básquetbol, vóleibol, handball, rugby, remo, tenis y fútbol tienen sus centros de entrenamiento. 

Todo ocurrió en cadena. Los clubes comprendieron que con mejores laboratorios para formar futbolistas mejorarían sus ingresos. Varios invirtieron en infraestructura, elevaron la calidad de sus productos y los precios. Otros siguen anclados en el pasado, pero pocos dudan de la necesidad de hacerlo.También cambió el modelo de negocio. Los empresarios dejaron de ser dueños de los futbolistas. Los beneficios por las transferencias empiezan a quedar en los clubes, porque las leyes regulan las transferencias y en ese círculo virtuoso aumentan los ingresos, mejora la infraestructura, se eleva la calidad del producto. Algunos buscan vericuetos para mantener el viejo orden, pero el éxito de los que hacen las cosas bien es el mejor ejemplo de que los nuevos tiempos llegaron para quedarse. 

Llegaron los gerentes deportivos. Se profesionalizó la gestión. Aparecieron los secretarios técnicos. 

En sus 10.000 ediciones, El Observador fue registrando la transformación histórica del despertar del Uruguay deportivo.

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