10 de abril de 2014 17:46 hs

En estos tiempos electorales es importante sopesar las posturas económicas que se presentan como promesas políticas referentes a temas económicos.

Uruguay es un país de centro, en materia política sin dudas, y eso se refleja en la búsqueda por parte del electorado de un centro económico. El uruguayo no es ultra, ni a la izquierda ni a la derecha, y no le atraen –a Dios gracias– los fanatismos iluminados.

Maria y José no quieren privatizaciones de empresas públicas ni expropiaciones de campos o fábricas. Fue apelando al centro que el Frente Amplio ganó con Vázquez y el símbolo fue el nombramiento anticipado de Astori como ministro de Economía. Y fue también apoyándose en el centro que el Frente volvió a ganar con Mujica, ahora con Astori como vicepresidente. El mensaje fue: esto es izquierda pero no es radical; es centro político y económico.

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Pero las cosas han venido cambiando, no de forma violenta pero sí persistente, y siempre en la misma dirección. No se nacionalizó la tierra, no se expropiaron grandes empresas, pero la presión contra el sector empresarial no cesó nunca; suba de impuestos, aumento de regulaciones y limitaciones administrativas de todo tipo, presiones sindicales apoyadas sin pudor por el gobierno, gasto público elevado pero no en apoyo de las empresas sino con el único objetivo de redistribuir a como dé lugar; manejo del tipo de cambio orientado a frenar la inflación provocada por lo anterior con la consecuencia de encarecer al país en dólares y perjudicar así la competitividad.

A ello se suma en forma más amplia el fracaso en la educación que recorta el capital humano de los nuevos trabajadores y los costos aumentados para todos por la inseguridad.

Estamos ante la situación de la rana dentro de la olla de agua con fuego lento abajo, el agua sube de temperatura pero la rana no salta nunca. Hasta que se cocina. La rana en Uruguay son las empresas y la gente que trabaja fuerte, que recibe todas las contras, pero no los beneficios de este lento y constante giro hacia una izquierda más y más radical.

Revisemos el recorrido referido al agro: se podían usar SA al portador, que podían comprar tierra sin pedir permiso a nadie; la forestación estaba exonerada de impuestos creados y a crearse según una ley votada por el cien por ciento de los parlamentarios, pero luego vino la Contribución Inmobiliaria en áreas forestadas, el impuesto a la renta. Luego se inventó el caído ICIR, luego cambiado por el ampliado Patrimonio y una larga lista de golpes.

Y ahora se habla de “el que rompe paga” (olvidando que el que rompe ya pagó ¡y mucho!), y de la vuelta del impuesto de Primaria (que se eliminó al mantener el impuesto a los semovientes), y suma y sigue. Todas en contra, siempre más impuestos, siempre más restricciones, a lo que se agrega ahora la ley de responsabilidad penal empresarial, aprobada por el oficialismo bajo indisimulada presión sindical.

El partido de gobierno ha ido así perdiendo el centro porque el centro político y económico era defendido por el Frente Líber Seregni bajo la conducción de Astori y su equipo. Pero este sector se ha desgastado mucho con los problemas de notoriedad y ya no se puede ocultar que debe votar calladamente todo lo que el eje MPP/comunistas/sindicatos decida.

Así está servida la mesa para un giro a la izquierda sea quien sea el conductor del Frente Amplio si llega de nuevo al poder. Para el agro estas son muy malas noticias y para el país también. Hay que leer bien la realidad.

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