8 de noviembre de 2014 20:30 hs

En el punto más bajo de su popularidad desde que llegó a la Casa Blanca en 2009, Barack Obama es hoy criticado tanto por los republicanos como por los correligionarios de su propio Partido Demócrata.En el ocaso de su mandato, parece la síntesis de un gobierno que había despertado un gran entusiasmo hoy convertido en desilusión.

Durante la campaña para las elecciones legislativas del martes pasado, los candidatos demócratas al Senado y a la Cámara de Representantes le huían a Obama como si estuviera infectado por el ébola. Uno a uno le fueron pidiendo a sus colaboradores en la Casa Blanca que por favor el presidente no los acompañara en sus actos de campaña.

Y el cúlmine del desmarque lo protagonizó la candidata demócrata al Senado por el estado de Kentucky que, como un Pedro redivivo, lo negó tres veces, las mismas que se negó a decir si había votado por el presidente en 2008 y 2012.

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Y así, los republicanos arrasaron en las urnas con el carro completo: Senado, cámara baja y gobernaciones. En sus últimos comicios, abiertamente planteados como un referéndum sobre la presidencia de Obama, los votantes le bajaron el pulgar.

Un mustio corolario para una presidencia que fue la esperanza del cambio (tras los infaustos ocho años de George W.Bush en la mansión de la avenida Pensilvania al 1600), cuando en 2008, un millón y medio de personas abarrotaron el extenso verde del Mall de Washington para aclamar al primer presidente negro de Estados Unidos en su toma de posesión.

De la prometedora e ilusionante “presidencia de la esperanza”, al pedestre y mediano “don’t do stupidthings” (no hagan estupideces), tal la máxima no escrita que circula desde hace unos años entre los asesores de Obama en la Casa Blanca. La famosa y confiada consigna de sus seguidores “Obama no drama” tomó esta semana un cariz ciertamente dramático.

Es cierto, como se ha dicho a su favor, que la recuperación de la economía no se hace sentir aún en el bolsillo de los votantes. Es cierto que la participación en las urnas fue el martes históricamente baja y que eso sin duda lo perjudicó. Y todas las razones que puedan esgrimirse para fundamentar el argumento de un voto movido por el factor anímico y circunstancial.

Es cierto también que sus logros no son valorados lo suficiente, como la salida de la crisis económica y de las guerras que le dejó Bush de paquete, sus políticas medio ambientales y su reforma de salud, Obamacare.

Y no se puede negar tampoco que Obama ha debido enfrentar al Congreso más intransigente con el que haya tenido que lidiar un presidente en la historia de Estados Unidos.

El ascenso del radical Tea Party en filas republicanas y su desembarco en el Capitolio en 2010 le convirtieron la política de acuerdos de Washington en una gimnasia de la obstrucción, una movilización de la parálisis. Algo que, curiosamente, podría cambiar ahora con la nueva victoria republicana, habida cuenta de que los sectores moderados del partido de Lincoln han recuperado sus espacios frente al Tea Party.

Pero las expectativas en torno a Obama al inicio de su primer mandato eran tan altas y el entusiasmo, tal vez, tan desmedido, que hoy nada parece colmarlos. Hay una sensación de desazón, de frustración, dos cosas que juntas siempre dejan un sabor a fracaso.

Y es que más allá de lo anímico, del bolsillo y de todos los factores circunstanciales, hay un veredicto sobre el carácter de Obama. Lo que le achacan sus críticos, tanto a la derecha como a la izquierda, es su debilidad. Lo perciben como un presidente débil.

Eso opera tanto hacia adentro, con el Tea Party, como hacia afuera: en los conflictos de Oriente Medio, en sus pulseadas perdidas con Vladimir Putin y, en general, en lo que hace al liderazgo mundial, que entienden debe ejercer como “el líder del mundo libre”.

Los críticos de Obama –en una convicción muy extendida entre los estadounidenses– creen en lo que se conoce como el “excepcionalismo americano”, la noción de que Estados Unidos es una construcción única e irrepetible en la historia de la humanidad y que, como tal, está llamada no solo a llevar sus ideales de libertad al resto del mundo, sino también a imponerlos cuando sea necesario.

El carácter negociador de Obama, conciliador, diplomático, a veces poco firme, y su mente excesivamente analítica no encajan en ese discurso hegemónico de primera potencia, que toca fibras sensibles en el imaginario estadounidense y que no es de ayer ni de anteayer, sino que se remonta a las épocas del “destino manifiesto”, a cuyo influjo se construyó esa gran nación.

Tal el drama de Obama. l

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