24 de enero de 2013 14:14 hs

El otro día en un programa radial de Uruguay escuché la propaganda de un “fungicida académico” que me sorprendió. Entre los atributos del producto, la empresa destacaba “respaldado por tesis de doctorado”. ¿Una empresa de insumos apoyándose en tesis de doctorado para vender mejor su producto? No me lo esperaba.

Cuando hace 20 años tomé la decisión de hacer un doctorado, no fue fácil explicar mis razones. Era como si hablara ruso o pensara en viajar a la luna. Primero explicar a mi entorno familiar, que no entendía por qué luego de una carrera universitaria debía seguir estudiando (¿cómo, no aprendiste nada?). Luego a mis compañeros agrónomos para quienes el grado ya otorgaba suficiente especialización (¿qué más precisas?). Finalmente, aunque parezca increíble, tuve que defender mi visión ante pares universitarios que sostenían que solo era necesario algún perfeccionamiento corto (¿doctores en Uruguay para qué?). En aquella época al último lugar que se me habría ocurrido ir habría sido a una radio o a una empresa vendedora de insumos agropecuarios.

Felizmente en 20 años mucha agua ha corrido bajo los puentes. El mundo tuvo cambios fenomenales y el agro en Uruguay también. Por mencionar algún indicador, no había plantas de celulosa y la agricultura de secano era prácticamente de mercado interno.

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¿Qué nos dice esta propaganda radial “del fungicida académico” sobre quiénes somos hoy en día? Muchas cosas.

Un primer aspecto es que vamos moderando el vicio criollo de intentar descubrir la rueda una y otra vez. Como decía mi profesor brasilero Francisco Araujo, la modernidad es una naranja de ocho gajos (cuatro fríos y cuatro calientes). Los cuatro “fríos” son una media naranja que comienza con la epistemología (¿cómo sabemos que sabemos?), continúa armoniosamente con la ciencia (el conocimiento teórico) y la tecnología (la aplicación práctica) para rematar en la empresa (el ensamblado, en un negocio viable).

Cuando una empresa de insumos promueve “un fungicida con doctorado”, está apoyándose en el ensamblaje ciencia-tecnología-empresa que ha funcionado en el mundo desde hace un siglo, al menos.

Este círculo virtuoso de conocimiento y aplicación se repite en los países modernos infinitas veces: cuanto más fuerte son las empresas, mayor tecnología generan y demandan, más ciencia promueven y mejor soporte filosófico debajo de esa ciencia se construyen en los centros del saber.

Un segundo aspecto refiere a la comunicación (signos y símbolos, uno de los gajos “cálidos” de la modernidad). Me parece notable que la expresión típica de la academia (una tesis de doctorado), entre positivamente en la evaluación de un productor agrícola habitualmente visto como lejano a estos asuntos. Es como si dos extremos finalmente se tocaran, cerrando un círculo de modernidad. Una anécdota graciosa cuenta que un profesor de agronomía de mediados del siglo pasado se preciaba de obtener enormes zapallos, sin apoyo de la estadística. El hecho de que la empresa de insumos de hoy sepa que apoyarse en la ciencia es relevante, nos indica el largo camino recorrido. Antes la ciencia y la tecnología eran sospechadas aun en su propio ámbito (academia), hoy son aceptadas y empleadas rutinariamente en el ámbito práctico de las empresas y mercados agropecuarios.

Un tercer aspecto refiere a quién genera esa ciencia y tecnología, quién la difunde, cómo se apropian los resultados económicos de la inversión. En los países desarrollados, particularmente en EEUU donde este sistema se construyó, la cantidad de doctores trabajando en empresas es 10 veces superior a los que trabajan en universidades. Como se orientan a tecnología (más que a ciencia), lógicamente la capacidad de generar productos y patentes en dichas empresas es significativamente superior.

Los ámbitos públicos (universidad, centros de investigación) optan por estudiar aspectos del sistema que no necesariamente son de interés de corto plazo de las empresas (como la sustentabilidad de largo plazo o las externalidades).

Esto quiere decir que los roles públicos y privados en ciencia-tecnología-empresa serán diferentes en el siglo XXI de lo que fueron en el siglo XX (como consecuencia de la modernidad). Quizá en el siglo pasado el fungicida se producía sin patente en una universidad pública, al igual que las variedades vegetales o el mejoramiento animal. Ya no.

Una reflexión a fondo sobre esto es relevante en muchas dimensiones. Quizá ayude a entender por qué no es una condena y sí una bendición que este país crezca en base a agronegocios, si nos posicionamos en una porción mayor de la cadena de valor generando innovaciones relevantes para las empresas.

O quizá también ayude a entender la relación de la futura Universidad Tecnológica a crear en el interior del país con el resto del sistema de ciencia y tecnología nacional. Aprovechemos el avance realizado para pensar con audacia en los cambios futuros de nuestros sistemas y empresas.

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