Milongas y Obsesiones > Milongas y Obsesiones / Miguel Arregui

El lento y seguro declive del dólar

Una historia del dinero en Uruguay (LII)

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03 de octubre de 2018 a las 05:02

Desde 2004, pero más claramente a partir de 2008, en medio de una fuerte crisis en Estados Unidos y otras zonas del mundo, el peso uruguayo se fortaleció frente al dólar. Fue un fenómeno que pareció imposible durante un siglo. De hecho, la moneda uruguaya comenzó a caer frente al dólar en la segunda mitad de la década de 1920 y ya no paró más: la caída se volvió rodada (ver el capítulo XV de esta serie).

Entre 1926 y mediados de 2004, el peso uruguayo, convertido en moneda vil, se devaluó 30 millones de veces frente al dólar estadounidense. Pero tras la crisis financiera global de 2008, la Reserva Federal estadounidense multiplicó la cantidad de dólares por cuatro o cinco, una cifra colosal. Esa inundación provocó la caída del valor del dólar en casi todo el mundo, incluido Uruguay. De valer más de 29 pesos a mediados de 2004, cayó a solo 18,5 a mediados de 2011.

La revalorización del peso se explica por la drástica caída de la inflación en Uruguay en la década de 1990; por la superabundancia de dólares en el mundo; por la firme recuperación económica local a partir de 2003; y por los altos precios de las materias primas y el fuerte ingreso de divisas (ver entrevista con Mario Bergara, presidente del Banco Central del Uruguay, en el capítulo anterior). 

El dólar comenzó a recuperarse con mucha lentitud en Uruguay en torno a 2013. Pero, después de diversas vicisitudes, recién dio un salto pequeño a partir de mayo de 2018, debido a la fuga de capitales en Argentina y Brasil y las turbulencias internacionales.

En suma: para paliar la grave crisis financiera iniciada en 2008, la Reserva Federal volcó al mercado una cantidad excesiva de dólares. Fue su forma de apuntalar la recuperación: con estimulantes y dopaje generalizado.

Esa política de dinero abundante y barato, pues la tasa de interés descendió en proporción, produjo una mayor demanda relativa de la moneda de otros países que por entonces estaban en buena situación gracias al auge de las materias primas, desde Australia a Brasil, pasando por Chile y Uruguay.

Las tasas de interés de esos países también eran más atractivas que las que se pagaban en los mercados tradicionales, por lo que muchos inversores se desprendieron de sus dólares y se pasaron a otras monedas, como reales o pesos.

Un barrio inestable y peligroso

La economía de Argentina se estancó ya en 2008, y la situación de Brasil comenzó a deteriorarse en 2013.

Argentina había comenzado a abandonar su disciplina monetaria (a envilecer el peso) en la década de 1930, con experimentos similares a los que se realizaron en Uruguay durante la era de Gabriel Terra y los “revalúos” de César Charlone (ver capítulo XVIII de esta serie). Pero fue durante el primer peronismo, entre 1946 y 1955, cuando Argentina destruyó definitivamente su moneda. Los incendios que vinieron después, siendo muchos, fueron variaciones cada vez más frenéticas de aquella partitura inicial.

Tras la crisis de 2001 y el fin de la “convertibilidad”, la cotización del dólar en Argentina se mantuvo en torno a 3 pesos entre el crítico año 2002 y fines de 2008. Pero a partir de entonces el gobierno aumentó la emisión de dinero para tapar sus déficits y el valor del dólar creció a gran ritmo: 3,8 pesos argentinos a fines de 2009, 6,5 a fines de 2013, 8,5 al terminar 2014, 13 a fines de 2013, casi 18 en 2017 y 40 en setiembre de 2018. En suma: una devaluación superior al 1.200% frente al dólar en diez años.

Durante el gobierno de Mauricio Macri, iniciado en diciembre de 2015, Argentina continuó financiado parte de su déficit fiscal, que es muy grande, con inflación, pero más con deuda pública. La persistencia del déficit y la desconfianza provocaron en 2018 una abultada fuga de capitales y una gran devaluación del peso.

La moneda argentina, que en la década de 1990 (después del abandono del austral y el retorno al peso) cotizaba 10 a uno frente al peso uruguayo, quedó más o menos a la par y luego siguió cayendo.

La inflación argentina, en tanto, a partir de 2007 se ha mantenido entre 20% y 45% anual, según cálculos privados —porque el gobierno de Cristina Fernández alteró los índices oficiales, “dibujando” cifras a placer.

Las cosas marcharon mejor en Brasil durante el siglo XXI, aunque siempre dentro de una tónica general de inestabilidad —económica y política— y sensación de fracaso; o al menos de terrible pérdida de una gran oportunidad histórica.

El dólar estadounidense cotizó a menos de 2 reales desde 1999 hasta 2013: casi 14 años. Pero entonces el real brasileño comenzó a depreciarse debido al abultado déficit fiscal y al fracaso de la presidente Dilma Rousseff para enderezar el barco. En febrero de 2016, cuando el Parlamento la destituyó, el dólar saltó a más de 4 reales.

Paralelamente, la economía brasileña sufrió la más grave recesión en un siglo y el paro alcanzó a más de 13 millones de personas. Pero como parecía que Michel Temer haría un ajuste duro y cerraría la brecha fiscal, el ingreso de capitales hizo bajar el dólar a poco más de 3 reales. Sin embargo, cuando la economía brasileña iniciaba su recuperación, a fines de 2017, llegaron nuevas bataholas políticas, como la prisión y proscripción de Lula y la ausencia de un candidato presidencial promercado fuerte, que promovieron la fuga de capitales y debilitaron otra vez la moneda.

Las elecciones nacionales de los próximos días (7 de octubre de 2018) son uno de los grandes acertijos de la historia brasileña, particularmente llena de emboscadas. La economía, intimidada por la imprevisibilidad política, se parece a un poderoso resorte encogido, listo a soltarse con gran fuerza, o a contraerse aún más.

El dólar en Uruguay

A terminar 2017, el dólar estadounidense valía 28,76 pesos uruguayos, más o menos lo mismo que en setiembre de 2002, en plena crisis económico-financiera, quince años antes. No ocurría semejante estabilidad desde que en 1862 el gobierno de Bernardo P. Berro creó el peso uruguayo equivalente a 0,967 dólar, un tipo de cambio que se mantuvo estrictamente hasta la segunda mitad de la década de 1920.

En el promedio de todo el año, la cotización del dólar cayó 4,7% respecto a 2016. Se debió a que los grandes inversores, desde bancos a Afaps, optaron por pasar sus dólares a pesos para obtener más rentabilidad colocándolos en papeles del Banco Central. La autoridad monetaria alardeó de sus compras en 2017 por alrededor de 3.500 millones de dólares, más del 6% del PBI, “a efectos de evitar que el cambio de portafolio resulte en presiones excesivas sobre el tipo de cambio”.

Pero, en realidad, el Banco Central puede hacer muy poco frente a las corrientes financieras globales.

Cuando las economías emergentes se complicaron en la primavera boreal de 2018, el dólar repuntó rápidamente en Uruguay. Pero Brasil y Argentina devaluaron aún más rápido y Uruguay queda cada día más caro en dólares: un “atraso” cambiario y altos costos internos que están asfixiando al sector productivo (ver el capítulo LI de esta serie).

La lenta decadencia del dólar

El dólar ciertamente es una moneda muy mediocre. 

Los acuerdos de Bretton Woods de 1944, que de hecho impusieron al dólar como la moneda universal, fijaron un ancla cambiaria de 35 dólares por onza de oro fino (ver el capítulo XXIII de esta serie). Por entonces, en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, cuyo final ya era cierto, Estados Unidos representaba casi el 50% del PBI mundial. Esa significación ha caído desde entonces, naturalmente, pero el producto estadounidense aún representa entre el 15% y el 25% del total mundial, según cómo se lo mida.

Empapelar el mundo para continuar financiado un modo de vida por encima de sus posibilidades ha sido un privilegio estadounidense. Todos quieren dólares, y la Reserva Federal se los proporciona con mucho gusto.

“Cansado del ‘exuberante privilegio americano’, según el cual sistema permitía que los ciudadanos estadounidenses disfrutaran de una moneda fuerte que sostenía su alto nivel de vida subsidiado por las demás naciones (aunque también les permitía a éstas exportar competitivamente hacia Estados Unidos), el gobierno de Charles De Gaulle anunció en 1967 que Francia haría efectiva la convertibilidad de sus reservas en dólares por oro”, se cuenta en Historia institucional del Banco Central del Uruguay, de Julio de Brun, Ariel Banda, Juan Andrés Moraes y Gabriel Oddone (2017). “La ‘traición francesa’ no fue el único movimiento en esa línea, pero sí probablemente el más llamativo. Onza tras onza, el respaldo aurífero de los dólares en circulación fue decreciendo”.

Finalmente, incapaz de sostener la creciente cantidad de dólares con sus reservas, en 1971 el gobierno de Richard Nixon suspendió unilateralmente la convertibilidad y devaluó su moneda.

Hoy la onza de oro fino vale cerca de 1.200 dólares, lo que da una pauta imperfecta de la caída de la moneda de Estados Unidos.

Que el dólar conserve su estatus de moneda de reserva se debe más a la ausencia de un desafiante cierto que a las buenas políticas de la Reserva Federal. Ni el euro o el yuan chino, dos monedas también débiles, le han hecho mella significativa. China es el mayor tenedor de bonos estadounidenses, con lo que contribuye a sostener el sistema. Pero el lento declive de la potencia dominante también indica que un día el predominio del dólar acabará.

Próxima nota: La formidable irrupción del bitcoin y el dinero electrónico

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