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El Indio Olivera es toda una institución en Los Aromos

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El multicampeón que no quedó en Nacional, es caudillo de Peñarol y fue carnicero: la vida del Indio Olivera

El multicampeón que no quedó en Nacional, se fue llorando de Peñarol a los cinco días, regresó manejando una cachila Ford T, voló a Spencer en una práctica, es caudillo, fue carnicero y volvió a vivir por el club: la vida del Indio Olivera

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08 de enero de 2022 a las 05:00

Plantaba boniatos en la chacra en la que se crió, quería ser ‘9’, cuando llegó a Peñarol fue a vivir a la pensión histórica de Ejido y Durazno y duró cinco días, porque extrañaba y se fue. Lo fueron a buscar en un taxi hasta su chacra. Cuando iba a entrenar, caminaba 24 cuadras de ida y otras 24 de vuelta para llegar a la ruta a tomarse el ómnibus. Con el tiempo, su padre le prestó una cachila que tenía, una Ford T de 1923 con la que se ahorraba la caminata, la dejaba en la ruta, se tomaba el bus y a la vuelta, se volvía desde la ruta en ella. Walter Olivera, el Indio, tiene una historia que contar.

Una rareza: el Indio Olivera, con la camiseta de Peñarol, y sin barba

En su primera práctica con el plantel principal, tuvo que marcar nada menos que a Alberto Spencer. Lo trancó con todo y lo hizo volar. Ahí pensó que lo echaban de Peñarol. Con el paso de los años fue caudillo del equipo con el que ganó siete Campeonatos Uruguayos, la Copa Libertadores y la Intercontinental de 1982. Previo a un clásico, se llevó a dos compañeros a concentrar en su casa. Cuando dejó el fútbol, fue carnicero, entre otras cosas, y una de sus mayores emociones fue ver su foto gigantesca que está dentro del Estadio Campeón del Siglo, además de encontrarse en el Paseo de las Glorias.

Bengoechea, Olivera y Cedrés, dirigen la parte deportiva actual de Peñarol

“Nací en el Hospital de Pando porque mis padres vivían en la zona de Atlántida, en el campo, entre la ruta 8 y 11. Ahí estaba la cancha de La Palmita que fue mi primer club. Viví en esa chacra hasta que me fui a jugar al fútbol a los 17 años”, recuerda Olivera para Referí.

Iba a una escuela rural, la número 169 de Sosa Díaz y ayudaba a Demetrio, su padre. “Plantábamos boniatos, papas, tomates, teníamos bueyes y tractor”. Gumersinda, su mamá, ordeñaba la vaca, pero también le enseñó a hacerlo. “Tomaba la leche recién salida de la vaca”.

Walter Olivera y Nelson Gutiérrez enfrentando con Peñarol a Juventus en un amistoso en Italia

Por su zona, no existía el baby fútbol, entonces jugaba picados en la escuela, y con amigos en las chacras. Después fue a La Palmita que estaba en liga regional de Soca. Hacían pelotas de cuero con un tiento con una cámara adentro. “Le pasábamos cebo para que cuando se mojara, no se estropeara. Me gustaba jugar de ‘9’. Mi padre no me dejaba jugar hasta los 13 o 14 años, porque decía que me pegaban. Comencé en la Reserva de La Palmita de ‘9’ porque yo cuando jugaba a la pelota solo, transmitía y gritaba los goles. Siempre tenía el delirio de la pelota y llegar a Montevideo. De ‘9’ no hacía goles, no tenía mucha movilidad, cabeceaba de vez en cuando. Terminó el campeonato y en verano, se hacían campeonatos comerciales con los almacenes, y en Sosa Díaz, donde me crié, hicimos un equipo para jugar contra otros boliches. Fueron armando el equipo y faltaba un zaguero. Me decían Daniel que es mi segundo nombre. Y me dijeron: ‘Daniel, jugá vos de back derecho’. ‘¿Y qué hago?’, les contesté. ‘Las que vengan por ahí, sacalas’. Y La Palmita me volvió a llamar para que fuera y jugué de zaguero".

En el presente, Olivera trabaja en la parte deportiva aurinegra junto a Bengoechea y Cedrés

Sergio Blanco, aquel golero de Peñarol que era de Parque del Plata, habló con el Gaucho Moreira, quien lo fue a ver y así fue a practicar a Peñarol.

Pero unos meses antes de eso, lo llevaron a Nacional a entrenar al Parque Central. “Llegué con un bolsito y cuando el que me llevó habló para ver si podía entrenar, el técnico le dijo que ya estaban todos los jugadores elegidos y que no iba a hacer más prácticas y me volví. No recuerdo quién era el entrenador”, cuenta.

Una amistad que perdura con los años: el Indio junto a Fernando Morena en el estadio de Luque, en Paraguay

Pero, como se podrá ver, su estancia en Peñarol no fue fácil. Lo alojaron en la pensión de Ejido y Durazno de Peñarol, aguantó cinco días y se fue llorando porque extrañaba. “Era realmente un gaucho que extrañaba la tierra. Le pedí a Sergio Blanco que me llevara hasta el ómnibus y me fui para mis pagos. Quedé en volver el lunes, pero no fui más. Recuerdo que estaba en casa y el jueves llegó un taxi en el medio del campo y decía quién puede ser. Se bajó el Gaucho Moreira, yo me quería esconder.  Lo atendí y me dijo que me precisaban, y así me convenció. Arreglamos que viajaba todos los días hasta casa. Caminaba 24 cuadras por día para llegar a la carretera a la Ruta 8, iba con botas porque era campo abierto y cuando llegaba a la carretera, ahí me cambiaba. Segundo González era el técnico. De noche lo mismo, otras 24 cuadras hasta casa”, recuerda.

Walter "Indio" Olivera con la vincha con la que jugaba a veces defendiendo a Peñarol, y sin barba

Pero al menos, a veces su padre le podía prestar una cachila que tenía, una Ford T de 1923 que marchaba perfectamente y no había podido comprarle cubiertas. Con un sueldo que cobró en Peñarol, se las pudo poner y empezó a salir por otro lado, hacia la Ruta 11 en el paraje La Chinchilla, cerca de Atlántida. “Dejaba el cachilo en la ruta, me tomaba el ómnibus para Montevideo, y a la vuelta, volvía a llevarme el cachilo hasta casa. Le hice pintar los guardabarros negros y el resto amarillo para hacer bulla, como que jugaba en Peñarol (se ríe a carcajadas). Cinco años después, en 1974, me compré un Fiat 850”.

Un día lo subieron para entrenar con el plantel principal. Nunca había estado en Los Aromos y se encontró con figuras señeras como Alberto Spencer o Tito Goncálves.

Pero claro, a él nadie le había dicho que entrenara de otra forma a la que estaba acostumbrado. Entonces, por más Spencer que se llamara, cuando lo encontró por primera vez en la cancha, lo trancó con todo, a su estilo, y lo hizo volar.

Walter Olivera marcando a un delantero de Milan en la Supercopa de Campeones jugada en el Estadio San Siro de Italia en junio de 1981

Así lo recuerda: “Es como si lo estuviera viendo ahora. Lo tranqué fuerte y le pegué en la rodilla. Fue bastante violento y además él se quedó revolcando en el suelo. Me asusté, dije, ‘acá me echan, me matan’. Creo que fue Roque Máspoli quien me dijo que me aguantara, que era una práctica, pero yo seguí igual”.

Debutó en 1972 contra Cerro en el Centenario porque el plantel principal de Peñarol estaba de gira y no pudo volver. Dice que tiene “un cuaderno guardado con todos los zagueros que jugué y formé dupla, y con los goleros. Lo hice pensando en (Ladislao) Mazurkiewicz a quien tenía de ídolo cuando era un muchachón, lo escuchaba por la radio. Después jugué con él y me quedó para toda la vida. No solo fue compañero, sino amigo”.

En su casa no había luz eléctrica y con los primeros pesos que hizo en Peñarol compró un televisor a batería y una heladera a querosén: “La heladera nos dio un muy buen resultado, porque antes de tenerla, para enfriar una bebida, había que ponerla en un pozo con agua en la chacra. Mi padre tenía muchos motores a nafta que tenían un dínamo y con eso cargábamos las baterías. Con la batería bien cargada, el televisor duraba cuatro o cinco horas. La imagen se iba achicando a medida que se gastaban. Con un piolín, prendíamos el motor para cargar la batería con un dínamo, y así podíamos seguir viendo la tele”.

El Indio Walter Olivera llora emocionado junto a Nelson Marcenaro luego de haber ganado la Copa de Oro con Uruguay en 1981

En una práctica en Las Acacias, estaba el jugador de Primera Luis Varela. Olivera jugaba de pelo largo y vincha y en una jugada, fue fuerte contra un compañero que cayó fuera de la cancha. Varela preguntó: ‘¿Quién es ese indio?’, y desde allí le quedó el apodo para siempre.

En Peñarol tuvo referentes en todos los aspectos. Uno de ellos fue el técnico Hugo Bagnulo. “¡Pah! Era un sabio por las vivencias que había tenido, las depositaba todas en el entrenamiento. Era un adelantado. Veo que hoy se trabaja con juegos, figuras, formas de jugar, y el Hugo en aquel momento, era de jugar con punteros y sus trabajos eran durante varios minutos con ellos de varias formas. Aparte tenía todo aquello que era lo humano. Si tenía que hablarte fuerte, lo hacía, y si te tenía que dar un beso, te lo daba. Lo mismo que Roque Máspoli, dejabas la vida en la cancha por todo lo que te había dicho, aunque no trabajaba tanto en la cancha. Fueron los dos más grandes que tuve, aunque hubo otro montón que me marcaron cosas”.

Fernando Morena, Walter Olivera y la Copa Libertadores ganada en 1982

Su amistad con Fernando Morena y su familia sigue hasta hoy. “Fue el adelantado del gol. Mucha gente habla de los goleadores de años atrás y yo vi muchos, pero como Fernando, ninguno. Fue algo impresionante. No era torpe con la pelota, tampoco un exquisito, pero del gol, era un adelantado. Jugué muchos años con él, siempre entrabas ganando 1-0. Fue algo monstruoso lo de Fernando, a pesar de que nadie lo cuidó, como tampoco a (Waldemar) Victorino. Porque ahora las leyes del fútbol son cuidar a los delanteros. El zaguero casi no se puede tirar al piso a trancar una pelota. Fernando y Victorino, se cuidaban ellos de que no le pegaran o le pegáramos. En las prácticas lo cuidábamos: ‘Al Potrillo hay que cuidarlo’, nos decía Bagnulo, y lo tapaba cuando dormía de noche. Y era verdad, era el que nos hacía ganar los partidos y algún pesito como premio”.

El Indio Olivera festeja junto al presidente de Peñarol, Washington Cataldi, la obtención de la Copa Libertadores 1982

El Indio también recuerda al presidente Washington Cataldi. “Era muy inteligente. Arreglaba todas las cosas sin que el jugador se enterase. Muchos años después, nos enteramos que dejó parte de su patrimonio dentro de Peñarol. Tuvo mil ideas increíbles, como la creación de la Libertadores y el Mundialito. Era otro adelantado”.

En momentos difíciles que se vivían en el club, -“porque no siempre fue todo bárbaro en Peñarol ya que hubo malas rachas, no solo en el juego, sino en el tema económico”- explica, tenían problemas para cobrar el sueldo y no se concentraba, y de alguna manera había que intentar ganar los partidos.

“En los días previos a un clásico, me llevé para casa a Juan Vicente Morales y a Víctor Diogo, para que concentraran allí. Éramos muy peligrosos si quedábamos fuera de la concentración, gente joven que capaz que no nos cuidábamos lo suficiente. Y les dije: ‘Vamos para mi casa y comimos un asadito tranquilos’. Pasamos la noche y nos fuimos al otro día a Los Aromos. Fue muy bueno porque nos sirvió. Nos hizo ser más amigos todavía. Ese clásico lo ganamos”, indicó.

Los dos capitanes de Peñarol y Gremio antes de la final de la Libertadores de 1983: Walter Olivera y Hugo De León, rivales, pero amigos, ya habían ganado con Uruguay el Mundialito en 1981

En los clásicos, tuvo duelos importantes ante rivales complicados. Dice que “Victorino era un jugador difícil, era el gol que tenía Nacional, no le podías dar ventaja, siempre estaba donde no lo veías. Tengo una gran amistad con él y con Wilmar Cabrera con el que tuvimos grandes batallas, pero él era más de ir al físico, más de lucha. En mi primer clásico, enfrenté a Artime y me hizo el primer gol después de haberlo marcado toda la tarde. El técnico me había pedido que lo marcara porque era goleador, y me anotó al final. Después vino Palito Mamelli que también era difícil de marcar”.

Y cuenta una anécdota con otro delantero de Nacional. “Fuimos un miércoles a Chile para jugar por la Copa y estábamos defendiendo un córner y Fernando (Morena) me pisó el dedo chico del pie y me lo fracturó. El domingo era el clásico y quería jugar, y el médico consiguió que un dentista me hiciera algo de acrílico para ponerme allí. (Hebert) Revetria me buscaba el dedo, y yo me había puesto un zapato más grande en el otro pie para que los rivales pensaran que estaba fracturado en el otro. Cuando terminó el clásico le dije ‘Hebert, te equivocaste de pie, era el otro’. Cada vez que nos encontramos, nos reímos de eso”.

Walter Olivera fue uno de los últimos caudillos que tuvo Peñarol

Se venía la definición de la Libertadores de 1982 y el Indio y Morena vieron que el ambiente de unión con sus compañeros en Los Aromos, no era el mismo. Habían salido unos televisores chicos que los distintos futbolistas se llevaban a sus habitaciones. Nadie se quedaba a confraternizar, a jugar al billar o al truco. A hablar, en definitiva. Entonces los dos hablaron con Bagnulo y el profesor Jorge Kistenmacher para pedirles permiso para prohibir que los futbolistas se retiraran antes hacia sus cuartos, y así fue.

Peñarol llegó a la final de la Libertadores de 1982 tras haber dejado por el camino a rivales tremendos como San Pablo, Gremio, River argentino y Flamengo que venía de ser campeón el año anterior, con Zico y casi toda la selección brasileña. Pero llegó la final de ida contra Cobreloa en el Centenario y empataron 0-0.

“Después de haberle ganado a todos los que le habíamos ganado, pienso que nos dormimos un poco pensando en que Cobreloa era un partido fácil porque era un equipo nuevo, como que no existía. Pensábamos que era más fácil, pero lo más fácil se hizo difícil. No perdimos esa copa por milagro, por el milagro de Fernando (Morena) en la hora con ese gol en la revancha”, reconoce.

Walter Olivera en el medio de otros dos capitanes campeones de América y del mundo: William Martínez y Néstor Goncalves

Allí se lesionó el tobillo y pasó con el pie “metido en un balde con hielo, y le poníamos sal, vinagre, de todo para tratar de curarme”. Llegó la segunda final contra Cobreloa en Santiago y lo debieron infiltrar por el dolor: “El partido terminaba y empatábamos, por lo que había que ir a Buenos Aires a jugar una tercera final. Yo ya sabía que no iba a poder jugar, porque tenía el tobillo hinchadísimo y con mucho dolor. Pero ese gol de Fernando me salvó y no hubo tercera final”.

Días antes de la final de Santiago, la revista El Gráfico lo juntó con otros grandes como William Martínez y Tito Goncalves.

“Ahí conocí a William como persona. Con el Tito fue otra cosa porque ya teníamos una muy buena relación. Justo hoy le escribí a los muchachos de 1982, ‘entramos en los 40’, por los 40 años que se cumplen de aquella copa. No podía creer que estaba con esos dos monstruos”, reconoce.

Walter Olivera encabeza la salida del equipo de Peñarol en Tokio previo a enfrentar a Aston Villa de Inglaterra por la final de la Copa Intercontinental 1982; detrás suyo viene Juan Vicente Morales

Luego llegó la final de la Intercontinental en Tokio ante Aston Villa de Inglaterra. El Indio dice que fue “como más fácil. Nosotros queríamos la Libertadores porque habían pasado 16 años y la gente nos pedía la copa. Cuando se dio, fue como que nos liberamos de algo y rápidamente vino la Intercontinental a jugar con un rival que no conocíamos, tampoco a los jugadores. No fuimos con una responsabilidad tremenda, y eso nos llevó a ganar esa copa. Disfrutamos mucho más el festejo acá en Montevideo con toda la gente que había esperándonos que en el partido mismo. Tomamos conciencia cuando vimos a la gente al costado y arriba del techo del ómnibus que nos llevó al Centenario repleto”.

Peñarol formado para jugar ante Aston Villa la final de la Copa Intercontinental 1982

Olivera fue a una gran cantidad de giras con Peñarol por Europa y todo el mundo. “Estoy tan agradecido a Peñarol que no tengo palabras. De chacarero, a jugar al fútbol, a recorrer el mundo con Peñarol, fue algo impresionante. Estuve 14 años en el club. Fueron muchos viajes y Peñarol me mostró el mundo. En casa no había teléfono y le mandaba cartas a mi mamá desde Europa, pero yo llegaba antes a la chacra que las cartas” (se ríe).

El Indio Olivera, de Peñarol, va con todo arriba ante Peter Withe, uno de los delanteros de Aston Villa

Le tocó marcar a grandes jugadores y entre ellos cuenta que alcanzó a jugar un partido contra Alcides Ghiggia cuando este jugaba en Danubio. “Él tenía sus años y yo era un gurí. Lo marqué como si fuera cualquiera, pero sabiendo que era Ghiggia, una gloria. Fue en Jardines. Después lo tuve como ayudante técnico del Pepe Ethegoyen en Peñarol. Era un pedazo de pan”.

Y ya que habla de Etchegoyen, cuenta una anécdota que vivió con él. “Fue quien me puso de capitán en Peñarol. Me vio que no estaba bien. Estábamos concentrados en Los Aromos y me dijo: ‘Indio, vení, vamos a caminar un poco’. Salimos a caminar alrededor de la cancha, averiguó todo lo que me pasaba y me dijo: ‘Te quiero alegre, con ganas’. Ahí le expliqué los problemas que había tenido con el técnico anterior que éramos amigos, pero no nos llevábamos bien en el juego, que era Luis Cubilla, y me contestó: ‘Vos hace tiempo que estás acá y mientras esté yo, vas a ser el capitán’. Eso fue una inyección, una vitamina terrible. Y empecé a jugar con muchas ganas que me las dio el Pepe Etchegoyen que fue otro de mis padres futbolísticos. Fue uno de los cracks que tuve”.

Walter Olivera, el capitán de Peñarol, con la Copa Intercontinental de 1982

Mientras tanto, ya jugaba en la selección uruguaya, con la que se fue de gira previa al Mundial de Alemania 74. Pero faltando menos de un mes, le fracturaron la tibia contra Australia.

“Me duele más ahora o con el pasar el tiempo que en aquel momento. Yo vivía en una nube. Era titular de la selección uruguaya que iba a jugar el Mundial de Alemania. Cuando me fracturé, quedé mal, pero no me puse a pensar. No pensé que nunca más iba a poder jugar un Mundial, que fue lo que me faltó. Me hubiese gustado jugar un Mundial”, expresó.

El Indio Olivera en la final del Mundialito, marcando a Luizinho de Brasil, con quien dos años después serían compañeros en Atlético Mineiro

Años después llegó el Mundialito en Uruguay contra los campeones del mundo. “Lo tomé con mucha responsabilidad y como algo muy bueno para Uruguay. Vinieron selecciones tremendas. La gente nos acompañó desde el estadio hasta San José luego de ganar la final. Fue algo impresionante. No había camisetas de clubes, solo la uruguaya. Lo más especial es lo que disfrutó la gente, porque se vivía un momento político muy complicado. Estaba bueno libertarse un poco y salir a gritar por Uruguay, por tu país. Eso lo logramos con la selección del Mundialito. Nos sentimos muy queridos por la gente”.

Uruguay ganaba 1-0, pero llegó un penal del Indio a Sócrates que le daría el empate a Brasil.

Victorino celebra el 2-1 ante Brasil en la final de la Copa de Oro y detrás suyo, el Indio Olivera sale disparado en el festejo

Así lo recuerda: “Fue el momento más difícil de mi vida, porque pensé que el estadio se me caía arriba. Pensaba que la gente me echaba toda la culpa a mí y en realidad, la tenía. Por suerte después ganamos”.

Llegó la posibilidad de emigrar al exterior luego de 14 años y se fue a jugar a Atlético Mineiro en el que fue recibido como un grande y hasta el día de hoy lo llaman y le mandan obsequios.

El Indio Olivera rodeado de los hinchas uruguayos en el foso nuevito en aquella época, cuando terminaba de ganar el Mundialito con Uruguay

“Me llevaban a hablar con los juveniles por mi experiencia. Tenía compañeros espectaculares como Nelinho, Luizinho, el arquero Joao Leite, Paulo Isidoro -estos últimos tres, jugaron contra mí en la final del Mundialito- y Eder. Ganamos el estadual. En su momento, no sé ahora, fui el goleador histórico del equipo entre los zagueros”, cuenta.

Luego de una gira por Europa, el técnico renunció y cuando volvían a Brasil, los jugadores le pidieron al presidente que el Indio fuera el técnico. “Y anduvimos bien, ganamos el campeonato. Hace pocos días, llamé a Nelinho y estuve como media hora hablando. Me hice muy amigo. Nunca en toda mi vida vi a nadie que le pegara mejor a la pelota de como lo hacían Nelinho y Eder”.

El equipo de Atlético Mineiro con grandes figuras: Joao Leite, Nelinho, Toninho, Luizinho, Miranda y el Indio Olivera; abajo, Catalau, Heleno, Paulinho, Marcos Vinicius y Eder.

Olivera tenía y tiene una personalidad muy fuerte. Cuando enfrentaba a los argentinos, habituados a saludar con un beso desde la década de los años de 1960, él les estiraba la mano. Besos, no.

También le pedía a los jugadores que no se afeitaran ni que se lavaran los dientes.

Una reliquia que atesora entre sus recuerdos más íntimos el Indio Olivera: en 1985 con Atlético Mineiro, jugó el Trofeo de Ámsterdam en Holanda y en la foto aparece con un muy joven Frank Rijkaard y con el notable Johan Cruyff quien se iniciaba como técnico; en esa gira, el entrenador de los brasileños renunció, y el plantel le pidió al presidente de Mineiro que nombrara al Indio como DT, cosa que sucedió

“Al Bola Lima lo dirigí en Tercera de Peñarol. Un día le dije: ‘Bola, dejate de embromar, no te laves los dientes y no te afeites para así parece que tuvieras más carácter’, y Pablo (Bengoechea) siempre me comentaba que él le contaba: ‘El Indio me decía que no me lavara los dientes y le respirara a los rivales en la cara’”.

Es uno de los recios que tuvo Peñarol en su historia y ganó todo. Pero hubo una noche en que las piernas le temblaron.

El Indio y Robert Lima, a quien dirigió en las inferiores de Peñarol

“Cuando vi mi foto enorme dentro del hall del Estadio Campeón del Siglo, me temblaron las piernas, se me movió el piso. No lo puedo creer todavía, porque el Campeón del Siglo es muy grande. Peñarol es muy grande y que una foto esté ahí y que dure toda la vida, que la hayan visto mi esposa y mi hija, me movió el piso. Y también que esté en el Paseo de la Gloria con todos esos monstruos, sinceramente no lo puedo creer. Algo hice por Peñarol, pero no tanto”.

Tres capitanes campeones de la Libertadores con Peñarol a través de los años: Walter Olivera, Néstor Goncalves y Eduardo Pereira

Cuando dejó el fútbol, buscó suerte como entrenador y lo hizo en Central, Rampla, Juventud, las juveniles de Peñarol y fue ayudante de Roque Máspoli y de Luis Garisto en la Primera del club.

Pero más allá de eso, con un primo compró una carnicería que estaba en Avenida Italia y Caldas y él la atendía. Se ponía el delantal blanco y se animaba a cortar las reses para las vecinas y vecinos que eran clientes. “Eso duró un tiempo hasta que después puse una mueblería con mi suegro en Empalme Olmos y luego la tuve en Salinas hasta que me llegó la edad de jubilarme”.  

El Indio Olivera hablándole al plantel de Peñarol el año pasado

No obstante, en Peñarol lo fueron a buscar en diciembre de 2020 para trabajar en la parte deportiva junto a Bengoechea y a Gabriel Cedrés. “Me devolvieron la vida”, dice. Y añade: “La hinchada de Peñarol siempre fue buena conmigo y me reconoció. Pero estar dentro del club y que el plantel me acepte, siendo más veterano, ser un amigo más, no es fácil. Este año que pasó, realmente los muchachos me trataron como uno más y eso me devolvió la vida. Siempre les digo a los veteranos, ‘no se jubilen, traten de hacer algo’. La jubilación viene con un montón de cajas de medicamentos y ahora tomo una pastilla cuando juega Peñarol”. 

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