8 de noviembre de 2014 15:53 hs

Nadie duda de que lo que ocurrió aquella noche del 9 de noviembre de 1989, cuando en una conferencia de prensa el miembro del Politburó Günter Schabowski anunció que “inmediatamente” se cancelaba el pedido de visas para pasar de un lado a otro de Berlín comenzaba una nueva etapa en la historia. Nadie duda de la trascendencia de esa caída, que aunque duró un par de años y no apenas una noche como se la caricaturiza, cerraría una etapa que había comenzado 28 años, dos meses y 27 días antes. Medio siglo después, empero, las huellas no se han borrado.

Dentro del perímetro de la muralla de concreto había quedado Berlín Occidental, una isla en el mar de la República Democrática Alemana (RDA), bajo dominio comunista. Los encerrados vivían mejor que los otros, pues la República Federal de Alemania (RFA) se encargaba de mantener el estatus, en gran medida con propósitos políticos. Del otro lado, en cambio, los dramas económicos aumentaban: desde la fundación de la RDA en 1949 y hasta 1961 se habían fugado 2,5 millones de pobladores del este, en gran medida jóvenes cualificados para el mundo laboral. Ante la falta de mano de obra, algunas empresas se habían retirado de la zona, dejando más gente sin actividad.

Hoy en día cualquiera que recorra las calles de la RDA podrá palpar los avances consecuentes de la reunificación, concretada formalmente en 1990 con el Tratado de Unidad. Sin embargo, en muchos ciudadanos de lo que antes era la Berlín comunista persiste un vago sentimiento de decepción, en parte debido a que la situación en el oeste sigue siendo claramente mejor.

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Un estudio del Instituto de Estudios Económicos de Berlín (DIW), con motivo de los 25 años de la caída del muro llega a la conclusión de que, desde el punto de vista económico, la reunificación ha sido un éxito, pese a que persistan diferencias. Actualmente el producto interior bruto (PIB) per cápita del este es el 71 % respecto al del oeste, la productividad el 79 % y los ingresos disponibles el 83 %. En 1990 la productividad del este era un tercio de la occidental, y el PIB per cápita menos de la mitad.

Pero persisten diferencias más grandes en el fondo, pues la riqueza es muy diferente en las dos partes del país: el patrimonio de los habitantes del este de Alemania equivale al 44 % del de los alemanes occidentales. Eso implica que, mientras que cada alemán occidental tiene, de media, un patrimonio de € 153.000, los alemanes del este disponen en promedio de € 67.400 por ciudadano. Y eso a pesar de que el patrimonio de los del este tuvo un crecimiento del 75 % desde la reunificación.

Cuestión de sentimientos
Lo verdaderamente problemático, según el estudio, no ha sido el desarrollo “sino las expectativas poco realistas de que pronto surgirían paisajes florecientes”.

Con esa frase se recuerda en el informe el discurso que pronunció el canciller de la unidad, Helmut Kohl, el 1º de julio de 1990, con motivo de la unión monetaria y económica entre las dos alemanias. “Con el esfuerzo común pronto conseguiremos que Mecklenburgo-Pomerania, Sajonia-Anhalt, Brandeburgo, Sajonia y Turingia (las regiones del este) sean paisajes florecientes en los que merece la pena vivir y trabajar”, dijo Kohl.

Lo que vino a corto plazo, sin embargo, fue algo distinto; la pérdida de productividad drástica del este trajo consigo el cierre de empresas y un alza del desempleo, con lo que los ciudadanos de la antigua RDA se vieron confrontados a una experiencia que desconocían. En 1991 el paro en el este era del 10,2 %, frente al 6,2 por ciento del oeste. En 2005 en el este el desempleo se había disparado hasta el 20,6 %, mientras que en el oeste la cifra se situaba en el 11 %.

Más tarde, en parte por los efectos de las reformas de la llamada Agenda 2010 que puso en marcha el gobierno de Gerhard Schroeder, el desempleo empezó a disminuir hasta situarse, según los últimos datos de setiembre de 2014, en el 5,8 % en el oeste y en el 9,1 % en el este.

En todo caso, la situación inicial produjo una segunda ola migratoria del este hacia el oeste y los que se iban eran precisamente los más jóvenes y los mejor preparados. Entre 1989 y 1997 el este de Alemania perdió un millón de habitantes, aunque las migraciones internas se han reducido desde entonces y en 2013 hubo incluso un saldo neutral.

El problema del paro masivo fue combatido con grandes transferencias financieras y prestaciones sociales que aliviaron las necesidades de los ciudadanos del este desde el punto de vista económico. Según un estudio de la Universidad Libre de Berlín, la reunificación ha costado hasta el momento alrededor de € 2 billones, cifra que incluye esas transferencias, los diversos programas de incentivos económicos, los proyectos y traspasos para equilibrar el nivel de vida de todos los estados federados y las subvenciones europeas.

A nivel subjetivo las diferencias también se perciben. Según un estudio de la Fundación Hertie presentado esta semana, el 64 % de los berlineses sostiene que hay diferencias, no ya entre las dos partes del país sino entre las dos mitades de la ciudad.

Mientras que en 2009 sólo el 24 % de los habitantes de la ciudad decía que no apreciaba diferencias entre el este y el oeste, la cifra ha subido ahora a un 36 %.

Tal vez uno de los mejores diagnósticos de la reunificación alemana, a 25 años del momento en que comenzó a relanzarse, sea la frase pronunciada en el marco de ese estudio por la socióloga Michaela Kreyendfeld, colaboradora del Instituto Max Planck de Demografía: “El muro en las cabezas empieza a desmoronarse, aunque no ha desaparecido del todo”. (Basado en agencias)

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