30 de septiembre 2017 - 5:00hs

El pragmatismo y el olfato político de la sobria canciller alemana Angela Merkel contribuyó sobremanera a que el sólido buque que capitaneó durante 12 años nunca encallara y avanzara a buen puerto, pruebas irrefutables de que nadie como ella tiene la pericia para conformar un nuevo gobierno, pese a que le esperan complejas y delicadas negociaciones por el retroceso electoral de las fuerzas en el poder y un avance inédito de una extrema derecha de corte nazi.

La victoria de esta hija de un pastor protestante para un cuarto período de gobierno, es un signo de que los alemanes optaron por la estabilidad que ofrece la "Madre Angela".

Y que, más en general, representa un esperanzador rayo de luz para los valores de la democracia liberal hoy algo magullados por los populismos –de todos los colores ideológicos– y los nacionalismos xenófobos.

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Su partido político, el conservador Unión Demócrata Cristiana de Alemania (CDU), y su aliada Unión Social Cristiana de Baviera (CSU), obtuvo el 33% del apoyo popular, lo que representa la victoria más débil desde un largo tiempo, ocho puntos porcentuales por debajo del triunfo de 2013, cuando se creía que Merkel –y lo que ella representa en la política alemana– era invulnerable en el ring electoral.

Pero no. Las fuerzas conservadoras de la política del país de Bismarck, los grandes partidos y la propia Merkel, serán también vistos como corresponsables de una tenebrosa realidad que recogerán los libros de Historia: por primera vez desde la segunda guerra mundial, un movimiento político que reivindica buena parte del siniestro programa del nazismo será parte del Bundestag, el poder legislativo que además tiene funciones de control del gobierno federal.

Y nada menos que con 93 diputados, que la convierten en la tercera fuerza del parlamento.

Es preocupante que una fuerza política que reivindica el papel de los soldados alemanes en la gran contienda bélica del siglo XX, y se muestra empática con un siniestro gobierno que ejecutó un programa de extermino racial, empieza a dar señales de que es una opción de poder, aunque por ahora solo podría ser una idea de una novela del escritor francés Michel Houellebecq.

Merkel demostró que tiene la sagacidad suficiente para ser elegida como futura canciller y poner en marcha un gobierno de coalición que de continuidad a la locomotora europea de fuerte crecimiento de la economía, muy bajo desempleo y superávit presupuestal.

Ya lo hizo con éxito en las elecciones de 2013, en que tampoco tuvo el respaldo electoral necesario para lograr una mayoría parlamentaria y, junto a sus socios de siempre, concretó un sólido acuerdo bicolor con el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD), algo que no podrá repetir por la malograda votación de esta fuerza de centroizquierda.

Y Merkel se acomodó sin nervios a una atmósfera política más de izquierda que sus ideas originarias y que se reflejó en una política de brazos abiertos con los emigrantes, el cierre de las llaves a la energía nuclear y su anuencia para la aprobación del matrimonio entre homesexuales.

Pero ahora el péndulo oscila desde la izquierda hacia la derecha y seguramente ella, tan impertérrita como siempre, liderará un gobierno más conservador, pero en la justa medida para atraer a los votantes desencantados que apoyaron a la peligrosa ultraderecha de Alternativa para Alemania. Mucha suerte, Merkel.

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