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El resurgir del Sodre: aciertos y errores en la era frenteamplista

En noviembre se cumplió una década de la reapertura del Auditorio Nacional. Montevideo recuperó así su escenario y los cuerpos estables del Sodre se encargaron de hacerlo brillar, pero tampoco faltó la polémica

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21 de febrero de 2020 a las 11:12

"El 21 de noviembre de 2009 será recordado como uno de los días más importantes para la cultura uruguaya en lo que va del nuevo milenio”, escribió el periodista Rodrigo Ribeiro en las páginas de espectáculos de El Observador. Fue en la edición del día siguiente al que después de 38 años de silencio, la esquina de Mercedes y Andes volvió a tener sonido.

Aquella noche, con la presencia de las máximas autoridades de gobierno en plena campaña electoral –que luego sentaría a José Mujica en el sillón presidencial–, la Orquesta Sinfónica y el Coro del Sodre le devolvieron la música a un escenario que se había consumido por el fuego y el peligro de un posible derrumbe.

Pero para poder celebrar aquella noche hubo que sumar casi cuatro décadas de idas y vueltas, un cúmulo de voluntades políticas e impensados ajustes de presupuesto. Finalmente en el 2009 el Auditorio Nacional reabrió sus puertas.

En los últimos 10 años el Sodre se reconvirtió en un polo cultural fundamental para el desarrollo de las artes en Montevideo. Uruguay pasó a jugar en las grandes ligas dentro de la escena del ballet internacional, se consagraron figuras y se germinaron leyendas. El público acompañó: entre 2010 y 2019 pasaron por esas butacas más de 2.252.000 espectadores, según cifras proporcionadas a El Observador por la dirección del Auditorio, de las pocas que la institución tiene sistematizadas. 

 

La historia de esta última década entre los pasillos del Auditorio también trajo varias polémicas y sinsabores; acusaciones de mala gestión, renuncias que nunca terminaron de aclararse y  un puñado de reestructuras que atentaron contra el desarrollo de las artes.

Sin embargo, nada de lo que pasó puertas adentro se coló arriba del escenario. En estos diez años, el trabajo dentro y fuera del Auditorio brilló.

El veredicto es unánime: nunca antes el Sodre había producido espectáculos de estas dimensiones.

Algo de historia

Para empezar a con este ingrato ejercicio de pasar raya y balancear, primero hay que ir un poco más atrás en el tiempo.

El Sodre nació en 1929. Fue entonces cuando la radiodifusión se alió con el arte para llevar la cultura a todos los rincones del Uruguay, confinada –incluso más que ahora– a la capital. Esa alianza quedó sellada con la firma de la ley número 8.557 que dio origen al Servicio Oficial de Difusión Radio Eléctrica, Sodre. Desde su fundación, el objetivo siempre fue la transmisión de la cultura buscando un “mejoramiento espiritual de los habitantes del país”.

Llegaron así  la Orquesta Sinfónica en 1931, el Coro Nacional en 1934, y el Ballet Nacional (que primero fue Cuerpo de Baile) en 1935. Luego las escuelas de formación.

El fuego se encendió en 1971 y se comió al Auditorio. La dictadura, dos años después, dejó que las cenizas se convirtieran en silencio.

Fue la vuelta a la democracia, con el gobierno de Julio María Sanguinetti, la que puso la piedra fundamental de un proyecto de reconstrucción que empezó en 1985 capitaneado por Adela Reta, ministra de Cultura en ese momento. En 1989 comenzaron las obras. El camino fue largo.

En 2005 Eneida De León, actual ministra de Vivienda, asumió la dirección de Arquitectura dentro de la Intendencia luego de haber colaborado con el proyecto de reconstrucción del Teatro Solís. Sumando voluntades políticas del entonces presidente Tabaré Vázquez y el director de Cultura, Gonzalo Carámbula, De León comenzó a trabajar pensando en abrir el Auditorio cuanto antes. “La gente nos decía que una sala como la del Sodre iba a quedar vacía ahora que el Solís estaba funcionando. A los años nos encontramos con esas mismas personas en los pasillos del Auditorio y nos reímos”, recordó la ministra en diálogo con El Observador.

En 2006, la Secretaría General Iberoamericana, liderada por el uruguayo Enrique Iglesias, invirtió los fondos necesarios para terminar la obra. Dos años después, en 2008, los Ministerios de Transporte y Obras Públicas y de Educación y Cultura (MEC) dieron el impulso definitivo para finalizar las obras con varios apoyos.

Finalmente, cuarenta años después del incendio, en 2009, el Auditorio Nacional reabrió sus puertas con dos salas (la más pequeña, la Hugo Balzo, demoró unos meses más) y puso en marcha una maquinaria que durante décadas estuvo estancada.

Montevideo volvía a tener su escenario.

El lustro de Julio y el ballet como buque insignia

“Voy a dedicarme a lo que más me gusta: dirigir y enseñar”. Esas fueron las palabras de Julio Bocca en 2010 durante su presentación como director artístico del BNS, algunos meses después de la reapertura del Auditorio. Ese mes la compañía cumplía 75 años. Ya entonces los periodistas que cubrieron la conferencia de prensa aseguraron que se fueron de ahí con la percepción de que los objetivos del maestro ya estaba claros. “Bocca trabajaba en un organigrama a tres años con espectáculos, convenios e invitados especiales, pero, sobre todo, giras internacionales y locales”, publicó El Observador.

Era el mismísimo José Mujica, presidente de entonces, el que quería tener a Bocca al frente del ballet.

 

Con el respaldo del poder Ejecutivo, el argentino empezó a construir una compañía que encendió la vida dentro del Auditorio. Su intención era hacer brillar el trabajo, no solo de los bailarines, sino también de todo el resto de los artistas en los cuerpos estables.

El plan parecía perfecto, pero llegaron los problemas.

En agosto, Bocca tuvo que suspender su primera fecha por un paro de la Confederación de Organizaciones de Funcionarios del Estado (COFE). Así empezó esa rispidez entre el director y los sindicatos que se extendió por años.

En paralelo con los conflictos, el Sodre retomó sus giras por el interior del país, una práctica que tenía abandonada. En 2010 el BNS visitó 15 ciudades del Uruguay profundo. Desde entonces las giras son cada vez más exitosas. 

En 2011 llegó el gran salto y la compañía bailó en España e Italia. Entonces, Bocca dijo: “Para nosotros es como cuando Uruguay llegó a cuartos en el Mundial”.

A un ritmo abrumador y soportado en viejas glorias, el ballet recuperó su lugar en el estrellato cultural nacional.

Y llegó la Riccetto.

En abril de 2012, la bailarina marcó tarjeta por primera vez en los ensayos del BNS. El responsable directo de este logro también fue Bocca. Solo su nombre al frente de la compañía tuvo el peso suficiente para hacer bajar a María Noel desde el norte, de los aplausos del American Ballet Theatre. El final de esta jugada pasará a los libros de historia: Riccetto como la cara visible y máximo exponente, no solo de la danza, sino también de cierta idiosincrasia uruguaya.

Al año siguiente reapareció la venta de abonos para las funciones del Auditorio. Por su parte, el BNS, conectado a su director, obtuvo licencias y permisos complejos para presentar obras modernas que hasta el momento solo una compañía en América Latina –el Teatro Colón– había tenido chances de interpretar. En el camino, los montajes del Ballet Nacional empezaron a seducir nuevos ojos, ojos jóvenes. Cifras elaboradas por la Facultad de la Cultura de la Universidad Claeh dijeron que casi el 60% de los espectadores de ballet no superaban los 50 años y que el 20% los había visto actuar por primera vez.

Entre 2015 y 2019, más de 212.190 espectadores pudieron empaparse de cultura gracias a las llamadas “políticas de público”, programas de democratización cultural e inclusión. Al centro de Montevideo llegaron espectadores desde la periferia urbana, escuelas rurales y de muchos lugares más.

 

En paralelo a los éxitos, los conflictos entre Bocca y el resto de los cuerpos estables persistían. Uno de los puntos más álgidos fue en julio de 2013. La compañía ya tenía más de 18 mil entradas vendidas para El lago de los cisnes con la participación de la Orquesta Sinfónica cuando desde el Sodre anunciaron que los músicos no iban a participar. “El régimen dentro del BNS es dictatorial. Bocca no permite la actividad sindical”, declaró el primer violín del cuerpo estable en pleno conflicto salarial.

De esta forma, a medida que el ballet crecía, referentes de otros cuerpos estables comenzaron a denunciar que estaban siendo descuidados.

Así se encendió la mecha de la crisis interna. 

Años complicados a la interna

Luego de un 2015 consagrado como uno de los años más fuertes para el Sodre en recaudación y democratización de la cultura, el 2016 –con Vázquez en la presidencia y María Julia Muñoz al frente del MEC– empezó con una seguidilla de renuncias dentro del Auditorio.

La primera fue en mayo cuando Gerardo Grieco renunció a la dirección general, un cargo que mantuvo desde 2012. Gireco fue una figura fundamental durante los primeros años de vida del Auditorio.

 

En declaraciones a la prensa el gestor dijo que se iba más que nada porque se había “cumplido un ciclo”. “Ya hice lo que tenía que hacer y ahora es otra etapa”, apuntó. Pero con el tiempo, aflojó el hermetismo. Esto dijo en una entrevista publicada en diciembre de 2018: “Yo quería ir hasta la luna. Quería que el teatro fuera el ejemplo mundial de gestión de teatros públicos. Pero bueno, hay cosas que están mal y no cambiaron de la vieja cultura del Sodre; más allá de eso fuimos lejos y volamos alto”.

Una lectura posible respecto a los dichos de Grieco sobre “la vieja cultura del Sodre” podría ser todos los aspectos vinculados al fideicomiso. Esta modalidad de financiamiento permite poner a funcionar a una institución pública bajo régimen privado, que es como funciona hoy una parte del Sodre; el ballet y los talleres técnicos, por ejemplo.

Esto quiere decir que se habilita a la institución a manejar dinero con mayor libertad, pero respetando las responsabilidades de estar usando fondos públicos. Es un recurso que permite dar agilidad a la dinámica cultural y una herramienta potente para la gestión artística porque permite, entre otras cosas, contratar bailarines extranjeros todos los años o desvincular a aquellos que no alcancen determinado rendimiento. Ambos factores se consideran claves para el impulso de una compañía como la uruguaya.  

 

“El fenómeno del BNS no hubiese sido posible sin el fideicomiso”, dijo Grieco a El Observador.

De hecho, fuentes consultadas vinculadas al Auditorio aseguraron que este modelo de manejo de fondos fue un requisito que Bocca exigió para aceptar el cargo.

Incluso hasta hoy, las fuentes dijeron que en el Sodre conviven dos culturas, la del fideicomiso y la del empleado público presupuestado. Dos culturas en constante choque.

Durante años, antiguos consejos directivos intentaron impulsar una reforma para pasar todo el Sodre al régimen de fideicomiso, pero a pesar de las intenciones y la voluntad política, el proyecto quedó trunco. 

En setiembre de 2016, la ministra Muñoz le pidió la renuncia al ese entonces presidente del Sodre, Jorge Orrico. La explicación que se dio en ese momento fue que Orrico tenía una mala relación con el resto del directorio.

En diciembre, la situación interna fue incontenible y saltó a la esfera pública. Los involucrados hablaron de “un cambio de rumbo” y de “cambios en el ciclo institucional” que implicaban “ir para atrás” en el desarrollo del Sodre.

Julio Bocca renunció en agosto de 2017.

 

“Se necesita un golpe para hacer un cambio. Ya me cansé de solucionar problemas, me cansé de gritar, de tener que ser siempre el malo de la película. El resto del teatro necesita tomar una decisión, ver a dónde quiere ir, y no estar siempre detrás del ballet, aunque por mi parte voy a seguir haciendo todo para que el ballet sea el primero”, dijo en una entrevista con el diario argentino La Nación.

Las culpas apuntaron en todas las direcciones, pero sobre todo recayeron sobre la poca capacidad de reacción del consejo directivo y el MEC.

La situación pública se volvió más inestable cuando el director de la Orquesta, Martín García, renunció a los pocos días con una carta lapidaria.

Una parte de la misiva decía: “Me vi en el centro de un teatro fracturado en que los intereses de unos son opuestos a los de otros, ante la imposibilidad de ejecutar un calendario que se confeccionó hace casi un año, ante el desamparo para resolver problemas técnicos, organizativos y funcionales que planteé hasta el hartazgo, y con un cuerpo orquestal cuyo lugar y propósito parecen no definirse nunca”.

En octubre de 2017 el semanario Búsqueda publicó que catorce jerarcas presentaron su renuncia o fueron apartados del cargo en varias de las dependencias del Sodre y en poco más de un año. El tema llegó al Parlamento.

Doreen Ibarra –actual presidente saliente del Sodre– se comprometió entonces a montar una orquesta de tiempo completo. Hasta ahora la Ossodre sigue compartiendo músicos con la Filarmónica de Montevideo y sus integrantes trabajan medio horario en un régimen incompatible con el resto del funcionamiento del Auditorio.

 

Antes de la crisis institucional, en marzo de 2017, el Auditorio Neilly Goitiño –sobre la Avenida 18 de julio– inauguró la Sala B, dedicada al cine nacional y latinoamericano. 

La calma luego de la tormenta

Luego de una danza de nombres mal manejada, en noviembre de 2017 se confirmó que el español Igor Yebra sería el sucesor de Bocca. Con un liderazgo distinto y un manejo público más discreto, Yebra consiguió enfriar la situación interna, al menos a nivel mediático. Y cosechó muchos de los logros alcanzados por su antecesor.

En todo este tiempo, los precios de las entradas apenas cambiaron. Hoy por $ 60 se puede acceder a un espectáculo de nivel internacional que cuando recorre el mundo cobra en euros.  

Dentro de la gestión Yebra, se destaca el montaje de El Quijote del Plata en 2018. El español también articuló la inminente producción de La tregua, una adaptación de la obra de Mario Bendetti que dará que hablar con la coreografía de Marina Sánchez, la música de Luciano Supervielle y la dramaturgia de Gabriel Calderón. La obra se estrena en setiembre en Montevideo y ya está vendida en varias ciudades de Argentina. Esta es la prueba evidente de lo que construyeron el Sodre y el BNS fuera de fronteras. 

En el ínterin se sumó Diego Naser como nuevo director de la Orquesta. Sin embargo, y a pesar de una gestión que revitalizó como nunca antes a la Ossodre, el músico será cesado a fin de mes, según publicó Búsqueda. “Es una decisión del gobierno saliente, el nuevo no tiene nada que ver con esto. Estoy resignado a que el Uruguay desprecie los proyectos de excelencia artística que se le plantean por incapacidad política”, dijo. A las horas, el sindicato de la orquesta lo declaró persona non grata por "los agravios inaceptables y constantes" y "el desprecio a los derechos laborales" de los músicos. Naser, en tanto, dijo a El Observador que el sindicato se comporta como una "corporación" y que recibió múltiples amenazas de muerte en un caso en el que se involucró hasta la Interpol.  

Los nuevos rumbos

El repertorio del BNS en esos años –uno de los grandes legados de Bocca– encantó al público y a la crítica. Los números de asistencia por año a los espectáculos de ballet se dispararon. En 2010 fueron 49 mil espectadores y en 2017 se alcanzaron los 108 mil, a su vez que se duplicó el número de funciones. Algo parecido sucedió con el resto de los cuerpos estables. La Orquesta, por ejemplo, volvió a tocar en escenarios del exterior luego de varias décadas sin poder hacerlo.

A su vez, el Sodre se convirtió en la sede de eventos multitudinarios como las charlas TedX, los premios Graffiti y la Montevideo Comics. Al mismo tiempo, fue el escenario elegido por artistas internacionales de alto perfil y será el que reciba la histórica vuelta de Jaime Roos en agosto de este año.  

En diciembre de 2019, luego de la victoria de Luis Lacalle Pou en las elecciones nacionales, se designaron nuevas autoridades. Las primeras versiones hablan de Martín Inthamoussu –gestor y coreógrafo– en la presidencia del Sodre y a Adela Dubra –periodista cultural– como vicepresidenta. Todavía falta que la cartera confirme al resto del consejo directivo y oficialice los cargos. 

Más allá de los ribetes internos, las subidas y bajadas, las entradas y salidas, existe una certeza: la cultura lo trasciende todo, incluso a la política.

Y el público de este lado está agradecido. 
 

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