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Elogio de las jineteadas

La barbarie está en los carros de Montevideo y no tanto en las "criollas"

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27 de abril de 2019 a las 05:03

El naturalista inglés Charles Darwin, quien recorrió el territorio uruguayo en 1832, describió con asombro la calidad de los jinetes, capaces de enlazar, montar y amansar potros a campo abierto. El italiano Giuseppe Garibaldi, una de las figuras más importantes del mundo en su tiempo, que combatió por la “República de Montevideo” entre 1842 y 1848, contó en sus memorias: “El hombre es rarísimo, verdadero centauro”.

Es probable que los equinos hayan sido introducidos en territorio oriental por Juan Ortiz de Zárate, en 1574, incluso antes que los vacunos.

Desde entonces la simbiosis de los criollos (descendientes de colonos europeos, indios, negros y mestizos) con sus caballos fue completa.


Los caballos fueron decisivos para el desarrollo de la ganadería, y luego de la agricultura, como animal de tiro, junto a los bueyes. Los caballos también fueron piezas esenciales en el transporte de bienes y personas, en las guerras por la independencia y en los conflictos civiles, para cargas a lanza, sable y boleadora, o bien para el transporte de infantes, que luego combatían a pie, como en 1897 o 1904, debido al creciente predominio de las armas de tiro rápido, como el fusil Mauser y la ametralladora Colt.

Esa cultura ecuestre, que describieron tantos viajeros, ahora está moribunda. La mecanización desplazó al caballo. Ya hay poco lugar en los campos para grandes y bellas potradas. Su uso quedó restringido a ciertas tareas rurales, en las que no tiene rival, o a exhibiciones y competencias, como el turf, las pencas, raids, enduro y jineteadas.

En las primeras décadas del siglo XIX se exportaban por el puerto de Montevideo más cueros de yeguarizos que de vacunos, contrariamente a lo que se cree.

En 1852, tras la desastrosa Guerra Grande, que arrasó con la ganadería, el primer censo pecuario mostró que sobrevivían 1.800.000 vacunos y 1.100.000 caballos. Ahora, más de un siglo y medio después, hay 12 millones de vacunos y sólo 409.000 equinos.


En Uruguay se faenan más de 2,3 millones de vacunos al año, para consumo interno y exportación, y apenas 40.000 equinos, cuya carne se exporta, como plato gourmet, hacia Rusia, Bélgica, Holanda, Francia, Italia o Suiza.

Todas las culturas ecuestres, de grandes espacios ganaderos abiertos, desde Australia a América del Norte y del Sur, celebran la habilidad de sus jinetes: cowboys, llaneros, huasos, charros, gaúchos, gauchos. En Uruguay, las “criollas” son muy comunes en el interior, aunque las más concurridas y publicitadas ocurren cada 1º de Mayo en Palmitas, Soriano, y en Semana Santa o de Turismo en la Rural del Prado, en Montevideo, y en el Parque Roosevelt, Canelones.

En abril de 1925 se celebró la primera “Semana Criolla” en el Prado. En cierta forma fue un nuevo triunfo de la civilización burguesa, que arrimó la paisanada rebelde a las luces del centro. Por entonces Montevideo y su área metropolitana representaban menos del 30% de la población del país. Tres décadas después ya sería más del 50%: una catástrofe demográfica única, fruto del estancamiento económico y de la centralización.

Las jineteadas son un deporte de habilidad y coraje, aún más rudo que la caza, la pesca o el fútbol, con los que compite por la afición de la paisanada. Los buenos jinetes son héroes en la campaña y en los suburbios de los pueblos. Ellos se golpean hasta lo indecible: quiebran sus huesos, pierden dentaduras e incluso la vida. Algo parecido ocurre a los caballos, aunque el resto del año viven mejor que el quintil más bajo de la sociedad uruguaya.

Nuevas sensibilidades y culturas se abren paso gradualmente y ponen en entredicho esas prácticas, o liman sus filos más salientes. Muchas veces esas sensibilidades son chuecas: cuestionan las jineteadas, de una violencia aguda aunque puntual, mientras toleran la vergüenza permanente de los carros sobrecargados, tirados por caballos consumidos; y conviven en casas y apartamentos con miríadas de gatos y perros castrados y emperifollados.

En los últimos 100.000 años el homo sapiens se expandió por el planeta y cambió el ecosistema a su gusto. Los seres humanos se multiplicaron, acabaron con la mayor parte de la flora y de la fauna original, y repoblaron con las especies que les sirven. El paisaje uruguayo de hoy es muy distinto al que halló Solís en 1516, hasta el pasto. 

Paradójicamente, entre las especies favorecidas por los humanos y esparcidas por el mundo, estuvieron los vacunos, los lanares o los yeguarizos, originalmente débiles y escasos. Ellos, por sí mismos, no tienen chance alguna de sobrevivir, como no podrían sobrevivir el chancho gordo o la gallina lenta. Si no fuera por su significación económica o estética, la naturaleza los acabaría sin piedad. Quien cree que el caballo es un animal bravío, es porque no le ha visto la cara al tigre.

Tiene razón el intendente de Canelones, Yamandú Orsi, cuando dice: “No se si no me gusta ser caballo de jineteada”. 

 

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