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En el mágico mundo del US Open

El tenis en su máxima expresión: espectáculo y deporte con el sello estadounidense

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10 de septiembre de 2017 a las 05:00

Por Carolina Delisa, invitada a Estados Unidos

Cuando empieza el último Grand Slam del año en Estados Unidos, el subte que va de Manhattan a Flushing Meadows, en Queens, va más repleto de lo habitual. Una multitud se baja como en manada y camina un largo trecho hasta llegar a la sede del US Open, el USTA Billie Jean King National Tennis Center.

Los estadounidenses tienen una gran capacidad para hacer de todo un motivo de consumo, un espectáculo, que termina siendo mucho más que un torneo de tenis para seguidores del deporte.

No es necesario ser un fanático. Al parque, con más de 20 canchas de todo tipo –abiertas, con gradas, sin gradas y hasta un megaestadio techado para 23 mil personas–, se le suman las actividades que hay a lo largo de todo el día que nada tienen que ver con el tenis.

Exposiciones, bares, restaurantes, carritos de comida rápida entre cancha y cancha, locales de ropa de las marcas más emblemáticas de Estados Unidos, tiendas de regalos o un espacio especial, ahí sí, donde los hinchas y aficionados pueden jugar de manera virtual mientras esperan que llegue la hora para ver el partido que les interesa.

El que va al US Open sabe que no es solo tenis y posiblemente pase allí gran parte del día.

Takashi Curd y Dione Christie son dos de los estadounidenses que desde hace más de una década no se lo pierden, y cada vez que se acerca la fecha compran sus entradas para ver la final del torneo.

Pagaron más de US$ 1.000 para tener las butacas más altas del estadio. "Es un esfuerzo", dijo la fanática a Referí, y acto seguido sacó a relucir una de sus recientes compras: un gorro rosado que dejaba constancia de su participación del 2017 en el US Open.

El público que asiste no es de élite, pero tiene que tener la capacidad para pagar entradas. Para el Arthur Ashe, por ejemplo, los precios van desde US$ 70 y los lugares más privilegiados pueden costar hasta US$ 10 mil en la final del torneo, que en este caso se disputará este domingo.

Además, tienen que estar dispuestos a comprar a precios bastante más inflados de lo común. Desde una hamburguesa hasta un souvenir o una prenda de ropa, los precios duplican e incluso triplican los montos de los productos que se venden afuera del predio.

La transmisión que monta ESPN, dueña de los derechos de TV (y que invitó a periodistas de toda América, incluido Referí), también es parte del show, lo que le permite tener transmisión en vivo desde las más de 20 canchas donde se desarrolla el torneo.

Un grande mundial

El debut de Roger Federer, en la primera semana del US Open –el martes 29 de agosto– en el estadio techado, el Arthur Ashe, generó todo un espectáculo en el segundo día del US Open. Es el estadio de tenis más grande del mundo y las casi 23 mil butacas llenas alentaban la entrada del suizo, bastante más que a su contrincante, Frances Tiafoe, un joven estadounidense de 19 años que sus compatriotas lo ven como una promesa para el futuro del tenis.

Fue el partido más esperado del día. Desde temprano en la mañana la lluvia no dio tregua y la mayoría de los partidos se suspendieron, pero eso no impidió que miles de personas se mantuvieran en el USTA Billie Jean King National Tennis Center –sede del US Open– comiendo, mirando exposiciones de autos Mercedes Benz o comprando souvenirs.

Sobre las ocho de la noche, los paraguas se amontonaron en los alrededores del estadio e iban desapareciendo de a poco a medida que los fanáticos se acomodaban en sus asientos.

Cerveza o Coca Cola en mano, panchos, hamburguesas o papitas, y la mayoría se mantenían en silencio a la espera de que entraran los jugadores. Cuando llegaron, el griterío fue tal que los hinchas dejaron atrás el comportamiento pacato que podía esperarse de quienes siguen el deporte.

Después que empieza el partido la tranquilidad vuelve. Carteles alrededor de las tribunas piden a los espectadores que hagan el menor ruido posible mientras los jugadores se enfrentan y lo más llamativo es que, pese al fanatismo, los asistentes cumplen.

Pero este fue un partido atípico. Federer empezó sufriendo, perdió el primer set y el partido se extendió a cinco. La diferencia de edades y de experiencia entre los contrincantes –el suizo le lleva 17 años al estadounidense– no incomodó a Tiafoe, que le jugó el partido de igual y llegó a un punto en que el público parecía dividido y celebraba a la par las victorias de uno y de otro.

Un grande local

Después de un espectáculo con uno de los mejores tenistas del mundo en un estadio de lujo, cualquier otro partido en el resto de las 22 canchas que tiene el predio del US Open queda sin tanto brillo.

Pero los líderes locales haciendo lo suyo afuera tiene su encanto. Ahí estaba el uruguayo Pablo Cuevas, que había tenido que cancelar su debut el día anterior a raíz de la lluvia. Esta vez le tocó enfrentarse bajo el sol ante el bosnio Damir Dzumhur. En una cancha con público reducido de no más de 100 personas, algunos pocos, en acentos rioplatenses y centroamericanos, lo alentaban.

Terminó perdiendo los tres sets y se fue enseguida de la sede del US Open sin dar conferencia de prensa.

"Me está costando encontrar el foco dentro de los partidos", reconoció después el uruguayo, en diálogo con Referí.


Un pueblo con foco en la televisión


"¿Estuvieron en Bristol?". La emoción de la mujer que hace la pregunta se nota en su rostro –mezcla entre orgullo y asombro–, mientras, agarrada del travesaño de un subte espera la parada final que la lleva a la sede del US Open, en Nueva York.

Le habla a un grupo de periodistas identificados con acreditaciones de ESPN para hacer la cobertura del último Grand Slam del año que se juega en Estados Unidos. Su sonrisa es por una razón simple: su pueblo natal tiene algo más de 60.000 habitantes y muy poco para ofrecer a los visitantes. Pero está ubicado en el centro del estado de Connecticut y los parques de verde intenso y las ondulaciones sirven de escenario el lugar en donde en verdad está puesto el foco: la sede de ESPN, un pueblo en sí mismo, con 17 edificios y más de 20 antenas gigantes que expanden la señal hacia el resto del país.
¿Por qué alojarse en Bristol? Cuando 1979 Bill Rasmussen fundó la empresa y se instaló en la zona pocos creían que un canal deportivo pudiera verdaderamente funcionar. En Bristol, al menos, era lo que se comentaba. "Eso era tan chico, en medio de la nada y dedicado a los deportes, y mira en qué se convirtió ahora", comenta la mujer del subte, que tiene más de 60 años y vio cómo ese pequeño edificio de apenas unos metros cuadrados se reprodujo hasta alcanzar una ciudad dentro de su propia ciudad. La geografía de la localidad es lo que hace que sea uno de los mejores lugares para emitir señales dentro de Estados Unidos. Y ESPN pasó de ser ese pequeño edificio dedicado a la cobertura deportiva para pasar a tener, solo en Bristol, más de 4 mil trabajadores y a transmitir en más de 60 países alrededor del mundo.

Como en Disney


Poco quedó de ese cartel simple, rojo y redondeado, con las letras que dan nombre a la empresa. Ahora en Bristol todo parece ser un espectáculo.

Desde el cuarto de controles, una docena de directores y de productores trabaja para fiscalizar todo lo que se está transmitiendo. Es una sala oscura con más de 20 pantallas que van dando cuenta de lo que está sucediendo al aire. Hay quien se encarga de los gráficos, de lo que pasa en redes sociales, de lo que pasa de último momento y hay que lanzar al aire.

Uno de sus estudios más grandes dentro del campus, desde donde se transmiten los partidos y los programas vinculados con la National Football League, tiene más de 800 metros cuadrados, sets que están escondidos en el piso pero que pueden levantarse para cambiar la escenografía, pantallas que se abren y se dividen, y cerca de 300 luces organizadas en el techo de forma tal que, en caso de que alguna se rompa, los trabajadores pueden repararlas sin necesidad de afectar la transmisión que se esté realizando en el momento.

Además de la tecnología, la sede en Bristol se da algunos gustos, como tener de adorno un mural hecho con 207.360 piezas que demandó 240 horas de trabajo, con la imagen de los presentadores Rece Davis, Jay Williams, Seth Greenburg y Jay Bilas. O tener un pasillo construido especialmente para transportar el material y que no sea necesario sacarlo a la mezquindad del frío o del calor intenso que puede alcanzar a lo largo del año. Para el invierno, los pisos exteriores que rodean los edificios tienen un sistema de calefacción que permiten que la nieve se derrita con más rapidez y evitar contratiempos.
Y para entretenerse. Los funcionarios tienen, camino a la cantina, una pantalla en cada punta del corredor en el que pueden escuchar el himno de su equipo deportivo de la universidad a la que asistieron, lo que a veces genera competencias entre un extremo y otro del pasillo para ver quién mantiene sonando el suyo por más tiempo.

El nivel tecnológico y las extravagancias de la sede hacen que haya un local de souvenirs y hasta tenga visitas guiadas. En el último año más de 7.000 personas, entre empleados e integrantes de ligas deportivas, hicieron el recorrido.
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