Fútbol > ENTREVISTA a eNRIQUEZ

“A Gallardo le dije que iba a hablar con el plantel por la mala conducta de algunos"

Ganó todo con Nacional como jugador, fue coordinador de juveniles, gerente deportivo, y cuenta anécdotas con Suárez, Carrasco, Recoba y Gallardo: "“Al Chino costó traerlo porque la gente no lo quería y Gallardo tampoco”, recordó

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27 de junio de 2020 a las 05:00

Jugaba de “10”. Era muy bueno como enganche. Un día se fue a probar en los aspirantes de Nacional, frente a donde estaba el Cilindro. Eran unos 50. El técnico preguntó y la mayoría dijo jugaba de “10”. Él quería quedarse en el grupo y cuando le llegó la pregunta, no lo pensó: “Soy back izquierdo”, dijo. ¡Y eso que es derecho! “Yo quería jugar”, contó Daniel Enríquez a Referí. Y recordó que en esa práctica, no había vestuarios, no tenía dónde poner el dinero para el boleto de vuelta y se lo guardó en la media mientras se probaba. Y allí fue elegido.

¿Quién lo subió a Primera?

Luis Cubilla y me consolidé con Mugica y Gesto. Siempre recuerdo una anécdota de él: me puso en un partido contra Santa Bernardina de Durazno. Recuerdo que echaron a Montero Castillo y lo llevaron en cana. Yo no me di cuenta y ese día, debuté en Nacional. Cuando terminó el partido y tuvimos que pasar por la comisaría con la bañadera a buscar al Mudo Montero Castillo, vino Cubilla y me dio la mano. “Lo felicito, Daniel”, me dijo. Yo no entendía. “Recuerde este día. Hoy debutó en la Primera de Nacional y va a hacer una gran carrera”. Me lo hizo notar, yo no me di cuenta. Y desde allí, cada vez que debuta un chico, yo le doy la mano, lo felicito y le digo de su debut.

¿Qué recuerda del Nacional de 1980 que ganaron todo?

Antes de ese grupo, yo era titular y Hugo De León suplente. Era un grupo chico de 23 jugadores, el plantel éramos 16, 11 y cinco al banco. Me lesioné y Hugo me sacó el puesto. Entró y no salió más.  A mí, Mugica igual me utilizó en los cuatro puestos de atrás. Lo que más recuerdo eran las pretemporadas interminables de antes con Gesto. Correr por los canteros de Avenida Italia y de tarde, subir los médanos por la Turisferia. A mí me costaba mucho. No me gustaba entrenar. A veces, hacía dedo por Avenida Italia para que me llevara alguien hasta cerca de donde teníamos que llegar. Nunca me agarraron. Al que sí agarraron fue a Miguel Pereira el golero suplente. Porque el que lo levantó, después le contó a Gesto porque era amigo suyo. Y después, nos reíamos con él: “Ligaste muy poco”, le decía yo a las risas.

¿Qué tenía de secreto ese equipo?

La unión que había entre nosotros, el trabajo de Mugica y Gesto, una tremenda preparación física y se acompasó mucho con el sistema táctico, porque marcábamos toda la cancha al hombre, menos Cacho Blanco que era el líbero. Entonces éramos 10 perros (en el buen sentido) marcando, fuertes y entrenados. No había cómo estudiarnos o sacarnos la ficha. No había videos como hoy. Fuimos a jugar con Nottingham Forest y creo que vimos un video. A ellos los sorprendimos.

¿Qué jugador destaca?

Distintos en ese grupo eran Espárrago, el Cascarilla y Cacho Blanco. Eran la experiencia. Habían jugado en Europa. Además, el gran momento de Rodolfo Rodríguez en el arco y Victorino que era un goleador que siempre anotaba. Éramos un equipo de hombres, a pesar de que habíamos jóvenes, porque yo tenía 21 años. Antes se veía raro que tres jugadores fueran a tomar mate con el técnico. Es que Espárrago, el Cascarilla y Cacho Blanco, habían sido compañeros de Mugica. Y nosotros, aparte. Hoy se ve más, pero antes no.

Hay partidos que marcan incluso más que las finales. El gol de volea de De la Peña contra Olimpia fue decisivo porque quedaban afuera de la Copa.

Quedábamos afuera y la cazó de aire faltando poco para ese gol decisivo. Lo vi desde el banco y se festejó como el campeonato. Se festejó más que la final. Ese partido fue tremendo.

Después de ser campeón del mundo, ¿cómo siguió?

En enero de 1982 se fueron Mugica y Gesto y llegó el Bebe Castelnoble y me dejó libre. Me enteré en Punta del Este cuando Rodolfo Rodríguez me lo contó leyendo el diario. Me enteré por la prensa. Ni él ni yo entendíamos nada. Estuve un año sin equipo. Dos meses en España y dos en Brasil. No arreglé y se me fue el año.

¿Cómo se bancaba económicamente?

Vivía con mis abuelos y me ayudaban. No tenía auto ni nada. Pero todo era más barato que ahora. Y ahí me salió el pase a Cúcuta de Colombia. Económicamente no pagaron nunca la prima y los pasajes de regreso. Era la época de los mafiosos, los equipos de los carteles de drogas. Deportivamente me fue bárbaro, era el capitán, me sentía cómodo, estaba en la selección de extranjeros que dirigían Mugica y Gesto. Con el tema de las drogas, nunca vi nada. Solo tenía que ir a cobrar el sueldo a la casa del dueño que manejaba la lotería allá. Si estaba de buen humor te pagaba, si no, no.

Luego de jugar y dirigir en México, volvió a Nacional.

Fui a hablar en 1999 con Dante Iocco y le dije que estaba volviendo. Nos conocíamos de 1980 y le dije que me gustaría trabajar en el club. Me mandó a hablar con Hugo De León que era el técnico de Primera y allí empecé en la Cuarta. En 2000 tomó la presidencia Ache y me nombró coordinador de juveniles, que me gusta mucho más. Coordinar y supervisar, me gustaba más que dirigir, me sentía mucho más cómodo.

Entre tantos jugadores en aquella época, debe haber estado con Luis Suárez, por citar a uno.

A él lo captamos en 2000 en la Preséptima. Mirá qué generación: Luis, Cauteruccio, Fornaroli, Pablo Caballero, Fiordelmondo. Esa categoría de 1987 fue brillante. Y la siguiente fue la de 1990 con Píriz, Calzada, Coates, el Morro, Mauricio Pereyra. A Luis lo conozco desde los 12 años, antes de ficharlo, porque se fichan con 13.

Daniel Enríquez con Andrés "Pajarito" Márquez y Luis Suárez

¿Recuerda alguna anécdota?

Luis no era titular. Era el que entraba en lugar de Fornaroli o Cauteruccio. En aquella época eran más jugadores Cauteruccio y Fornaroli. Era una bestia de falta de técnica, no era técnico, era el 20% de esos dos, pero tenía una polenta bárbara, era bruto, iba a todas, erraba cuatro goles y te hacía uno. Erraba más de los que anotaba. Luis explotó en la Quinta división, porque explotó físicamente. Le costaba llevar la pelota, mientras Fornaroli y Cauteruccio estaban mejor puchereados y jugaban bien, los dos son buenos jugadores. Luis era atropellado, era vivo, era goleador, pero era patita flaca. Y después empezó a tener problemas de peso. Creció tanto, empezó a ponerse tan grande como ahora, que tenía problemas de peso, los shorts les quedaban apretados. Se afinó en Europa. Yo lo dirigí en la Tercera y el “9” era Luis, con Pajarito Márquez y Lugano, entre otros. Éramos locales en la cancha de El Tanque que era de arena. Con ojotas de playa casi jugábamos. Había tiros libres y se ponía a pegarle él. ¿Sabés las veces que le tuve que decir “Luis, dejá la pelota”? Porque quería patearlos él. “¡Dejame paterarlo!”, me gritaba. “¡No pateás los tiros libres!”, le decía yo. Porque Luis tenía los pies redondos. Teníamos a Alberto Silva y a Albín que era el “10”, para eso. Era un cuadrazo. Pero, ¿qué pasaba? Llegaba una pelota al área, un rebote y Luis hacía el gol. “¡Ves, Luis, ahí tenés que estar vos!”, le decía. Y él se enojaba, porque era calentón como hoy. También lo regañaba por los bizcochos. Se compraba una bolsa de bizcochos y se la bajaba. Había que explicarle que no podía. Me reunía con los coordinadores todos los lunes y decíamos: “Con Luis tenemos unos problemas bárbaros. No le afloja a la Coca Cola, no le afloja a los bizcochos y no le afloja a que le crece cada vez más el culo. Tiene el culo cada vez más grande”.

¿Piensa que Nacional se apresuró en vender a Suárez a Europa?

No. Esa es una vieja discusión. Vos podrás decir que se vendió en poco dinero. Yo estaba en el club. Suárez, si se quedaba acá, al igual que el Morro (García) y muchos, se te queda, se “achancha” y ya no evoluciona más. Involuciona. Como te dije antes, Suárez se afinó allá. Si él no iba allá, por más que le pusiéramos lo que le pusiéramos, no se terminaba de afinar. La dinámica y entrenamientos del fútbol europeo, el cambio de alimentación, hicieron que Suárez fuera la frutilla en la torta y despegara. Si Suárez se hubiera quedado con nosotros, seguíamos con los problemas de peso, no iba a estar motivado, lo iban a marear, se le iba a entreverar la cabeza. Empezaban los problemas. Cuando vino Lasarte, yo asumí de gerente deportivo y él me dio una tremenda mano, ya que comenzó a utilizar a los juveniles en Primera. Le dije que estaban Suárez, Coates, el Morro, Lodeiro, el Mama Arismendi. Ahí empezó a pesar el gerente deportivo. Mi proyecto de cinco años comenzó a tener aire.

¿Cómo fue eso?

En 2005 se postuló Alarcón, me llamó y me preguntó qué le hacía falta y yo le dije “alguien que mande allá arriba”. Nosotros trabajábamos bárbaro hasta la Tercera, pero no teníamos injerencia en la Primera. Fuera quien fuera el técnico, traía a sus jugadores y no utilizaban a juveniles. Yo le expliqué que se necesitaba un manager como en Europa que controlara que las formativas no chocaran con la Primera. Porque si no, siempre perdíamos con Danubio y Defensor en la política deportiva. Porque los mejores iban para allí porque llegaban. En cambio, en Nacional y en Peñarol no llegaban porque contrataban futbolistas.

¿Usted tuvo más llegada con Alarcón?

Sí, pero Alarcón no vivió esos seis años en los que empezamos el trabajo con Ache. Él sí me nombró director deportivo. Me sentó en el escritorio y me lo dijo.

¿Por qué le gustaba más ser gerente deportivo que ser técnico?

Me gustan más los resultados de los proyectos, porque no le errás. Dos más dos, es cuatro. El técnico, son tres partidos, pegó en el palo y entró, y te echaron. Ganaste 10 partidos, llegaste a la final, la perdiste, para afuera. Y el trabajo fue muy bueno. Pero te van a evaluar por el trabajo de esa final.

Pero también usted como gerente, le debe haber dolido tener que cesar a algún técnico.

Muchísimo. Pero también respaldé a técnicos que iban muy mal y los respaldé porque trabajaban muy bien. Gallardo, Pelusso y terminamos campeones. Ahí es donde sí tenía feeling con el presidente Alarcón. Después de que Pelusso perdiera el primer campeonato, le dije: “Ricardo, Pelusso trabaja muy bien. ¿Lo defendemos?”. Y me decía: “Lo defendemos a muerte”. Y tenía 80% de votos para echarlo, lo defendimos y al siguiente campeonato, lo ganó en aquellas finales contra Defensor.

¿Cómo fue aquella situación con Carrasco cuando de alguna forma usted cerró la concentración porque hacía jugar a los futbolistas en cualquier puesto?

Con Juan hablaba claro. Varias veces hablamos. Nos respetamos mucho. Habíamos sido compañeros. No hablamos de quién tenía que jugar, pero que hay un orden y Nacional tiene un orden. “Ojo, Juan. No nos suicidemos”, le decía. Dos más dos es cuatro y no es dos más uno o dos más tres. Le explicaba que entendía perfecto lo que hacía él, pero que estamos en un medio que es difícil. Nacional, Uruguay, la prensa, la hinchada. Yo lo aterrizaba un poquito a Juan para que él hiciera lo mejor que hacía, que era dirigir. Pero que no se mandara esos cambios radicales que se mandaba en aquella época. Y después lo mejoró. Hoy es mucho más estable. Nunca tuve una discusión con él, me llevé muy bien con él. Entendió que yo era su mayor ayudante y defensor. Primero que yo lo llevé con Alarcón. Yo le decía: “Juan, en la parte deportiva estamos mal. Por esto, por esto y por esto. Estás trabajando brillante en la cancha. Pero hay cosas que la gente nos va a matar. El club no está preparado. Hay cosas que te entiendo, pero si empatamos o perdemos el partido que viene, nos matan”. Tenemos que adaptarnos al medio. “Tenés que adaptarte a Nacional y tenés obligaciones como concentrar”, y terminó concentrando y llegando en hora, porque antes llegaba faltando media hora, o no concentraba, o no iba lunes y martes. Después sí comenzó a ir. Y él entendió. No dejó de ser Juan Ramón Carrasco porque tiene su estilo. No era la forma de entrenar o de jugar, eran costumbres que tenía que eran difíciles para aguantar la presión de la hinchada o la prensa. Un poco le cuidábamos la espalda.

¿Qué significó Lembo en Nacional?

Era el capitán del equipo. Para mí fue un gran aliado, igual que lo fueron el Chino Recoba o el Cacique Medina. Yo voy a la casa o él viene a la mía, somos muy amigos. Los tres me ayudaron muchísimo para que el grupo se alineara. Lembo en la época de Juan Ramón y el Chino y el Cacique en la época del Muñeco (Gallardo) y al Muñeco lo ayudaron mucho también. Eran los Espárrago, Cascarilla y Cacho Blanco de 1980 para mí. Eran mis aliados.

Usted también llevó al Chengue Morales a Nacional.

Sí, lo fui a buscar al aeropuerto a las 4 de la mañana. Venía de España. Vino para jugar y hacer goles, pero también para hacer socios y vender butacas. Era una figura que todos lo querían. Lo trajimos como un referente del club. Estratégicamente el club siempre traía a una figura: Matute (Morales), Gallardo, el Loco Abreu. Siempre teníamos que traer una figura. El Chengue era otra figura. Era marketing, pero por supuesto, después tenía que jugar por supuesto. Era un jugador pesado y manejaba el grupo. Era uno de los que debías tenerlo contigo. Siempre fue afín y estuvo bien, porque si no, se te iba el plantel al carajo. Son los que te ayudan también con el plantel. Yo fui jugador. Esa es la diferencia que sacamos los gerentes deportivos a los directivos: que somos de vestuario. Tenemos un diálogo distinto. El gerente deportivo es un directivo rentado, pero es un profesional. No solo sos entrenador y jugaste, sino que tenés vestuario y el jugador cuando habla contigo, sabe que habla el mismo idioma. En cambio, el directivo que es un empresario, es dueño del club, pone dinero, pierde horas de familia y de trabajo por estar en el club, pero de fútbol, le falta. Entonces, debe tener una persona a su lado que sea un par de él, como gerente deportivo, pero que esté más vinculado al fútbol.

Al Chino Recoba también lo fue a buscar usted.

Sí. Costó traerlo porque no lo quería mucho la gente. El técnico era Gallardo, me costó convencerlo y él me dijo: “Dany, ¿a qué va a venir?”. Y le contesté: “A lo mismo que viniste vos, Marcelo. De figura”. Teníamos un buen diálogo con él. Me contestó: “¿Cuánto hace que no juega?”. Aparte lo había visto en Danubio y ahí no le había ido bien. Le dije que queríamos traer a alguien que fuera positivo, líder para el grupo, que jugara 10 minutos. “El Chino en 10 minutos te la cuelga de un ángulo. No viene para manejar el grupo. El grupo ya lo tenés armado. Pero no podemos gastar y traer a un fenómeno”. Entonces aceptó hablar. Aparte ya había negado a varios jugadores. Él, como excompañero del grupo, quería defenderlo, no quería traer a jugadores, no quería contaminar al grupo.

¿No creía Gallardo en el Chino Recoba?

No, en principio no quería. Pero en la primera charla me dijo: “Me convenció”. Nos juntamos en la casa de Alarcón, y vino el Chino. Se lo presentamos a Marcelo. Y el Chino empezó a hablar, hablar, hablar. Y a los 15 minutos, Marcelo lo cortó. “Chino, no hables más”, dijo. Y yo pensé: “Ta, lo cortó”. Y Marcelo habló de nuevo: “Me convenciste, me hacés acordar a mí”. Y yo lo toqué con el pie por abajo como diciendo: “Dejalo hablar un poquito”, como diciendo, “dejalo que se comprometa”, porque el Chino decía “yo quiero ser campeón, quiero que mi hijo me vea”, venía con un perfil bajo.

¿Y cómo continuó?

Fue muy cómico lo del Chino. Me da vergüenza recordarlo (se ríe). Yo pensaba: “Fah, ¿ahora cómo hacemos para que salga a hablar a la prensa y de la Cultura Nacional?”. Le dije: “Chino, mirá que no podés dar ninguna nota. Tenemos que ir a Punto Publicidad a hablar con Pablo Marqués y te va a dar un speech. Yo, Ricardo y Marcelo lo tenemos, ahora lo debés tener vos. Todos tenemos que salir a hablar con el mismo discurso. No vas a decir ‘a mí me gusta jugar más en el Estadio que en el Parque Central’. Nos matás. Tenés que decir que te gusta jugar en el Parque Central, porque hay que levantar el Parque. No podés pedir juveniles, para pelar con el Loco Abreu y el Cacique Medina. Ese es trabajo nuestro. Pero tenés que ir allá. No podés dar una nota hasta que vayas a clase”.

¿Cómo le fue en esa clase?

Cuando fuimos a lo de Pablo, el Chino preguntó si iba a ser muy largo y yo le dije que sí. Yo me quería matar. Fue larguísimo. Pablo agarró un pizarrón y le dijo: “Chino, la prensa te va a preguntar por qué sos amigo de Pacheco. Y vos tenés que contestarle que sos amigo de Pacheco, pero dentro de la cancha no somos amigos, sino que das la vida por Nacional. Y te va a agarrar la barra y te va a apretar. Y esto y aquello”. Yo lo miraba al Chino y pensaba: “Lo va a mandar a la mierda”. ¡El Chino que tiene años y años de fútbol y jugó en Europa! Me daba vergüenza ajena. Aparte nos íbamos juntos y yo le decía: “Chino, me da un poquito de vergüenza. Perdoná”. “No, Dany, todo bien”, me contestaba. En una de esas clases nadie había hablado del sueldo: “Bueno, 5.000”, le dijimos. “Sí, ¿5.000 pesos?”, contestó Recoba. “No, 5.000 dólares”, le explicamos. Igual firmaba por 5.000 pesos. Estaba tan contento que firmaba cualquier cosa. Para romper más el hielo de esas clases tan largas, le hice una broma: “Mirá, Chino, lo último de lo último que te pido: tenés que poner 2 palos verdes arriba de la mesa para entrar al club, porque no hay un mango”. Y estaba tan ansioso que contestó: “Bueno, sí”. “¡No, Chino, es una joda, te estoy jodiendo!”, le dije. (Se ríe a carcajadas).

¿Qué significó ese regreso del Chino a Nacional?

Fue brillante. Nos sorprendió hasta a nosotros mismos, no esperábamos tanto, porque acordate que estuvo un tiempito en Danubio y no le fue bien. Entonces, había que reciclarlo para que entrara otra vez. Gallardo, si no entrenabas miércoles o jueves en el fútbol, no te tenía en cuenta. Porque Gallardo era como es ahora. No te creas que era dócil, ni era flexible. Era un técnico duro de primera cuando empezó a trabajar con sus excompañeros. Pensé: “¡Pah, qué lío voy a tener con el Chino que entrena a media máquina, que lunes y martes está dolorido, que los miércoles recién empieza! Con Marcelo vamos a tener un problema”. Y al Chino lo manejamos con un trabajo especial, igual que tuvo Gallardo (como jugador), Matute, el Loco Abreu. El Chino se adaptó, Marcelo lo entendió, porque él también había hecho lo mismo. Gallardo no podía entrenar con 36 años igual que un pibe de 20 años. Y el Chino Recoba tampoco. Con Tulbovitz como profe, le hicimos un trabajo especial. Y el Chino tenía lo que tiene: entraba en los últimos 15 minutos y desnivelaba. Ese era otro tema. Había que comerle la cabeza porque quería jugar de entrada y había que explicarle: “Chino, no podés, porque te vas a gastar. Más vale que entres desde el banco y lo hagas para rematar el partido”. Y él se la bancó esa, igual que Gallardo se bancó que el Chino tuviera un entrenamiento especial y que no corriera igual que el resto, cuando el pensamiento de Marcelo era “no, entrenamos todos y el que no lo hace igual que el resto, no juega”. Nos salió bien por el trabajo y el diálogo que mantuvimos entre todos. Fue uno de los mejores aliados que tuvimos Gallardo y yo para que ese equipo saliera campeón. Pero no dentro de la cancha, afuera.

Gallardo tenía su personalidad.

Cuando fui a buscar al Chengue a las 4 de la mañana, estaba yo solo. Cuando vino Gallardo como jugador, estaban todos los directivos en el aeropuerto. “Ah, mirá qué lindo. Llega Gallardo, el fútbol champán y estamos todos. Llega el fútbol champán y estamos todos para la foto. Cuando llegó el Chengue, estaba yo solo”, les dije en broma. Ahí empezamos a tener una buena relación, pero era jugador. Se lastimó en el primer partido y lo bancamos. Porque él se quería ir, quería rescindir contrato, devolver el dinero y no cobrar. Y le pedimos con Alarcón que no se fuera. Que si se iba, quedábamos muy mal con la movida política que habíamos hecho. Tenía seis meses de recuperación. Le dijimos: “Marcelo, no te podés ir. Nos dejás repegados. Se nos cae el proyecto. Tenés que recuperarte y tenés que jugar el Clausura”. Y jugó el Clausura y lo ganó.

Cuando no se le renovó a Carrasco como técnico, Gallardo dejó el fútbol y surgió su contratación como entrenador.

Hubo una reunión con Luis Bruno y Alex Saúl y a ellos se les ocurrió que Gallardo fuera el técnico. Yo dije que sí. La principal función que debe tener un entrenador para dirigir, es liderazgo y él lo tiene. Ahí lo fui a buscar a Buenos Aires. Lo sorprendí porque no esperaba la propuesta. Quedó medio bloqueado. Él pensaba estar dos años sin dirigir, ir a Europa, prepararse, ver entrenamientos, armar su cuerpo técnico. Él quería esperar a River. Le dije: “Marcelo, Nacional es hoy. Mirá que el bondi pasa solo una vez. ¡Y es Nacional! Y tenés una gran ventaja con nosotros ya que tenés el plantel armado, la estructura armada, viste cómo trabajamos. Solo falta el técnico que arme el cuadro que lo harás vos. Y mirá que esta oportunidad no sé cuándo la vas a tener. Ya sabés que tenemos un trabajo bueno, somos campeones, tenemos espalda, tenemos aire”. Y entró a pensar en su familia porque había estado un año fuera. Él tenía parte del cuerpo técnico armado pero le faltaba el preparador físico. Le dije que si aceptaba, yo tenía a Marcelo Tulbovitz y que se lo presentaba. Quedó en contestarme en un par de días. Me llamó a los dos días y aceptó.

¿Y cómo siguió?

Nos juntamos con él y Tulbovitz en Colonia. Se lo presenté y aceptó.

Pero siempre surgen problemas. En aquel plantel de Gallardo, las cosas no salían y usted tuvo una parte especial para que todo se encauzara.

Con todos los técnicos con los que trabajé, hubo altibajos, momentos de turbulencia. Con Gallardo, también. Faltando cinco fechas nos ganó bien Bella Vista en el Estadio, el plantel no andaba bien y se nos iba el campeonato. Después de haber estado seis años en la gerencia deportiva, tenía más experiencia que Marcelo, conocía un poco más la interna y esa película ya me la había comido, de que el plantel empezaba a bajar y ¡plum! se te iba el campeonato. Le expliqué a Marcelo: “Mirá que se nos va el campeonato y acá hay algunos pibes que están en otra”. Ahí me ayudaron mucho el Cacique y el Chino. Hablé con ellos dos, como hablaba antes con Lembo y me dijeron que el plantel estaba mal. Había jugadores jóvenes que salían de noche… Le había avisado a Marcelo tres partidos antes, no solo en ese de Bella Vista. Le dije y me contestó que él iba a hablar con ellos. Le habíamos ganado ponele, a Rampla, de casualidad y se le dije que no podíamos ganarle de casualidad a Rampla, que estábamos mal y que pasaba esto, esto y esto y los jugadores que estaban en otra eran este, este y este. Me dijo: “Dejamelo a mí”. Pero la segunda vez que me lo dijo y perdimos con Bella Vista, le dije: “Se acabó, ahora vamos a intervenir nosotros”. Y fui con Luis Bruno a hablar con los jugadores y con él. Él no quiso entrar. Me contestó: “No, yo no voy”. Se enojó y discutimos feo con él. Porque se enojó como diciendo “venís vos a hablar con los jugadores”. “¡Sí, vengo! Si yo no voy a armar el cuadro. El equipo lo armás vos. Yo te vengo avisando hace dos partidos que veo mal al plantel y te vengo diciendo que está mal porque hay varios jugadores que salen de noche y esto es un plantel profesional. Si no vas a apretar las clavijas vos, las apretamos nosotros. Somos el club que está por encima del técnico y también de mí”. Y me dijo: “Yo no estoy de acuerdo”. “Bueno, es tu problema, Marcelo. Yo nunca te armé el equipo, ¿no?”, le contesté. Le dije que ya me había pasado, pero por orgullo, por ego, no quería que hiciéramos eso. “Pero me pasan por arriba a mí”, me dijo. “No, Marcelo, no es así”, le volví a decir.

¿Volvería a Nacional?

Sí, claro. No de técnico, pero sí como gerente deportivo o coordinador de juveniles. Me gustan los proyectos.

Si tuviera que elegir un error que cometió en su carrera, ¿cuál sería?

Muchos. De repente, no haber entrenado como debía, porque era un muy buen jugador. Podía haber sido mucho más jugador.

El hecho de haber jugado en Peñarol, ¿no fue un error?

No, no lo tomo como un error. Los hinchas de Nacional me pasan la factura hasta el día de hoy. Fue un momento en que Nacional no me llevaba y fui para Peñarol. No jugué tanto, pero hice grandes amigos. Y mirá que lo respeto mucho a Peñarol. A Nacional lo quiero y a Peñarol lo respeto.

¿Trabajaría en Peñarol?

Si llega el momento, yo con un buen proyecto, trabajo en cualquier lado. No tengo ningún problema. En Peñarol o en un equipo chico que un inversionista banque el proyecto.

Tengo entendido que Juan Pedro Damiani habló en su momento con usted para llevarlo a Peñarol y también algún dirigente actual para llevarlo a trabajar al club.

Sí, es así. Hablaron muchos. Pero no hubo un proyecto que me gustara. No era por Peñarol.

¿Qué recuerda de aquella selección juvenil con la que fue campeón sudamericano en 1977?

Fue un grupo muy lindo. Fuimos campeones en Venezuela y fuimos a salir campeones. Cuando fuimos al Mundial de Túnez y perdimos con Rusia –que después sería el campeón–, en semifinales por penales, nos dolió mucho, porque no pensábamos quedar fuera de la final. Bentancor era un padre, era estricto como los padres de antes, exigente con los hijos. Y tenía un juego brasileño, ya que había jugado algunos años allá. Más que jugar al fútbol, me enseñó buenas costumbres, de cuidado, de buena gente, de buen compañero y un orden. Un técnico bárbaro, un docente y aprendés esa docencia.

 

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