31 de enero 2014 - 19:44hs

Ken Loach sabe cómo hacerlo. El veterano director británico es capaz de realizar una película seria, en medio de una realidad que se parece a la realidad, con toda su dureza, y darle un toque de optimismo propio del cine, una luz clásica del séptimo arte sin que suene a estafa, sin que parezca un mundo edulcorado, falseado para amigarse con la audiencia.

La parte de los ángeles aborda un conflicto que parece no tener solución. El protagonista (interpretado con solvencia por Paul Brannigan) acaba de salvarse de ir a la cárcel por una golpiza feroz que le propinó a un pobre estúpido que tuvo la desgracia de cruzarse con él. El juez considera que es digno de otra oportunidad y lo condena a 300 horas de trabajo comunitario. En parte, la decisión obedece a que el acusado está a punto de ser padre y que eso ha cambiado su carácter.

Sin embargo, ya al salir del juzgado, lo están buscando sus enemigos, que están dispuestos a desfigurarlo o a forzarlo a que vuelva al juzgado y esta vez sí, a la cárcel. De hecho recibe una buena paliza cuando intenta ir al hospital a ver a su hijo recién nacido.

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El padre de su esposa, por su parte, lo quiere sobornar con 5.000 libras (una fortuna, en ese entorno) para que desaparezca de Glasgow, que se esfume y se olvide de su esposa y su hijo.

La película exhibe la crudeza de un entorno salvaje, degradado, donde el héroe es acosado a cada paso, y se ve con claridad que no hay escapatoria. O sí, tal vez la hay.

El encargado de la especie de empresa de mantenimiento en la que hacen el trabajo comunitario es un aficionado al whisky y toma la peligrosa decisión de invitar a todo el grupo de marginales que comanda, a una visita a una destilería y una cata posterior.

Ahí es donde aparece un rayo de esperanza para el protagonista y sus nuevos amigos –otros perdedores que están siempre a punto de ir a la cárcel–. Resulta que descubre un talento especial para la cata, algo que en el argot de las bebidas espirituosas se conoce como “nariz”.

Loach maneja el material con una sensibilidad de veterano y una piedad por sus personajes que no lo ciega ante sus defectos. Hay una instancia judicial en la que el héroe enfrenta a su víctima y recibe el odio y el desprecio de su familia, mientras se exhiben las imágenes de la violencia, en las que se hace difícil comprenderlo.

Es que el cine de Loach no pretende sacarse los problemas de encima sino zambullirse en ellos con una actitud militante, aunque exenta de consignas. Y encima de todo, hace una película muy agradable.

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