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17 de agosto 2023 - 5:01hs

Desde Ámsterdam

En un encuentro a pura emoción encabezado por el presidente de la Fundación Ana Frank, la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, contó que estuvo en la habitación de la escritora del diario 40 años atrás.

En el estival mediodía, en un almuerzo a pocos metros de donde la familia Frank y cuatro personas más estuvieron escondidos hasta que los encontró la Gestapo, la titular de Abuelas de Plaza de Mayo recordó su primera visita a Ámsterdam. “Vine con otra abuela que ya no está y nos recibió una colaboradora de la casa real. Nosotras no teníamos audiencia con la reina (que era Beatriz en ese momento) pero sí con gente del gobierno”, relata Estela para contar luego que fue entonces la primera vez que pudo visitar “la casa de atrás”, donde Otto Frank, su esposa, sus hijas y cuatro personas más transcurrieron algo más de dos años hasta que la Gestapo los descubrió y trasladó a campos de concentración.

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“Quiero volver a esa habitación pequeña”, dijo Estela, ahora con 92 años. Recordó que la argentina Máxima Zorreguieta, casada con Guillermo, el ahora rey de Holanda, en dos oportunidades “quiso verme”. Dado que el padre de Máxima, Jorge Zorreguieta, fue funcionario de la dictadura cívico militar, Estela aclaró que Máxima le dijo que no pensaba igual que su papá. “Yo no guardo odios ni rencores, solo espíritu de lucha”, aclaró la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo mientras, traducción simultánea mediante, Ronald Leopold, presidente de la Fundación Ana Frank y su equipo miraban con inocultable admiración a Estela.

Hubo una ronda de presentaciones de quienes asistieron al encuentro, entre ellos Horacio Pietragalla, secretario de Derechos Humanos de la Argentina y la propia hija de Estela, Claudia Carlotto, quien está al frente de la Comisión Nacional de Derecho a la Identidad.

Ronald, un neerlandés curtido pero sensible, se guardó para hablar al final. Apenas comenzó, no escondió su congoja. “Todo lo que ustedes cuentan de la Argentina me resulta muy emocionante, pero estoy así porque hace un rato hablé por teléfono con una amiga, que nació en 1939, un año antes de la invasión alemana a Países Bajos, y hablamos sobre su historia, que tiene mucha relación con cosas que ustedes vivieron pero que tuvo un desenlace diferente".

El presidente de la Fundación Ana Frank contó que esta mujer, cuando tenía tres años, fue dada a otra familia para que pudiera crecer alejada de los riesgos que corrían las familias judías, ya que sus padres eran de origen judío. La mujer le había confiado a Ronald que apenas tenía unos vagos recuerdos de su madre biológica alejándose. Esta mujer creció, hoy tiene 83 años y se crió junto a su hermano, que no sabe si es su hermano biológico. Tampoco su hermano lo sabe y, quizá lo más relevante para quienes luchan por los derechos humanos, es que ninguno de los dos quiere saber su origen.

La reflexión de Ronald fue inmediata. “Si los gobiernos neerlandeses de los años cincuenta hubieran tenido políticas de revinculación, de restitución de identidad, quizá ellos siendo más jóvenes hubieran querido saber quiénes eran sus padres y cuál era su vínculo de origen”. Mirando a la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Ronald dijo “hacen falta muchas Estelas”. La asociación resulta contundente. Aunque Estela aclaró que ella siempre fue una más, Abuelas de Plaza de Mayo acaba de celebrar la restitución de identidad del nieto 133. Y si les ponen número es porque, al principio Abuelas no quiere violentar ni hacer público un hecho tan traumático en términos emocionales y psicológicos como asumir un nombre distinto y, probablemente, el apellido de padres que están desaparecidos o cuyos restos fueron rescatados mucho tiempo después por el Equipo Argentino de Antropología Forense.

Ronald se comprometió frente a Héctor Shalom, director del Centro Ana Frank Argentina, a visitar la sede en Buenos Aires durante el próximo mes de setiembre.

Fue un mediodía cálido, soleado, en una bella ciudad, en un encuentro donde no faltaron comentarios sobre las elecciones PASO del domingo pasado ni preocupaciones sobre el aumento de los negacionismos y discursos de odio que se extienden en distintos países de diferentes continentes.

Para este cronista resulta imposible terminar estas líneas sin mencionar al menos dos situaciones vividas por la mañana durante una visita guiada por una neerlandesa, que tuvo puntos fuertes en el monumento al Holocausto y a una escultura vinculada a la Resistencia neerlandesa.

El monumento al Holocausto es un hexágono de vidrio todo resquebrajado situado en una plaza al ras del pasto. Las seis partes representan los seis millones de víctimas del nazismo. Estaban presentes los jóvenes latinoamericanos que Héctor Shalom invite a estas jornadas en Ámsterdam. Cada cual tiraba unas flores y decía unas palabras. Una chica argentina, con la voz temblorosa dijo “tengo que hacer una confesión”, parecía que le faltaban las fuerzas para completar su deseo, pero lo hizo, y de una manera que puede resultar muy aleccionadora. “No puedo mirarlo porque me da miedo, no sabría cómo reconocerme entre los vidrios partidos. Aunque se el significado que tiene, lo que representa, no puedo”.

Este cronista, apasionado por la historia, y en particular por los hechos y consecuencias de la Segunda Guerra, inmediatamente tuvo en un retina la imagen de las familias que esperaban en las estaciones de tren ser subidas a trenes de ganado para viajar horas y horas hasta un centro de exterminio. No se si es la imagen que tuvo esta joven, pero no resulta fácil transitar las zonas oscuras de la condición humana y, a veces, es mejor quedarse con el miedo a mirar los vidrios partidos porque eso, valga la paradoja, es también un acto de coraje. Compartir el temor, la incomodidad, es también parte del derrotero de la Resistencia.

La última breve historia que quiero compartir es, sí, absolutamente épica y de la cual yo no tenía el más mínimo conocimiento. La guía neerlandesa nos hizo parar a mitad de cuadra de lo que había sido un cine y teatro de la comunidad judía a fines de los treinta, poco antes de la invasión alemana a Holanda. Frente a lo que fue el teatro había una escuela. En el medio, una avenida ancha por la cual circulaban autos y tranvías en ambas direcciones. En 1942, cuando empezó la deportación de judíos a los campos de concentración, todos los lunes llevaban familias judías enteras, al día siguiente los subían a los tranvías, los llevaban a una estación y allí los pasaban del tranvía al tren que los llevaba a los centros de exterminio.

“Los miembros de la Resistencia sabían con precisión cuándo pasaban los tranvías, y como había poca guardia alemana en la puerta, antes combinaban con aquellas familias que preferían dejar sus hijos antes de partir y los cruzaban a una escuela enfrente donde la Resistencia contaba con apoyo para esconderlos por unas horas y luego los llevaban a lugares seguros”, relató la guía neerlandesa, que en algún momento del trayecto contó que su tía había sido llevada en Francia a un centro de exterminio.

Horas después, con una computadora prestada y con una ventana que deja ver árboles florecidos, este cronista relata hechos ocurridos hace 80 años en Países Bajos y casi 50 en Argentina. Con la certeza de que la historia es lo que fue, que el periodismo es para contar la actualidad y, cada tanto, nos da la posibilidad de bucear en el pasado. La historia de salvar los niños por parte de la Resistencia me llevó a indagar brevemente en la figura de Johan van Hulst, a quien apodaron el Oskar Shindler neelandés, quien murió en 2018 a los 107 años. Van Hulst estaba al frente de una escuela protestante, y la prensa asegura que salvó a unos 600 niños de terminar en las cámaras de gas.

Los espejos partidos están en todas partes. En Ámsterdam faltaron 80 mil personas que terminaron asesinadas por las SS en campos de exterminio. Miles de personas perdieron a sus familiares, muchos perdieron su identidad de origen. Por eso, la historia que contó Ronald, conmovido, sobre personas que tienen más de 80 y ya no quieren buscar su origen hay que entenderla en el contexto. En un contexto donde Estela de Carlotto, con sus 92, sigue siendo una bocanada de oxígeno para miles y miles de jóvenes que sí quieren construir una identidad donde nadie quiera ejercer el supremacismo y todos entendamos que somos ciudadanos de derechos, que los actos de Resistencia surgen en los contextos donde se pisotean esos derechos. Como dijo Estela: “Ana Frank nos ilumina”.

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