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Gambetta: los 100 años de una leyenda a la que se le ocurrió dormir la siesta en Maracaná antes de la final

El 14 de abril, se cumple el centenario del nacimiento de un gigante de Brasil 1950 y Nacional con el que ganó nueve Uruguayos; antes de aquel Mundial, se fue a recuperar del tobillo con agua y sal un mes a la Isla de Flores

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12 de abril de 2020 a las 05:03

Ídolo eterno de Nacional –club que en mayo de 2018 lo homenajeó colocando su nombre a una de las canchas de Los Céspedes– con el que supo ser nueve veces campeón uruguayo –nadie fue más ganador, el único que lo iguala en el club es Aníbal Paz–, ganar el quinquenio y participar de la mayor goleada clásica en la historia en aquel recordado 6-0 de 1941 jugando esa tarde como lateral por izquierda. Porque si había algo que lo caracterizaba era que podía jugar en cualquier puesto, incluso de golero. Y así basó su carrera.

Dueño de una personalidad única tanto dentro como fuera de la cancha, Schubert Gambetta vivió a pleno su vida entre sus dos amores deportivos, Nacional y la selección uruguaya, y se aburrió de ganar. Este martes 14 de abril, cumpliría 100 años y por eso Referí recuerda sus principales anécdotas contadas por dos de sus hijos.

Sus padres, Orfilia y Juan –de quien cuenta Milton, hijo del crack y nieto de ellos, era un maestro en el billar–, eran amantes de la música clásica, por eso todos sus hijos tienen algún nombre que tenga que ver con ella.

Y al personaje de esta historia lo nombraron Franz Schubert, es decir, con nombre y apellido del compositor vienés. El Franz quedó en el olvido porque al brillante jugador tricolor y celeste, “no le gustaba”, cuenta a Referí su hija Andrea.

Schubert Gambetta junto a Aníbal Ciocca en el vestuario de Nacional

Una tarde de 1949, José Emilio Santamaría pasó a buscarlo para jugar un partido entre equipos de barrio. Allí se lesionó muy mal un tobillo. El proceso de curación comenzó como de costumbre poniendo el pie en una palangana con agua y sal. Él vivía en Francisco Muñoz y Lorenzo Pérez –años después se mudó a Lagomar–, por lo que rengueando y todo, iba a la playa Pocitos a meter durante un largo rato el pie en el salitre del río. Pero no le alcanzaba.

Entonces tomó una decisión difícil. Se fue un mes a la Isla de Flores para tratar de curarse y de llegar como pudiera al Mundial de Brasil. Él tenía que estar.

“Se fue con mi hermano mayor, Robert y allí pasó el tiempo. Se pudo curar. Fue como un milagro”, cuenta Andrea.

Schubert Gambetta baila el vals en el casamiento de su hija Andrea

Si bien no estaba convocado para entrenar con la selección, se presentó igual porque hacía años que integraba el plantel –había ganado la Copa América de 1942 con el Vasco Cea como técnico–. Juan López lo aceptó porque lo conocía y quedó en la lista final. Pero el día del viaje a Brasil, su pasaporte estaba vencido y no llevó su cédula, por lo tanto, tuvo que viajar dos días después.

Una joya: la citación de la AUF de diciembre de 1941 hacia Gambetta para que se presente con el plantel que disputaría y ganaría la Copa América de 1942 en Montevideo

Fue suplente –cuando no había cambios– de Juan Carlos González en los dos primeros partidos de la Copa del Mundo, pero sí estuvo contra Suecia y en el definitivo ante Brasil.

Gambetta en el plantel que ganó la Copa América de 1942 en Montevideo con el Vasco Cea como técnico

Y allí todos vivieron una anécdota suya increíble. El plantel llegó con mucha anticipación a Maracaná entonces se tiró en el vestuario y durmió una siesta. “No sufría de nervios, tenía experiencia y durmió tranquilo”, contó su hijo Milton a Referí.

Este descendiente de León Gambetta, un político francés descendiente de genoveses, que llegó a ser Primer Ministro de Francia y propulsor de que se celebrara todos los 14 de julio la Toma de la Bastilla luego de que por un tiempo dejara de conmemorarse, congeló el corazón de todos los uruguayos aquel 16 de julio del que este año se cumplen 70 años.

Schubert Gambetta en el momento en que va a tomar con las manos la pelota dentro del área contra Brasil; se terminaba el partido y Uruguay se consagraba campeón

Cuando llegó el córner en el que iba a terminar el partido y la gloria a Uruguay en Maracaná, tomó la pelota con las manos en el área. “Yo no entendía nada, pensé que se había vuelto loco”, dijo en 2000, Alcides Ghiggia cuando El Observador lo consultó al respecto. Pero Milton tiene la versión que le contó su padre: “Mi papá era el que estaba más al lado del juez. Vino el córner y fue el que escuchó el silbatazo. Se terminó el partido, aunque algunos compañeros que no lo habían escuchado, pensaron que estaba loco y que había hecho un penal en la hora”.

Hernán Navascués, quien lo vio jugar, tiene su propia definición: “Está entre los mejores cinco jugadores de la historia del fútbol uruguayo”.

Y agrega: “Era un adelantado. Jugó en todos los puestos y siempre se destacaba. Como lateral, fue el primero que empecé a ver que se iba a la ofensiva. Combinaba técnica con garra”.

Y recuerda que Roque Gastón Máspoli dijo “era casi imposible perder con hombres como Gambetta”.

Otro que supo elogiarlo fue el profesor José Ricardo De León. Así lo cuenta Navascués: “Una vez me comentó: ‘Gambetta era un hombre que invitaba a ganar’”.

“Él empezó a jugar para marcar a (José Manuel) Moreno en la selección argentina. Pidió para jugar y marcarlo”, añadió.

Su clase hizo enojar nada menos que al presidente argentino Juan Domingo Perón. El 18 de mayo de 1948 se disputó un partido contra Argentina en el Centenario organizado por el Círculo de Periodistas Deportivos de Uruguay y ganaron los visitantes 1-0.

Una semana después, se jugó la revancha y se puso en juego la copa que llevaba el nombre de Perón en la cancha de Huracán de Buenos Aires. Argentina iba de fija, pero Gambetta jugó como enganche un partidazo y convirtió uno de los goles para el 2-0 final. Así hizo enojar a Perón y hasta el 27 de marzo de 1955, cuando se volvieron a ver las caras por la Copa América de Chile, no hubo más partidos entre Uruguay y Argentina que normalmente se enfrentaban todos los años.

Gambetta en familia con varios de sus hijos, incluido Milton y sobre la izquierda, otra gloria tricolor, Luis Ernesto Castro

Gambetta fue socio fundador de la Mutual Uruguaya de Futbolistas Profesionales y en esa sede, tiene una anécdota que lo pinta entero. Así lo cuenta su hija Andrea: “Hace tres años estaba escuchando la radio y llamó un señor para contar que en 1950 tenía siete años, vivía en Manga, y quería ver a los campeones de Maracaná que habían ido hacia allí. Saludó a mi papá y él lo hizo entrar a la Mutual. Habían llegado canastas de varias empresas para los jugadores por el título conseguido, y mi papá le pidió a sus compañeros que se las donaran a ese niño y lo terminaron llevando en un auto hasta su casa. Ya de grande cuando llamó a la radio, contó que él y su familia pudieron comer durante seis meses gracias a ese gesto. Nunca más me olvidé de esa llamada”.

Recuerda su hijo Milton que sus compañeros le pusieron Mono “porque un día cuando iban en barco a Buenos Aires con la selección, se subía a los palos en la cubierta”.

A su vez, dice que “en la peluquería de Gabriel Pereira y Cipriano Payán se reunían los jugadores de Peñarol y Nacional después de 1950 y yo vi a mi viejo con Obdulio, el Pato Galvalisi, el Cotorra Míguez, eran muy amigos, pero en la cancha se daban con todo”.

Obdulio Varela junto a Gambetta en una visita que le realizó en su casa de Lagomar

“En mi casa grande de Villa Dolores donde él había nacido venían todos: Obdulio, Julio Pérez, Tejera, el Cotorra. Jugaban al truco y hacían asados muy seguido”, cuenta con orgullo de haber estado con aquellos “monstruos”.

Comenta que su abuela decía que también eran descendientes del actor y cantante francés Maurice Chevalier. Es que su verdadero nombre era Maurice Édouard Saint-León, y ese era el segundo apellido del mono. "Pero es algo que nunca pudimos ni vamos a comprobar”, dijo sonriendo.

Gambetta aparece en 1985 junto a Obdulio Varela, el exárbitro Esteban Marino, otro exjuez como Juan Daniel Cardellino y los brasileños de 1950 Adhemir y Zizinho abajo

Para el Mundial de Suiza 1954, estaba lesionado y quedó fuera del plantel, pero los jugadores lo llevaron igual como invitado.

Dice Navascués que “Hohberg le dijo una vez a Raúl Barbero en una nota, que el partido que se perdió con Hungría en el alargue en 1954, ‘con Gambetta no lo hubiéramos perdido’”.

También fue entrenador una vez retirado y ascendió de la B a Sud América. “Íbamos a buscar a varios jugadores en su camioneta, como al arquero De Gouveia y Martinica Carballo. En ese equipo estaban Julio Pérez, el Cala Méndez y él ascendió a Cacho Silveira quien luego tuvo un futuro enorme. Cuando subieron, le ganaron a los dos grandes”, dice Milton.

Milton comenta que le encantaba jugar al vóleibol en la playa Pocitos y se metía en los picados de fútbol. “Si perdía se calentaba”.

También jugaba mucho a las bochas en la cancha que aún existe en el Parque Rodó a la que también iba Obdulio y adoraba la pesca.

Gambetta junto a Atilio García, dos glorias de Nacional

“Le encantaba la pesca. Empezó a ir a La Coronilla, a Punta del Diablo y muchos en mi familia heredamos el amor por ese lugar debido a mi viejo”, explicó Milton.

Era muy competitivo y Andrea también lo reconoce: “No solo eso, sino que era calentón a la vez si no ganaba a algo. Si jugábamos a las cartas en casa y ganaba, daba una vuelta olímpica”.

Y añade: “Le fascinaba ir a Santa Teresa y los veranos nos quedábamos tres meses allá”.

Antes de ir a Nacional, se fue a probar en Peñarol, pero no arreglaron la parte económica. Entonces se fue a los tricolores. “Como Peñarol lo fichó igual, no pudo jugar durante todo un año en 1939”, recuerda Navascués.

“Después de dejar el fútbol, a mí me llevaba al Estadio Centenario, pero no le gustaba si yo gritaba”, dice Andrea.

Milton tiene más recuerdos: “Íbamos a la rambla con mis viejos a caminar y la gente lo saludaba. Yo era chico. Lo miraban con admiración. Para ellos, era como Gardel, un fenómeno. Ahí me di cuenta lo que significaba para la gente”.

Andrea también se suma: “Tenía un Austin e íbamos con mi mamá Élida a hacer mandados en Lagomar. La gente no paraba de charlar con él, ahí me empecé a dar cuenta de su trascendencia, al ver el cariño que le tenía la gente de a pie”.

Y agrega: “Jugábamos al tenis todo el día con él después que se jubiló”.

Como a otros campeones, el gobierno le brindó empleo. Trabajó en el Ministerio de Ganadería, en el casino y en el Banco de Previsión Social.

En 1986 recibió una pensión graciable junto a otros compañeros de 1950. Se hicieron las tratativas porque muchos la estaban pasando muy mal económicamente.

“Si jugase hoy, sería un monstruo. Era temperamental, con un corazón de oro. Muy amigo de sus amigos”, sostuvo Milton.

Y su hermana Andrea, hija del enorme jugador, lo definió así: “Nos enseñó a ser solidarios y a no ostentar nada. Era muy querido, muy noble y ayudaba a todo el mundo. No nos dejó dinero, pero sí esta admiración por él. Ojalá que mis hijos algún día sientan la centésima parte de lo que yo siento por mi padre. Mi viejo tuvo una enorme virtud que me la supo trasladar: el valor de la familia y de los amigos, la honestidad y la humildad, fue una gran persona”.

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