Jeans, camisa desprendida, largas patillas al estilo de los años ’70, look juvenil que disimula su condición de cuarentón, retórica apabullante y postura arrogante: Axel Kicillof jamás pasa inadvertido cuando hace una aparición pública. A pesar de que ocupa el cargo de viceministro de Economía, todos entienden que es el verdadero conductor de la política económica argentina. Y la propia Cristina Fernández de Kirchner, que lo llama cariñosamente “Kichi”, suele ponderarlo en público.
Ganó fama cuando condujo la reestatización de la petrolera YPF, y desde allí todos los empresarios prestan especial atención cuando él habla, porque sabe que sus definiciones aportan claves para entender cómo sigue la complicada situación económica.
Por eso, su exposición en el Parlamento, donde fue a defender el proyecto de Presupuesto 2013, fue el evento de mayor atención política de las últimas semanas. Allí, el principal tema sobre el que se explayó el funcionario estrella fue el de los polémicos controles al tipo de cambio.
Fiel a su estilo controversial, Kicillof subió la temperatura del debate. Justificó las restricciones con el argumento de que son la garantía de que no se detendrá el proceso de industrialización del país.
Ya la presidenta había dejado en claro que no pensaba devaluar, y que los industriales, en vez de hacer lobby por un tipo de cambio alto, deberían sentirse agradecidos, porque el dólar barato les permite comprar maquinarias e insumos para sus empresas.
Luego, Kicillof completó el razonamiento kirchnerista: los controles cambiarios tienen el objetivo de contrarrestar un defecto del dólar barato. Explicó que la función de estas restricciones es canalizar las divisas hacia los rubros prioritarios, como la compra de materiales para la industria, y desestimular que se escapen hacia actividades no fundamentales.
“¿Cómo las divisas que necesito para hacer torres de petróleo se van a gastar en que los sectores más pudientes puedan comprar bienes de lujo?”, se preguntó el funcionario. Y argumentó que los controles servirán para evitar un problema histórico de la escasez de divisas que ha enfrentado el país en sus ciclos “stop and go”.
“Era siempre lo mismo: se acababan las divisas, devaluaba el gobierno porque abarataba los pesos y encarecía el dólar. Todas esas importaciones se encarecían en proporción a la devaluación”, sostuvo Kicillof.
Moda retro
Las críticas llovieron en cascada sobre el funcionario estrella. Para los economistas ortodoxos, Kicillof no sólo lleva la moda “retro” a sus patillas sino que también aplica ideas económicas que perdieron vigencia hace más de tres décadas.
“La comparación con la época del desarrollismo no tiene mucho sentido, porque en los tiempos de Frondizi no existía el mercado de capitales actual ni la Argentina tenía la soja. Entonces, todos los países de la región dependían exclusivamente de lo que exportaban. Pero hoy es diferente, y la prueba es que los países vecinos también están en procesos de fuerte crecimiento y no se quedaron sin dólares”, observa Nicolás Dujovne, ex economista jefe del Banco Galicia.
Más bien, la idea predominante es que el “cepo” terminó siendo la consecuencia de las inconsistencias generadas por el propio modelo económico kirchnerista.
“Si el objetivo fuera realmente asegurar la disponibilidad de los dólares necesarios para avanzar en un proceso de sustitución de importaciones, el ajuste de la paridad cambiaria sería la única y la mejor opción sostenible en el largo plazo”, sostiene un informe de la consultora Ledesma.
Pero inmediatamente advierte sobre los límites de una solución basada exclusivamente en una devaluación sin hacer otros ajustes: “Antes, habría que hacer un profundo replanteo de la política monetaria y fiscal”.
En la misma línea argumenta Mariano Lamothe, economista jefe de la consultora Abeceb: “La verdad es que los controles fueron una consecuencia de las inconsistencias de la economía, es un resultado de la inflación y de la necesidad que hubo de importar combustibles. Entonces, más que para industrializar, se necesitó esa traba para cuidar la caja de dólares”.
Pero la mayor crítica surge de cotejar las afirmaciones de Kicillof con los números fríos: a pesar que todas las medidas que han generado controversia se han adoptado en nombre de la industrialización, no se observa una mejora en la importación de maquinarias e insumos.
Si se suman los rubros de bienes de capital y el de partes y piezas, la importación cayó
US$ 16.000 millones en el período enero-agosto, en comparación con el mismo lapso del año pasado. Es decir, una caída de 12%.
Es cierto que se puede argumentar que, por el enfriamiento de la economía, era de esperarse una caída de todas las importaciones. Sin embargo, hay más malas noticias, por que los bienes de capital no sólo cayeron en términos de dólares y de cantidades importadas, sino también como porcentaje del total importado.
¿Quién subió su participación, entonces? No fue, como temía Kicillof, los bienes de consumo, sino fundamentalmente los combustibles. Lo cual deja al descubierto el otro gran protagonista en este debate: el déficit energético, que le insume al país unos US$ 8.000 millones en términos netos.
Hay cepo para rato
En definitiva, lo que Kicillof dejó en claro es que el “cepo” cambiario, lejos de ser una medida transitoria ocasionada por una crisis pasajera, pasó a ser un pilar fundamental del “modelo K”.
Y, como tal, tiene altas chances de permanecer durante los tres años que restan al período de gestión de Cristina Kirchner.
Lo cierto es que hasta los economistas más críticos admiten que hoy no están dadas las condiciones de levantar las restricciones cambiarias sin que ello genere un profundo shock en la economía. Para el ex ministro Domingo Cavallo, eso implicaría que el dólar paralelo subiera abruptamente desde su actual nivel de $ 6,30 hasta $ 10.
A pesar de que Kicillof, durante su exposición parlamentaria, criticó en duros términos la política de convertibilidad que había llevado adelante Cavallo en los ‘90, hay al menos un tema que emparenta a los dos controvertidos economistas: al igual que en aquellos días, ya se está generando un debate sobre “cómo se sale del modelo” sin generar un trauma social. l