Un día de febrero de 1993 Gregorio llegó por primera vez a Los Aromos. La playa de estacionamiento estaba vacía. Dejó su vehículo e ingresó directo por la antigua sala de juegos, esa que está pegada a la cocina de la vieja concentración de Los Aromos. Los vidrios eran transparentes, apenas unas cortinas separaban a los jugadores del mundo exterior. Aquella puerta siempre permanecía abierta. No existía el portero ni el guardia de seguridad que impidiera el paso.
Gregorio, 18 años después
Desde que el entrenador pisó Los Aromos por primera vez en 1993, muchas cosas cambiaron