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20 de octubre 2023 - 5:02hs

Pasó un año y la imagen seguía siendo una sola. Pero alcanzó. De un lado la actriz Lily Gladstone, envuelta en mantas indígenas, media sonrisa, mirando hacia su izquierda, con un plato de comida marrón sin terminar frente a ella. Del otro lado Leonardo DiCaprio, con los ojos apuntando al techo, la cara hinchada por los años y un papel quizás más rústico, quizás más perverso, no lo sabíamos todavía, con las manos en los bolsillos, el gesto adusto. Y eso era todo. Los asesinos de la luna (Killers of the flower moon), la última y esperadísima película de Martin Scorsese, no precisó más para calmar y disparar el entusiasmo en simultáneo. Una única foto promocional a partir de la que hubo que imaginarse todo lo demás.

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Y en efecto: alcanzó. La bola de expectativas se transformó en algo gigantesco. Paquidérmico. Es probable que este sea el proyecto más esperado de las últimas décadas para el legendario cineasta, y esa efervescencia tiene sentido; a los casi 81 años siempre puede ser la última película. Él lo sabe y la finitud de la existencia ha estado rondando sus últimas declaraciones y entrevistas. Pero este hombre diminuto, responsable de decenas de obras maestras, que pasa los días trabajando para el cine y protagonizando los TikToks de su hija Francesca, está entero. Qué digo entero: está absolutamente lúcido, enérgico, yendo de un lado a otro, con la fuerza necesaria para ponerse al hombro empresas enormes como esta última producción. Por eso, tomar Los asesinos de la luna como una despedida podría ser casi un error, pero en caso de que efectivamente llegue a ser su cierre, Scorsese habrá logrado lo que últimamente está pidiendo a gritos: que se respete al cine, a su legado, a lo que le ha dado a la humanidad. Su última obra lo hace y con creces. Es más: lo respeta y engrandece su contemporaneidad, le rinde pleitesía y lo eleva. Los asesinos de la luna es un acto de grandeza cinematográfica del tamaño del Everest. Un testamento de absoluta entrega y amor por el cine.

Qué trabajo le dio esta película a Marty, de todos modos. Primero, por la economía: después de recaer en Netflix y financiar con los dineros de la plataforma su anterior obra, El irlandés, tuvo que buscar otra plataforma que estuviera dispuesta a entregar los 200 millones de dólares que costaba su ambiciosa adaptación del libro homónimo de David Grann, algo que finalmente hizo Apple. Después, las postergaciones y los cambios de planes: la película empezó a filmarse en 2019, tuvo varias modificaciones en sus puntos de vista, Scorsese probó diferentes “corazones” narrativos, hasta que encontró el indicado y lo ejecutó. Y luego el delay: la película está lista desde 2021. Es octubre de 2023 y, finalmente, aterriza en cines de todo el mundo, incluido Uruguay. Está ahí, en muchas salas, en el lugar donde hay que verla.

El centro de la última propuesta scorsesiana es una reflexión aguda, cruda y sin concesiones sobre la manera en que Estados Unidos se encargó de despedazar su propia riqueza multicultural en pos de la codicia sin control. En ese sentido, la visión autocrítica del director de Toro Salvaje, Taxi Driver y Buenos Muchachos se desenvuelve a partir de dos de las cosas que a él mejor le sale radiografiar: la violencia y su vínculo con el poder.

Los asesinos de la luna pone en escena a los Osage, un pueblo nativo estadounidense que a principios del siglo XX fue considerado como uno de los más ricos del país. Lo que sucedió fue que en sus planicies ancestrales, cubiertas de mitos, pasto verde y huellas de sus antepasados, se abrió la tierra y emanó el oro negro: petróleo libre, listo para ser explotado por quien lo reclamara. Así empezaron a proliferar los pozos y las perforaciones, y a circular la riqueza en cantidades incalculables. Una escena en el comienzo de la película lo pinta de forma excelsa: un grupo de Osage descamisados, saltando en cámara lenta mientras los gotones oscuros le enchastran los torsos, las caras, el pelo. Una lluvia negra que les adelanta los millones de dólares que vendrán y también el fin de su propia soberanía.

La historia es la de siempre: los Osage se enriquecen y se mantienen como dueños de los terrenos, pero el olor a plata fácil atrae a las moscas, a los hombres blancos y febriles que se abalanzan y empiezan a mezclar su sangre con la de ellos, a generar una descendencia que les permita heredar el capital. Y así, la limpieza étnica se reproduce por dos vías: en la sangre que se fusiona y en la que se derrama. Porque, claro, de repente los Osage, sobre todo las mujeres casadas con blancos, empiezan a morir. Mueren acribillados por las balas, carcomidos por las enfermedades, prendidos fuego, carbonizados. 

Ese es el marco de Los asesinos de la luna: los crímenes contra los Osage y la deriva moral y económica de sus perpetradores, una épica trágica sobre una colonización/aniquilación sin estridencias, pero igual de cruel que cualquier otra. Esto es Oklahoma, es la década de 1920, y el diablo se esconde a la vista.

Pero volvemos a la foto del inicio: allí están Lily Gladstone y DiCaprio. Ellos dos son el núcleo de todo. La primera interpreta a Mollie, una mujer Osage acaudalada, dueña de tierras, miembro de una familia en buena situación económica gracias al petróleo. Él, en tanto, personifica a su pretendiente y futuro marido; es Ernest, un veterano de la Gran Guerra que regresa a Oklahoma a buscar trabajo, que recibe la ayuda de su tío William Hale (Robert de Niro) y que se da cuenta bastante rápido de que la plata le gusta mucho y de que puede tener todavía más si corre un poquito sus límites morales. De ahí al descenso por un espiral de violencia y ambición desmedida, que fluye de forma subcutánea con la fuerza de un tractor, hay solo un paso: el que dan los personajes cuando lo que tienen en sus bolsillos deja de ser suficiente.

Lobos y corderos

Los asesinos de la luna es una experiencia que plantea desafíos al espectador. En tiempos de contenido fagocitado en segundos, comodidad y atenciones disipadas, sus tres horas y media de duración demandan un compromiso que, sin embargo, se borra en cuando las luces de la sala se apagan y Scorsese revela el tono y el ritmo de su epopeya con aires de western. Si bien la película no escala a los picos y la vorágine de títulos como El lobo de Wall Street y está más cerca de la calma aparente que irradia El irlandés, sí mantiene una tensión perpetua que se desprende del cada vez más turbio, austero y ominoso clima que impregna el tejido de la historia.

Y es un rasgo histórico, pero el cineasta le saca mucho jugo al cambio de lugar en la pirámide social: cómo los blancos, en este caso, están al servicio de los nativos, aunque luego eso lleve a consecuencias nefastas. Buena parte del contexto se explica en un excepcional arranque que, a modo de documental manufacturado para la ocasión, revive la época de oro de los Osage. Ese comienzo dialoga con una idea que se completa al final, en una última escena brutal que luego de los créditos se queda metida en el esternón. 

Con esta obra mayor Scorsese se adentra como pocas veces en lo patético, corriente y poco sutil que puede ser el mal. Porque si Robert de Niro no necesita levantar la voz para ser absolutamente amenazante —y marcar, en su madurez actoral y en su enésima colaboración con su amigo Martín, otro papel antológico—, los abismos en los que se adentra el personaje de DiCaprio sí resuenan tanto por su trabajo interpretativo —no se descubre la pólvora con esto, la verdad, pero hay que decirlo: DiCaprio se supera otra vez—, pero también por la forma aparatosa y llena de tropiezos con la que su personaje, Ernest, parece abrazar su destino. Frente a él está Gladstone, una actriz que se roba el corazón emocional de la historia. Su pasaje por Los asesinos de la luna es crucial, central, una fuente de luz, una risa que hace temblar a las sombras y pervive tanto o más que esas visiones febriles, mágicas, que en ocasiones la dominan. Ella carga en su rostro con la tragedia propia —de verdad que la pasa bastante mal— y la de un pueblo entero, y su trabajo es excepcional.

A las dos horas de película, además, Scorsese regala chispazos de lo que a priori iba a ser el centro de la narración cuando todavía estaba en etapa de desarrollo, y esto es el amanecer del FBI, que en este caso es un grupo de agentes jóvenes liderados por un detective paciente (el siempre confiable y eficaz Jesse Plemons) enviados al terreno por un todavía joven e inexperiente J. Edgar Hoover. Él les pide que vayan a ver qué es lo que está pasando en el condado de los Osage con tanta muerte, y allá van. Juegan un rol importante, pero más lateral de lo que uno podría haber imaginado al principio.

Antes, de todos modos, los lobos en la fotografía tienen tiempo para sacarse la careta del cordero y empezar la danza de sangre, y allí Scorsese no tiene piedad. Los asesinos de la luna saca de la funda algunas de las secuencias más violentas de la obra del director neoyorkino, pero más por lo que implica entender lo que está sucediendo por debajo de la superficie, que por lo que explicitan a nivel visual. De todos modos, hay ejecuciones a sangre fría, incendios que se devoran familias y una catarsis final para el matrimonio protagonista que, en su mesura y silencios, le da el cierre maestro a una obra que evidencia el pico de madurez creativa de su responsable.

Nadie sabe, entonces, si esto es el cierre de una carrera, si a Scorsese le quedan una o cinco películas, si peleará por los Oscar el año que viene, si Apple recuperará el dinero invertido, si el cine está salvado, si vale la pena intentar salvarlo como ha buscado este hombre incansablemente. Lo que está claro es que desde este jueves hay misa: en las salas hay una película gigantesca, de uno de los maestros absolutos, una película que ajusta cuentas con la historia imperialista de su país natal y lo hace sin apelar a discursos refritados, sino a la fuerza del puro talento, del cuidado por las formas, del amor por contar y narrar, del amor por el cine. No hay que ver a Los asesinos de la luna como una despedida o un testamento, sino como un regalo. Estas películas ya no se hacen, estas películas ya no se financian, este cine casi ya no tiene lugar en las salas. Y si hoy, por suerte, estamos viviendo lo contrario, ¿qué esperamos para ir a celebrar? 

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